DESPUÉS DE TODO, FELICIDAD. FELICIDAD.

Por Donaldo Mendoza

    Tomé para el título de esta reseña una frase del libro de cuentos Demasiada felicidad (2009), de la escritora canadiense, Premio Nobel de Literatura 2013, Alice Munro (1931). La frase interpreta bien la notable contribución de Munro al bienestar espiritual y material de la humanidad. En efecto, conforman esta obra (Lumen, 2013) diez cuentos, en cuya urdimbre interior se configura la felicidad, como ideal utópico de una humanidad siempre esquiva.

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OTRA VEZ EL MIEDO

Por Donaldo Mendoza

   Más que el movimiento de las campañas, a menos de un año de elegir presidente, son las encuestas y las redes sociales las que “informan” sobre quién será el que gobernará en Colombia durante el periodo 2022-2026. Y todo “indica” que será Gustavo Petro Urrego. Esa eventualidad tiene de punta los nervios de algunos políticos y empresarios que desde ya están haciendo hasta lo imposible para que eso no suceda. Eso se percibe con mayor ahínco en las regiones fronterizas, para la muestra: la capital del Cesar.

    En Valledupar es fácil escuchar en corrillos, especialmente en la plaza Alfonso López (debajo del palo e’ mango), comentarios como: “Tengo terror de que gane Petro, porque nos vanos a convertir en Venezuela”. “Si gana Petro, al otro día tramito la visa para salir del país”. E innumerables frases por el estilo. Así sucedió hace cuatro años; y Petro, que había ganado en la Costa en primera vuelta, perdió en la segunda en casi todos los departamentos costeños. En suma, la campaña del miedo dio resultado.

    No importa que las propuestas de Petro en lo social y ambiental sean las mejores, el problema es Venezuela. Como si Colombia fuera el mejor vividero del mundo, cuando el actual escenario social no puede ser peor. En efecto, una investigación reciente del Banco Mundial, resumida en los noticieros de televisión, reveló que “Colombia tiene uno de los niveles más altos de desigualdad de ingresos en el mundo; siendo el segundo entre 18 países de Latinoamérica y el Caribe. Y el más alto entre los países de la OCDE…” Un cuadro que ha tocado fondo con las secuelas de la pandemia: 22 millones de colombianos viven con 10 mil pesos diarios (DANE).

    Tres países de Suramérica son referentes históricos de lo que pueden alcanzar gobiernos de izquierda con el acertado liderazgo de sus presidentes. Brasil, antes de Lula da Silva, tenía altos niveles de desigualdad social; al final de su segundo mandato, ese país pasó a ser la octava potencia económica del mundo, y la brecha social se había angostado. Bolivia, era un estado fallido en donde no se alternaban presidentes sino golpes de estado; cuando Evo Morales fue obligado a dejar el cargo, el país registraba los más altos niveles de crecimiento económico y bienestar social. Ecuador, era el referente de pobreza más cercano que tenía Colombia; cuando Rafael Correa salió, solo la red de vías 4G despertaba la envidia en la frontera vecina. Y lo que el lector conoce del sabio Pepe Mujica, exguerrillero tupamaro y presidente de Uruguay.

    Entretanto, los que con intereses mezquinos quieren que Colombia siga como está, solo tienen ojos para Venezuela. Ponen el grito en el infinito porque Petro ha propuesto comprarle tierra a un notable terrateniente, a fin de que una parte de los 7,7 millones de labriegos desplazados (ACNUR, 2018) regresen a hacer producir esa tierra, sembrando pan coger y no palma africana ni pasto para ganado. Nada de eso. Porque el país ideal de los profetas del desastre es la Colombia desigual en donde al pobre se le entretiene el hambre con flacos subsidios, y con el oropel de un billete de cincuenta mil que le ofrecen por el voto.

    Entonces, para qué gastar tiempo en la elaboración de propuestas, si con miedo es suficiente. Amanecerá, a ver qué vemos esta vez.

LA HUMILDAD, ESA RARA VIRTUD

Por Donaldo Mendoza

El pasado 9 de julio leí en El Espectador una columna del escritor Juan Carlos Botero: «Tengo dislexia». Quedé pasmado ante semejante confesión: un intelectual reconociendo que tiene una “tara innata de aprendizaje”, que un especialista le ha llamado «dislexia». Lo insólito es que esa revelación provenga de un intelectual, esos gurúes de las ideas para quienes los conceptos están por encima de las personas. No todos, por supuesto; pero existe la fama.

Para que ese estigma de la fama no sea el rasgo distintivo dominante, digamos que el primer intelectual reconocido, Sócrates, dejó su impronta al poner por encima sus carencias –«solo sé que nada sé»– y la insondable incomprensión de la naturaleza humana –«conócete a ti mismo»–. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, el conde León Tolstoi construía escuelas y escribía cartillas para enseñar a los hijos de mujiks que trabajaban en las haciendas. Dos arquetipos de humildad.

Juan Carlos Botero, en este siglo de vanidades, se atrevió a revelar la cruz que le ha tocado llevar desde su nacimiento: «Tengo dislexia y conviene decir esto en público». No es de poca monta esta confesión. Quienes hemos trabajado con niños y adolescentes en instituciones educativas cometemos, por ignorancia, el equívoco de pretender corregir a chicos con esa patología, reduciéndola a “problema de aprendizaje” y “atención dispersa”. El resultado de ese vacío pedagógico es que el menor continúa su formación y su vida sin reconocer la anomalía.

“En cuanto a las relaciones sociales, la dislexia me ha causado mil vergüenzas imperdonables”, dice el escritor Botero. Me pregunto, cuántos de nosotros, ignorando la causa, acompañamos a Juan Carlos en sus vergüenzas, con la consecuente incompetencia para tomar decisiones oportunas y escapar del escarnio. Ignorado el mal, se acude a un errático sentido común: soy lento y algo perezoso, debo poner más empeño para aprender, como aprende Fulano. Entretanto, y por más esfuerzo que se haga, el problema persiste y de paso compromete la autoestima.

Adulto ya, y fastidiado de tantas vergüenzas, al escritor Botero se le ocurrió exponer su caso a un especialista. Cura, como tal, no hubo; pero hoy es más consciente de sus limitaciones y se siente mejor preparado para decidir cuándo sí o cuándo no comprometerse con determinados deberes en el engranaje social. La dislexia se suele revelar de diferentes formas, según la naturaleza de cada uno. El escritor Botero, con la ayuda del especialista, identificó tres: una, los idiomas (“aprendí inglés de milagro”, sabe que no le alcanzará una vida para aprender otro idioma); dos, las relaciones sociales (“se me olvida cómo se llama hasta la gente más cercana”); tres, la gramática (“no sé qué es un pronombre, un adverbio o un predicado. Cada rato me toca estudiar…”), imagínense lo que esto significa para un escritor.

¿Y por qué contarlo ahora?, se pregunta Juan Carlos Botero. Para que otros, en condiciones semejantes, asuman su realidad y tropiecen menos en el azaroso camino de la vida. Y para que “otros no se fustiguen ni se crean tan brutos”. Pero el mejor mensaje del escritor Botero es la lección de humildad. ¡Ah bella rareza la de esta virtud!: «Estoy convencido de que la primera prueba de un gran hombre consiste en la humildad». Convence Ruskin con esta sentencia. Si algún lector quiere remitirse a la fuente de este artículo, le dejo aquí el link de la columna: (https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/juan-carlos-botero/tengo-dislexia).

CASCAJAL. MIL MANERAS DE CONTAR HISTORIAS

Por Donaldo Mendoza

     Cascajal (Unikids, 2021), así tituló Marco Antonio Valencia Calle su último libro; con el subtítulo que le da sustento: «Crónica, testimonios y leyendas del Patía». Debo compartir con los generosos lectores que fue esta lectura un ejercicio catártico desde el principio. La obra comprende 31 breves relatos, en donde hallamos mitos, leyendas, tradiciones, creencias y referencias histórico-geográficas para contextualizar lo narrado.

   Digo que no fui ajeno a cierto efecto catártico, en virtud de que el cronista me devolvió sesenta años atrás cuando tuve mis primeros encuentros con la literatura, no a través de la lectura y la escritura, sino de la oralidad; por esta vía me nutrí de historias contadas por mujeres y hombres campesinos –algunos analfabetos–, historias que muchos años después volvería a encontrar en la Biblia, Las mil y una noches, Cien años de soledad… No fue poco el asombro. «El árbol que canta, el pájaro que habla y la fuente de oro», bello cuento de Las mil y una noches que reúne lo fantástico, lo maravilloso y lo mágico, recuerdo que fue contado en noche de luna por una campesina analfabeta, pero con una memoria que parecía sobrenatural.

   Aquella experiencia infantil aportó argumentos para entender después que hay mil maneras de contar una historia, y todas legítimas. El narrador oral hace que todo su cuerpo participe: la boca, los gestos, los silencios y los innumerables matices de acentos y entonaciones. Hasta el entorno cuenta, porque una cosa es narrar y escuchar bajo un bombillo eléctrico, y otra muy distinta es hacerlo bajo la luna llena y los susurros de la montaña; incluso la tensión del relato se incrementa con los elementos naturales.

   Esos antecedentes me anticiparon la doble función de la literatura: ser útil (enseñar) y dulce (placentera). La infancia y adolescencia de Marco Antonio, el cronista de Cascajal, transcurrió entre el campo y la ciudad. “Desde pequeño fui un curioso buscador de historias”, me ha dicho Marco. Y sí que fue afortunado al nacer en una región del sur del Cauca (valle del Patía) en donde confluyeron etnias que a la postre vinieron a formar una raza de «todos los colores». “La academia me dio la pluma y el campo las historias”, me ha dicho Marco Antonio.

    Con ese menaje, el cronista Marco Antonio solo tuvo que sentarse a escuchar duendes «dueños de casa» y viejos narradores del Patía. Y así, a través de testimonios y tradiciones, el cronista pone en manos del lector la idiosincrasia y la cultura popular de esa región del Cauca. Por ejemplo, nos informa de una familia indígena, los sindaguas, que como ninguna otra resistieron el asedio de la conquista española; con una obstinada genética nada proclive a la sumisión: “No aceptaron la esclavitud y rechazaron el adoctrinamiento religioso”. De ellos provienen los awa o «guardianes del conocimiento», que sabían de las sagradas virtudes de la hoja de coca para combatir el hambre, la sed, el dolor y el cansancio. Eso sí, lejos de imaginarse que el mismo Estado, en obscena blasfemia, la bautizaría más tarde como «la mata que mata».

   Nos informa el cronista de la presencia en el Patía de negros rebeldes que construían muros naturales de resistencia: “lugares donde (también) se reunían para sus ceremonias, para comerciar y compartir…” Los «palenques», que con el tiempo se convirtieron en pueblos. En fin, treintaiún relatos que dan cuenta de la riqueza cultural de este valle caucano. “Son las creencias con las que nos criaron los abuelos, y son normas más fuertes que cualquier otra naturaleza”.

   De esas fuertes tradiciones emana también la maliciosa sabiduría popular de los refranes: «No hay cosa más maluca que negro con título, indio con plata y blanco con apellido». «Los hombres en la cocina huelen a mierda de gallina». He aquí un pequeño fragmento de la prosa de Cascajal. «En el valle del Patía se cree que todos nacemos inocentes a tal punto que somos angelitos, hasta que se nos mancha el alma con pecados como negar a Dios, mentir, chismosear, envidiar, odiar, robar, hacer brujería o irrespetar a los papás».

   Coletilla: Visite Popayán, Ciudad Libro – 2021, en su cuarta edición; del 24 al 31 de octubre.      

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Donaldo Mendoza

DE DICHOS, REFRANES Y PROVERBIOS – II

Por: Donaldo Mendoza

Si alguien quisiera ahondar en aspectos como origen y filosofía de los dichos, refranes y proverbios, el maestro José Óliver Aponzá aporta el nombre de la ciencia que trata de ellos: la Paremiología. Porque un propósito de este escrito es mostrar solo la intencionalidad de esos breves enunciados, de carácter sentencioso, que transmiten un conocimiento tradicional cuyo fundamento es la experiencia.

En otro artículo sobre el tema, basado en la fuente bíblica de Proverbios, hice la propuesta un tanto temeraria de reconocerles a estos breves discursos la condición de «género literario», en razón de su milenaria existencia, el simbolismo de sus sentencias, y su búsqueda siempre de mentes despiertas, como lo sugiere el libro bíblico: «Como las piernas vacilantes del cojo, es el proverbio en boca de los necios. (Pr. 26,7)». Y en cuanto a la estructura de forma y contenido, la analogía de estas sentencias con la narración corta (apólogo, cuento, fábula, etc.) sin duda, es evidente.

Como aporte a su eventual condición de «género literario», el sapiente libro trae una bella alegoría sobre la Pereza, que les comparto:

«Vete donde la hormiga, perezoso, mira sus andanzas y te harás sabio. Ella no tiene jefe, ni capataz, ni amo; asegura en el verano su sustento, recoge su comida al tiempo de la mies. ¿Hasta cuándo, perezoso, estarás acostado? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? Un poco dormir, otro poco dormitar, otro poco tumbarse con los brazos cruzados; y llegará como vagabundo tu miseria y como un mendigo tu pobreza. (Pr. 6, 6-11)».

Y como otro propósito del artículo es traer a la memoria de los lectores algunos de los “dichos y refranes oídos en Colombia”, acerquémonos al fin de este breve texto con la segunda muestra de estas sentencias, que tanto brillo y vivacidad dan a nuestras conversaciones.

 •El poeta nace y el escritor se hace.
 •Se casan más moscas con una gota de miel que con un barril de hiel.
 •El que no conoce a Dios, a cualquier santo se le hinca.
 •Tan contenta va una gallina con un pollo que otra con ocho.
 •El que quiere dar nunca pregunta si uno quiere recibir.
 •Es mejor tener amigos que dinero en el bolsillo.
 •Tu mejor hermano es tu vecino más cercano.
 •Ira de hermanos, ira de diablos.
 •Tristeza y melancolía, lejos de la casa mía.
 •La educación es la mejor herencia.
 •La palabra es plata, el silencio es oro.
 •Una cosa es cacarear y otra es poner el huevo.
 •La verdad es amarga; quien te la dice te aprecia, quien te la niega te agravia.
 •Una mano lava la otra y ambas lavan la casa.
 •Libro cerrado no saca provecho.
 •Un tonto encuentra siempre otro que lo alabe.
 •Vísteme despacio que estoy de afán.
 •Todo el mundo es Popayán.

Y cerremos con este buen consejo del libro Eclesiástico: «No desdeñes lo que narran los sabios, vuelve a menudo a sus proverbios, que de ellos aprenderás doctrina… De ellos aprenderás prudencia y a dar respuesta en el momento justo». (Ecle, 8, 8-9).

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Donaldo Mendoza

ISABEL SOFÍA PICON MORA

Un destino vallenato

Por Donaldo Mendoza

Sólo esperaba el fallo del jurado, en la categoría «Reina vallenata menor», edición 54 del Festival de la Leyenda Vallenata, para editar el texto que ya tenía escrito; pues había recibido en sueños el oráculo de las diosas del Olimpo: Isabel Sofía Picón Mora será la reina. Así, con todas las letras. Cuando escuché la noticia, ya no era sorpresa.

Isabel Sofía es un buen ejemplo para quienes, como los antiguos griegos, creen que se nace con un destino señalado. A los cinco años, con un asomo de razón, Isabel les dijo a sus padres que ella quería tocar también esa música que escuchaba en el radio, que no era otra que vallenatos, música que se extiende con igual fuerza desde el Cesar y La Guajira hasta la provincia de Ocaña, por el sur.

Las primeras noticias (2016) de Isabel Sofía las recibí de Alejandro Gutiérrez de Piñeres, a través de El Portal Vallenato. De fino oído, Alejandro, su más intuitivo y entusiasta promotor, sabía que Isabel Sofía era un diamante que había nacido inteligente. Desde entonces he frecuentado Youtube para seguir a Isabel en todo lo que toca y canta. Su espontáneo talento me advertía que en ella se incubaba un futuro de éxitos. Esperé que fuera la reina infantil en 2017, pero las deidades de la perfección no lo permitieron. Recuerdo que le escribí a Alejandro un correo: «Demasiado aguda la voz de Isabel, eso llenó de dudas al jurado». Inteligente como es, Isabel supo esperar.

“Magistral”, han dicho los jurados, fue su interpretación de los cuatro aires vallenatos. Para los difíciles son y puya eligió dos clásicos del género: “Altos del Rosario”, de Alejo Durán; y “La zoológica”, de Náfer Durán. En este último quiso asegurarse, porque igual lo pudo haber hecho con “La puya, talento y folclor”, en donde se revela como lúcida compositora. En esta oportunidad, Isabel Sofía demostró que había trabajado duro en el cultivo de su voz, porque lo hizo con propiedad: con afinación, vocalización y pronunciación precisas. Todo como le exigían con rigor sus diosas tutelares.

¿Y qué es lo que hace diferente a Isabel Sofía de las demás competidoras? –El ángel que la guarda y la acompaña. Basta verla una vez y queda uno convencido de que esta adolescente en ciernes canta y toca de manera espléndida. Su agraciada figura y el acordeón son un solo ser en el escenario. Y entre ella y el público se establece una conexión, que solo son explicables en palabras como éxtasis, epifanía y catarsis. Refiriéndose a ese rito público, ha dicho que es una «fuerza» que le dan, y que ella recibe en cada una de sus presentaciones.

Para llegar al fondo de este fenómeno del folclor vallenato que es Isabel Sofía Picón Mora, estos tiempos de Covid-19 han revelado la esencia que mueve su espíritu. En la tarima, ante la ovación del público, exclamó: «¡En los tiempos de pandemia, esto era lo que me hacía falta!» Y lo dijo también en poesía: «Sin música, mi mente y mi corazón están como ausentes». Mientras haya Sofía (sabiduría), habrá VALLENATO, que hoy algunos insisten en escribir con minúscula.

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Donaldo Mendoza