Por Donaldo Mendoza*

La Edit. Oveja Negra publicó en 1985, en Obras Maestras del Siglo XX, la novela corta (175 pp.), La luna se ha puesto (1942). Tan pronto empieza uno a leer, se da cuenta de que el título y la historia son una representación simbólica, es decir, una metáfora social universal. No hay un claro protagonismo que individualice a éste o aquel personaje, como tampoco hay un lugar específico en donde ocurre lo narrado. Como en las grandes novelas de corta extensión que el lector recuerda, en La luna se ha puesto el individuo no tiene un lugar definido en el mundo, tampoco una época determinada. Los problemas humanos no conocen límites.

La novela fue pensada para leer hoy o mañana, en Colombia. Porque Colombia siempre ha estado en guerra, y de eso trata esta novela. Dicho en una frase: «Está inspirada en las luchas ideológicas y los conflictos armados de nuestro tiempo». Y como si la guerra fuera el estigma que nos identifica, la firma de acuerdos no se hace para consolidar la paz, sino para dar comienzo a nuevos conflictos. El SÍ y el NO del plebiscito, por ejemplo, nos hizo pensar en “vencedores que se saben vencidos”, o viceversa.

Y como en los míticos tiempos bíblicos, pareciera que el Dios de Colombia fuera el de los ejércitos: “Si pensaba en Dios, pensaba en Él como un viejo general cargado de honores, retirado y cano…”Y como el conflicto no cesa, “se juega a la guerra como los niños juegan a los trompos”. Y como en el juego, hasta tiempo hay para fantasear con la guerra, entonces “se hace difícil recordar cómo era aquello de matar o de ordenar que murieran”. ¿Se acuerdan del general que pedía carro tanques de sangre? Cuando tuvo que declarar, ya no recordaba, o contestaba vaguedades; la memoria está reservada para el soldado raso, “él era un soldado a quien le daban órdenes que tenía que cumplir, y que no esperaban de él que las analizara, ni que pensara, sino que las cumpliera…” Pensará el lector que estoy conduciendo forzadamente la novela hasta nuestra áspera realidad. No. Es coincidencia profética de un escritor grande, John Steinbeck (Estados Unidos, premio Nobel, 1962).

¿Y qué papel juega el pueblo en las guerras de los que se arrogan el derecho de liberarlo? Sabe que ni el ejército legal ni los ilegales lo tienen como el beneficiario directo de una eventual victoria. Por eso lo vemos echando a un ejército que lo toma de escudo, u otro que violenta el territorio y su precaria armonía. Las únicas armas del pueblo son las del coraje, como se simboliza en la novela: “Echando agua hirviendo a los guerreros había adquirido cierta reputación de paladín de la libertad”. Y lo vimos en el estallido social: “en los ojos del pueblo una rabia profunda”, acrisolada en la dignidad ofendida. El novelista sintetiza esas contingencias político-sociales: “en un hombre insignificante puede haber una chispita que estalle en una llamarada”. En fin, no he hecho otra cosa que dejar hablar la novela. En el credo de que, “la luna siempre vuelve a salir para los pueblos que resisten”.

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*Donaldo Mendoza Meneses es un destacado docente, columnista y gestor cultural colombiano, reconocido principalmente por su labor intelectual en los departamentos del Cesar y el Cauca. Es natural de Agustín Codazzi, Cesar. Debido a su larga permanencia y aportes en la ciudad de Popayán, es considerado un «prócer cesarense en el Cauca». Se graduó como bachiller en el Colegio Nacional Agustín Codazzi (1974) y posteriormente obtuvo el título de Magíster en Educación y Filosofía Latinoamericana, U. Sto. Tomás de Aquino. Es un prolífico columnista. Ha colaborado con medios como El Espectador, El Liberal (Popayán), Proclama del Cauca, El Pilón y El Portal Vallenato.Se le reconoce por su agudeza crítica y su capacidad para analizar la realidad social y literaria de Colombia.

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