Enrique Díaz : “El Hombre que Trabaja y Bebe”

Crónica

Por: Bernardo José Rivero Ramos

  “Felicidad: Estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno”.

“Ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de un ser humano”

Hay muchas maneras de definir la felicidad dependiendo de la concepción que se tenga: Religiosa, filosófica o pragmática. En todos los escenarios es subjetiva. Cada quien es feliz a su manera.

El 18 de Septiembre de 2014 falleció uno de los artistas más controvertidos de nuestro folclor. ENRIQUE DÍAZ TOVAR, quién construyó su propia filosofía de vida, partiendo del principio de que cada quien es feliz con lo que tiene o lo que logra a través de lo que hace. En este caso el patrón no necesariamente debe ser la riqueza.

Enrique, no exento de penurias y necesidades en su tierra natal, Palo Alto, corregimiento de María La baja (Bolívar), donde había nacido un 3 de Abril de 1.945. A los 14 años viajó con su mamá, Martina Tovar y sus hermanos a las tierras del San Jorge. Se radicaron en Nueva Estación, entonces corregimiento de Buenavista (Córdoba), en donde se dedicaron a la agricultura, la pesca y la comercialización de pescado. Su afición por la música, heredada de sus ancestros, lo llevó a conformar un conjunto de violinas con sus hermanas y hermanos. Venciendo peripecias y dificultades económicas logró comprar su primer acordeón con el apoyo de su madre y recibió clases del maestro Teodomiro Rojas, quien vivía en Tierra Santa, otro corregimiento de Buenavista a orillas del rio San Jorge.

Conocí a Enrique Díaz tocando en bares y cantinas en mi tierra natal, Buenavista (Córdoba), con un insipiente repertorio de canciones que básicamente estaba conformado por guarachas y “raspacanillas” que sonaban en esa época de furor del gran Aníbal Velásquez. Su dedicación al instrumento y a fuerza de ensayos, parrandas y toques de fiesta en fiesta, lo llevaron a la ciudad de Medellín donde grabó, para el sello Victoria, su primer sencillo de 78 R.P.M. MUJER INGRATA. Este tema tuvo un relativo éxito. Más tarde hizo su segunda incursión en las pastas fonográficas y graba para el mismo sello otro sencillo ALLA EN EL PUERTO que le abrió las puertas a su exitosa carrera musical, tratándose de un sencillo, en el respaldo incluyó CHARANGA DÍAZ para no desentonar con los temas guaracheros que aún le gustaban. Sin embargo empezó a marcar su estilo auténtico,  original, cadencioso, lamentero, con una excelente ejecución en los bajos; creando sus propias canciones e imprimiéndoles un sello personal.

Uno de los temas  que más se escuchó en nuestra región del San Jorge fue EL GAVILÁN dedicada a un gallo de una de las familias más tradicionales de Planeta Rica, los Sotomayor y especialmente a  Oberto,:”……..suena el acordeón y se ve la alegría/ en la parranda de los Sotomayor/por la puerta contraria sale un gallo e´ cría/ de Oberto, el gavilán, ya tiene siete riñas”. Sin embargo, según me cuenta Daniel Peña, “Mano Joso”, en una parranda que le estaba amenizando a un ilustre hacendado en Bosconia (Cesar), de quien inicialmente indicó que podría ser don Tobías Enrique Pumarejo y que así lo publiqué en la primera edición de esta crónica, pero no me quedó clara la versión, por cuanto la finca de don Toba quedaba en El Copey; pero, Castulo Padilla, guacharaquero de Enrique, me indica que fue en el mismo Valledupar, en un Festival, a principio de los años 70, que Enrique estaba con sus músicos por la plaza Alfonso López, cuando le llegó un tipo y les dijo: “¿Ustedes son los músicos de Enrique Díaz?”, respondiéndole Castulito que sí. “Vea-prosiguió- les voy a cantar una canción pa que me la graben”, y cantó la primera estrofa: “El hombre que trabaja y bebe….”. Castulito salió para donde estaba el maestro Enrique por una grabadora que cargaban y le pidió al ocasional personaje diciéndole que después de la canción grabara sus nombres y apellidos completos y número de cédula. Se trataba de Rafael Valencia quien le entregó la canción que pienso yo, lo catapultó a la fama: LA CAJA NEGRA. Rafael Valencia, nacido en El Copey (Cesar) y quien fuera guacharaquero del legendario Juancho Polo Valencia. Para mi ese tema marcó, no solo la ruta del éxito, sino su concepción de la vida. Le cayó como anillo al dedo, lo identificó plenamente en su estilo y desde allí la vida del maestro cambió. Cualquier interpretación que se haga de ese tema no tiene el sentimiento, el sabor, el gusto que le imprimió Enrique.

Cabe anotar, que, años atrás,  en la ciudad de Medellín, en la grabación de su segundo sencillo, Enrique Díaz había solicitado el acompañamiento de unos músicos que formaban parte de la nómina de Lucho Campillo, entre ellos Cástulo Padilla, excelente guacharaquero; Héctor Martínez, en la caja y un conguero, Daniel Peña, conocido como “Mano Joso”, quienes se quedaron por muchos años con el maestro. A esa grupo se le sumó en los coros, Eduardo “El Mono” Campillo para algunas grabaciones. Aún Hernán “El Piropero” de Arco no estaba con Enrique, por cuanto andaba el grupo musical de Los hermanos Molina, Aniceto, Anastasio y su hijo William, tocando bajo electrónico. Con este grupo Enrique Díaz vivió su época de oro; ellos lo acompañaron en sus más grandes éxitos y Castulito, el guacharaquero tenía un gritico con que animaba las canciones que le imprimía una característica especial al conjunto y que aún replican muchos parranderos cuando entra un interludio musical de Enrique, al tiempo que le decían. “gózalo Castulito”. De estos el único que no se separó de la agrupación fue “Mano Joso” quien lo acompañó durante 46 años.

En la capital de la montaña tuvo también la oportunidad de conocer a un paisa, Gildardo Montoya, nacido en Támesis, muy amigo de Lucho Campillo quién le dio algunas clases de acordeón. Montoya lamentablemente murió muy joven en la ciudad de Medellín en un accidente de moto un 25 de Noviembre de 1.976, cuando se desplazaba en compañía de Darío Valenzuela “El brujo de la consola” y a la altura de la calle 30 con carrera 76, barrio Belén, chocaron contra un carro. Gildardo era exponente de la llamada música parrandera paisa (Dele por ahí, El gitano groserón, El carrataplán, El arruinado), que suena mucho en esta región en tiempos de navidad. Amigo personal de Jairo Paternina, planetarricense, cantante del Combo De Las Estrellas, quien, casualmente, le había vendido la moto en la que se accidentó. Jairo le grabó uno de sus más grandes éxitos PLEGARIA VALLENATA, tema que también incluyó en su repertorio el maestro Enrique Díaz, haciéndolo también todo un éxito. El polifacético compositor antioqueño a quien además le grabaron Gustavo Quintero, Ismael Rudas, Los Betos y hasta Miguel Durán, le dio varias canciones a Enrique entre ellas LA MARIPOSA NEGRA, CONCIENCIA NEGRA, LA MUERTE A CABALLO, un total de diez.

De los compositores vallenatos recogió canciones como ANDO BUSCANDO UNA MUJER, del maestro Camilo Namen; LA MONTERRUBIANA, del popular Jhony Cervantes, célebre primera voz en los coros de Alfredo Gutiérrez. Se presentó en el Festival de la leyenda vallenata a principios de los años 70s, pero no le fue muy bien. En 1.986 ganó el Festival sabanero del acordeón en Sincelejo. Se dice que grabó alrededor de 51 álbum.

Ya apoyado en sus éxitos, Enrique Díaz continúo su carrera musical por todo el país y el exterior, llena de anécdotas, alegrías, sinsabores, tragos, mujeres, sin que se le pasara por la cabeza amacizar una fortuna; viviendo el momento; apenas adquiriendo los bienes necesarios para llevar una vida sin penurias y eso era lo que lo hacía sentir feliz. Rechazaba los aplausos; para él lo más importante era que la gente disfrutara de su música y los empresarios o parranderos le pagaran sus servicios. Tuvo una controversia musical con su compadre Rugero Suarez, única, inigualable entre dos artistas, que aún se escucha y la gente le saca uno que otro apunte.

Enrique Díaz era un poco tosco; a veces malgeniado y hasta irreverente. El periodista Rafael Sarmiento Caley escribió algunas anécdotas del maestro, que mostraban “ese inagotable ingenio, esa chispa, para ponerle el toque de humor, aún en momentos difícil como cuando el jefe paramilitar Rodrigo Mercado Pelufo, alias “Cadena”, le puso la pistola en la sien porque le faltó el respeto.

ENRIQUE-DAZ-CLNICAUna de las últimas fotos que se le tomó al maestro Enrique Díaz, con su sombrero vueltiao en la habitación.

 Enrique Díaz fue contratado por “Cadena” para que le fuera a animar su cumpleaños en la finca de ingrata recordación en donde el indolente antisocial hacía despedazar a sus víctimas y luego le tiraba las presas a una colección de caimanes que mantenía en un gigantesco jagüey.

Retrechero, como siempre, el irremplazable juglar sabanero, le mando a decir con el mensajero que él sí iba, pero si le pagaban $10 millones. Cifra astronómica en ese tiempo. Mercado Pelufo le dijo que sí. Lo mandaron a buscar en una camioneta blindada, full aire acondicionado. Le entregaron un bolso con la plata.

Empezó la parranda. El cumplimentado le pidió a Enrique que lo complaciera, con la canción inaugural de la parranda, “El rico cují”. Enrique lo complació. Cuando ya Cadena estaba borracho llamó a Enrique Díaz. “¡Siéntese aquí a mi lado!. Y que se vengan los demás músicos aquí cerquita. Tóqueme cinco veces seguidas “El rico cují”. Terminaron las cinco versiones repetidas. “Ahora tóqueme 10 veces más la misma”.

Entonces al negro Enrique se le voló la piedra: “Vea compa, usted puede ser muy Cadena y tener mucha plata y muchos matones a su servicio, pero yo no sigo de payaso toda la noche con el mismo sonsonete. Y tome su plata. No he sacado de esos fajos ni un peso”. Le tiró la plata en las piernas de Mercado Pelufo. Y éste se llenó tanto de rabia, que de un brinco sacó su pistola automática y se la puso a Enrique en la sien. Todos quedaron mudos. Todos pensaron que Enrique estaba muerto. Cadena respiró profundo. “Negro H.P. no te mato aquí mismo pa´que respetes, porque no quiero ensuciarme las manos con un músico, ¡vete de aquí antes de que me arrepienta!”. Y le ordenó a sus secuaces que los sacaran a la carretera y los dejaran en la vía. Los llevaron en un campero destartalado.

En una ocasión, en el teatro Amira de la Rosa de Barranquilla lleno hasta en los pasillos, se le hizo un homenaje. Cada vez que el presentador Balmer Sajona anunciaba al maestro y decía la canción a interpretar, de en medio del teatro un tipo gritaba “Enrique, tócame Alicia Adorada”. Así se la pasó durante todo el show. Hasta cuando Enrique no se aguantó y le dijo en el micrófono: “mira mijo, si Alicia Adorada no se la sabía bien ni siquiera Juancho Polo (el autor de la canción), ahora me la voy a saber yo”.

Estaba en una verbena y lo fueron a buscar urgente porque su mejor amigo, su compadre de todas sus parrandas, había muerto. Llegó y encontró a la viuda dando alaridos y se le tiró en los brazos de su compadre, en medio de sus quejidos le dijo: “¡Ay compadrito, ¿usted cree que el alma bendita de mi marido ya se encuentre a la diestra de Dios Padre allá en el cielo?”.

Enrique se zafó un tanto de su comadre y le espetó: “lo que le puedo responder, comadre, es que allá todavía no han podido llegar ni los gringos con sus cohetes, mucho menos mi compadre en ese cajón de palo”.

Para sus parrandas el artista preferido era Luis Enrique Martínez; además fue muy amante de la música mexicana. No ganaba sumas astronómicas como otros artistas vallenatos, pero  consideraba que le pagaban lo justo y con eso se sentía feliz. Porque con esos recursos podía tomarse una botella de Whisky, tener una aventura amorosa; se dice que tuvo 15 hijos. En su residencia en Planeta Rica, en el barrio Bolívar, donde vivió por cerca de 40 años, disfrutaba de la gastronomía criolla, especialmente cuando regresaba de sus toques: compraba los mejores pescados que le llevaran a su casa; mantenía un corral de gallinas criollas y comía en su casa las comidas preferidas que su mujer, Elvira Peña, le preparaba y mantenía un termo de café para sus visitantes, celebraba con bombos y platillos sus cumpleaños a los cuales muchas veces vinieron afamados artistas y eran transmitidos en vivo y en directo por algunos medios de comunicación. Usaba prendas de oro y relojes finos, compraba los mejores sombreros y se vestía muy a su manera. Los carros o motos no eran su afición como para la mayoría de artistas. Eso representaba para él su felicidad. Se podría decir que todo esto es bastante primitivo, básico, pero era su filosofía de vida. Criticaba a los “ricos” porque tenían una fortuna y no la disfrutaban, EL RICO CUJÍ; tuvo un contubernio con la muerte en algunas de sus canciones. Si bien es cierto que no procuró aprender a leer, eso no lo acomplejaba, se acostumbró; pero se sentía feliz con un nombre-ENRIQUE DÍAZ- Y con lo que hacía. Cada quien es feliz con lo que tiene o lo que logra a través de lo que hace. En este caso el patrón no necesariamente debe ser la riqueza.

 Por: Bernardo José Rivero Ramos

 

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