Lendro Diaz con su impecable guayabera blanca presidio el desfile. Foto:Jaime Hinojosa

Leandro Díaz sintió con el corazón lo que jamás pudo ver con sus ojos; a su lado las faldas serpenteaban, iban y venían como aliviando el calor que a esa hora hacía.

No se perdió el desfile de piloneras; tampoco Lorenzo Morales: su amigo eterno de aquellas parrandas caseras, en donde sólo sonaba  cajas, guacharacas y acordeones.

La bella Ana María Vides, participa desde niña en los desfiles, lo que la convierte en una verdadera veterana. Foto: Jaime Hinojosa

La lluvia le tuvo miedo al fervor y a la tradición autóctona de un pueblo: el desfile de piloneras le abrió los ‘brazos’ al Festival de la Leyenda Vallenata.

Trombones que jamás callaron al ritmo de piloneras; bailarines incansables que hicieron el deleite en el desfile que terminó en el parque de la Leyenda Vallenata.(Foto: Raúl López/VANGUARDIA)

Pilones y bongos engalanados por tamboras y papayeras, sacó a las calles a miles de vallenatos que exteriorizaron el fervor de la singular fiesta.

Todos querían fotografiarse con el Maestro Leandro Díaz, aquí posa con una linda pilonerita. Foto: Jaime Hinojosa

Un compromiso con la cultura, calles abarrotadas y decenas de grupos desfilaron hasta el Parque de la Leyenda para rendir tributo al pilón vallenato.

Mientras caía la tarde y la luna le daba la bienvenida a una nueva noche, el oleaje de las faldas no dio tregua; flautas, clarinetes y acordeones jamás cesaron.

Los preparativos
Mientras llegaba la hora en la sala de la residencia de Carlos Maldonado no cabía un cosmético más; elementos de maquillaje regados por doquier fue el vaticinio previo a una fiesta tradicional.

Maquilladoras y peinadoras trabajando contra el reloj; no querían que se escapara ningún detalle. Una moña hacía atrás con figuras para poner un arreglo floral cubría la cabeza de Alexandra, una de las integrantes del grupo de piloneras del hospital ‘Rosario Pumarejo de López’.

El reloj marcaba las 12 del día; quedaba poco tiempo para la hora cero. Maquillajes de fantasía conservando los colores de acuerdo al vestido daba figura a Alexandra, mientras alistaba su bongo y sus baleticas para saltar al exigente escenario por las calles.

Terminaron cuatro meses de arduos entrenamientos; no hubo tiempo de improvisar había llegado la hora de mover las caderas al son de las piloneras.

El inmueble estaba convertido en un desordenado camerino; allí también estaban los miembros del  Fundingue en el Valle, grupo folclórico que en dos oportunidades saboreo el máximo galardón de este concurso tradicional. Incluso, su coreografía se ha paseado por el Carnaval de Barranquilla y por Venezuela.

vanguardiavalledupar.com