Maestro más allá del deber
Por Donaldo Mendoza*
En fecha reciente, murió en Cali, a sus 87 años, el maestro José Óliver Aponzá. O simplemente Óliver, como le gustaba que lo llamaran. Nació en Guachené, uno de los primeros palenques que florecieron en el norte del Cauca. Vivió orgulloso de su orgen africano, y le molestaba que se refirieran a los de su etnia con el eufemismo ‘de color’. Amaba sus ancestros y era estudioso de la evolución de los negros en Colombia, desde la esclavitud hasta el presente. La tradición e identidad cultural de Guachené se reflejó en las elecciones de 2022, cuando el 86% de los electores dieron su respaldo a Gustavo Petro y Francia Márquez.
Óliver se licenció en Lenguas modernas (inglés / francés) en la Universidad Santiago de Cali. En el INEM “Francisco José de Caldas”, de Popayán, transcurrió casi todo el tiempo de su labor docente, hasta el retiro. Dejó su huella en innumerables generaciones de bachilleres; pero fue en su oficio de escritor, en el Periódico Cultural Reconstrucción (1983-2018), en donde grabó su impronta en la memoria de la comunidad educativa. Con sus ensayos breves, de esmerado estilo y pulida prosa, institucionalizó una pedagogía de la escritura, en donde la gramática era viva y funcional.
Quien ha sido educador, nunca dejará de serlo; el caso de Óliver es ejemplo. En efecto, durante catorce años posteriores a su retiro, mes a mes, enviaba sus colaboraciones al periódico; al tiempo que se ponía al día con lecturas y relecturas. Dos actividades, inherentes a su naturaleza, alternaron con su afición a la lectura y la escritura: la música y la jardinería. Y renació una de sus pasiones juveniles: la salsa y el baile. Se jactaba de tener una de las colecciones de salsa más completas; su casa no existía si un día faltaba el sonido de estos ritmos tropicales.

Pero hubo un amor, en particular, que ponía brillo en lo ojos de Óliver, su nieta Mariana. Durante 18 años alegró sus días. Fueron dos almas que se juntaban en el juego y la lectura. Mariana era su auditorio; y Óliver asumió, como un deber ético, seleccionar aquellas lecturas que la sensibilidad de Mariana demandaba. El resultado de esa unión se refleja en estas líneas, a la memoria del abuelo.
UN AMARILLITO Y UNA SALSA
Por Mariana Ortega Aponzá
Donde estaba Óliver Aponzá estaba el guaguancó,
no faltaba el traguito pa ambientar la ocasión.
Aunque decía que no tomaba,
por ahí un amarillito estaba;
las canciones más disfrutaba,
cuando mareadito se encontraba.
Pero no era borracho, era un intelectual; mi referente, no tanto emocional.
Con sus amores formó una familia grande,
y otro descendiente queda todavía.
Seguiremos escuchando sus ecos,
cuando suene “Pa bravo yo”.
Ahí lo sentiremos,
tirando baldosa y riendo con picardía;
haciendo sudokus y leyendo a Gabriel García.
Nos dejó matas, libros y una novela sin acabar.
No lo olvidaremos,
en el canto y en el baile
viva seguirá su memoria.
*Donaldo Mendoza Meneses es un destacado docente, columnista y gestor cultural colombiano, reconocido principalmente por su labor intelectual en los departamentos del Cesar y el Cauca. Es natural de Agustín Codazzi, Cesar. Debido a su larga permanencia y aportes en la ciudad de Popayán, es considerado un «prócer cesarense en el Cauca». Se graduó como bachiller en el Colegio Nacional Agustín Codazzi (1974) y posteriormente obtuvo el título de Magíster en Educación y Filosofía Latinoamericana, U. Sto. Tomás de Aquino. Es un prolífico columnista. Ha colaborado con medios como El Espectador, El Liberal (Popayán), Proclama del Cauca, El Pilón y El Portal Vallenato.Se le reconoce por su agudeza crítica y su capacidad para analizar la realidad social y literaria de Colombia.

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