Conversatorio con Álvaro Pérez Vergara Rey Vallenato 2013

El conversatorio En Defensa del Vallenato Clásico tiene el gusto de presentar al Rey Vallenato de la canción inédita del Festival de la Leyenda Vallenata de 2013 Álvaro Pérez Vergara, este viernes 5 de agosto a partir de las 5 de la tarde. Los presentadores son Felipe Rodriguez, director de la biblioteca y Abel Medina Sierra investigador cultural, cuentista, ensayista.

Estos conversatorios son organizados por la Biblioteca Popular Carlos Gaviria Diaz de Riohacha y el Movimiento en Defensa del Vallenato Clásico y poder ser visto por facebook-live en la pagina de la biblioteca.

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30 años de “cultura vallenata”

“Con la obra de Gutiérrez, voluminosa y desde el lente de la historia más que de los estudios culturales, se establecen ciertos asertos que desde entonces se consideraron como canónicas en el estudio del vallenato”

Por Abel Medina Sierra*

Este año se cumplen 30 años de la primera edición de la obra ‘Cultura vallenata’, origen, teoría y prueba del académico, abogado, historiador, ambientalista y compositor becerrilero Tomás Darío Gutiérrez Hinojosa. Esa edición del Plaza y Janés, hoy pieza documental bibliográfica de alto valor para los vallenatólogos e historiadores del Caribe colombiano, representó todo un hito para quienes, hasta ese momento, tenían pocas luces sobre el contexto histórico y cultural en el que emerge la música vallenata, nacida, según Tomás Darío, en el Valle de Upar, y para otros, en el Estado de Magdalena, dos nombres que coinciden en algunos puntos geográficos y difieren en otros. 

Hasta ese momento, solo se contaba con el texto fundacional de “Vallenatología” publicado por Consuelo Araújo Noguera en 1973 y “Memoria cultural del vallenato” (1985) del lingüista Rito Llerena. El primero, un esbozo muy general, descriptivo y poco riguroso, pero pionero en tener como tema exclusivo y objeto de estudio la música vallenata. El segundo, un abordaje académico en el que se toman las canciones vallenatas como texto cultural para un análisis desde el estructuralismo lingüístico. 

Con la obra de Gutiérrez, voluminosa y desde el lente de la historia más que de los estudios culturales, se establecen ciertos asertos que desde entonces se consideraron como canónicas en el estudio del vallenato. Por muchos años, se tuvo como casi exclusiva fuente reveladora y referente ineludible, tanto así que, la mayoría de publicaciones que se hacían desde el Ministerio de Cultura y otras obras, prácticamente reproducían lo ya publicado en esta. Quienes, para la época, nos atrevíamos a esbozar algunos elementos de análisis del vallenato, lo hacíamos desde la luz de ese faro gutierrano, como ejemplo doy mi obra “Vallenato, constante espiritual de un pueblo” (2002). 

El médico, coleccionista y vallenatólogo Álvaro Ibarra Daza, no encontró otra manera de aprender mucho del libro que, transcribir sus casi 700 páginas, un farragoso ejercicio con muchas horas de dedicación. 

¿Por qué fue importante esta obra que cumple sus primeros 30 años? Son varias razones. Se trataba de un estudio desde la perspectiva émica, es decir, de un actor que es autor y muy conocedor del vallenato. Hasta ese momento, a nivel nacional se tenía como verdad lo que folclorólogos como Guillermo Abadía aventuraban a pontificar sobre el vallenato, música de la que conocían muy poco. Tomás Darío, fue el primero en contradecir tesis infundadas por este, según las cuales, el merengue vallenato provenía del dominicano y el son, del cubano.   También, fue la primera obra sobre el vallenato que hace, no solo el estudio etnográfico de los instrumentos musicales indígenas de la región, sino del vallenato y su clasificación según las teorías de Curt Sachs y Erich Von Hornbostel.    

El fuerte de la obra es el componente histórico, el cual evidencia el amplio conocimiento del autor sobre las gestas de conquista, el proceso de fundación y poblamiento de los pueblos de una región a la que prefiere llamar Valle de Upar. 

La obra ‘Cultura Vallenata’ es una de las primeras investigaciones sobre el folclor vallenato.

El mayor peso y extensión lo tiene la historia de la región, para luego hacer una lectura de los sustratos culturales que se integraron en el ser caribe de esta región, el zambaje que toma como punto de partida para la cultura vallenata. En su mapeo del vallenato, Gutiérrez establece unas generaciones de cultores del vallenato y unas escuelas con epicentros en Fonseca, Valledupar, El Paso y Plato.   El autor es prolijo en datos sobre las primeras manifestaciones y músicos del género, él reconoce que tuvo la ventaja de entrevistar a los más longevos músicos en los años 70, antes que esas bibliotecas ambulantes se apagaran. Si alguien ha dado muestras de conocer sobre los primeros músicos vallenatos ha sido este autor con esta obra. 

Pero, en aras de la objetividad, así como algunas de sus tesis han sido aceptadas como acertadas, otras han sido puestas en la mesa de refutación. Entre las más aceptadas están la que sostiene que el vallenato no nació con la llegada del acordeón; que sus formas o ritmos son vernáculos y no aclimataciones de músicas foráneas; que no necesariamente el punto de entrada del acordeón es evidencia de ser cuna de esta música; que el vallenato es producto de creación colectiva y no individual. 

Por otra parte, se ha venido controvirtiendo el uso de la   denominación de Valle de Upar para referirse a la región donde nació esta música. Analistas como Luis Carlos Ramírez sostiene que ha habido con esta obra una invención de un territorio para soslayar el Magdalena y entronizar a la ciudad de Valledupar como cuna del vallenato. En realidad, nadie sabe con precisión dónde comienza y termina el Valle de Upar, la obra presenta 5 delimitaciones diferentes, además de ser una denominación anacrónica ya que muy pocos la usan, hoy Valle de Upar no es una región pues la denominación se limita a la ciudad capital del Cesar.  

También se ha desvirtuado su tesis que José León Carrillo haya sido el primer acordeonero; el musicólogo Egberto Bermúdez ha criticado su filo indigenismo, es decir, presentar al vallenato como música de origen chimila, así como cuestiona que no llegó a probar en su libro la existencia de una cultura vallenata. 

Bermúdez y Héctor González han sostenido que, contrario a lo que postula Gutiérrez, el vallenato es más afro que indígena. Se critica que Gutiérrez no prueba la existencia de un conjunto chimila, ni que la caja vallenata y la guacharaca provengan de esa etnia. A esto se suma, los escritos de Jacques Gilard, Ismael Medina y el círculo Cadis de Barranquilla que demuestran que el vallenato no es tan narrativo como lo postuló Gutiérrez en esta obra. 

Pese a esto, ‘Cultura vallenata’, es la obra más referenciada sobre el tema y de obligada lectura, el estudio que más nos ha puesto a discutir a quienes tenemos esta música como objeto de análisis; ya sea para aprender de ella y refrendar nuestros asertos, para contradecirla o dialogar intertextualmente con ella, Tomás Darío nos dejó un aporte: sentó las bases para el estudio académico de un lenguaje musical que se llama vallenata. Pasarán los años y seguiremos citando esta obra que cumple 30 años.

*POR ABEL MEDINA SIERRA/ESPECIAL PARA EL PILÓN

La edad del vallenato

Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural.

La pregunta espinosa

En días recientes, uno de mis estudiantes de la cátedra de vallenatología de la licenciatura en música de la Universidad de La Guajira, me lanzó una pregunta espinosa; la cual le surgió al escuchar en un documental a un distinguido vallenatólogo sostener que, cuando los europeos llegaron a nuestro territorio del Caribe colombiano, ya estaba la música hoy llamada vallenato. El estudiante, me preguntaba entonces ¿Cuándo nació el vallenato? Me propongo, no solo responderle al estudiante, sino compartir con los lectores mis apreciaciones y acotaciones sobre el brumoso tema.

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¿El vallenato se tomó el mundo?

Por Abel Medina Sierra

El 8 de marzo pasado, se conmemoró a través de publicaciones por parte de algunos actores del vallenato, 54 años de lo que se tiene como una profecía de Consuelo Araújo Noguera, ya que en 1968 publicó en su columna “Carta vallenata” del diario capitalino El Espectador, la siguiente frase que se ha hecho famosa “El vallenato, con el tiempo, se impondrá en el mundo”. Uno de los que recordó en grupos virtuales que la profecía se había cumplido “al pie de la letra” fue el radialista de Valledupar Celso Guerra, también he leído varios escritos en los que se comparte esta opinión de Guerra.

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Los retos virtuales, nueva piqueria vallenata


Abel Medina Sierra | DIARIO DEL NORTE | Febrero 14, 2022

Darianna Griego, una riohachera de solo 15 años, hija del guitarrista y productor Luis José ‘Sombe’ Griego y, rama de una estirpe musical con origen en Tomarrazón, sacudió en estos las redes sociales que siguen los acontecimientos musicales del vallenato. Esta joven cantante aficionada, comenzó a visibilizarse en el mundo del vallenato por una práctica que se ha vuelto recurrente y propia de los post milenials: los retos.

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LA “ESENCIA” DE LA MÚSICA VALLENATA

Abel Medina Sierra

Cada vez que se enciende el debate sobre si una canción o formato es o, no vallenato, surge la palabra “esencia” como tema ineludible. Los melómanos o actores de la vallenatía, sacan a relucir esta palabra para dar a entender que existe un punto de referencia, una raíz o polo de base y que la cercanía o distancia con relación a éste, es lo que define si una canción es no vallenata. “Es que el Binomio de Oro, innovó pero mantuvo la esencia”, “es que esa canción no tiene la esencia vallenata”, “es que la nueva ola perdió la esencia”, son frases que resultan de este tipo de coloquios informales.
Se apela tanto a este argumento que, muchos, entre los que me incluyo, se han preguntado – ¿Y cuál es esa tan cacareada esencia? Pero, ninguno de los “esencialistas”, suele explicar esto, parece ser que la vaguedad fuera el principal atributo de esa esencia. Tanto así que, algunos ya han llegado a sostener que no existe, porque nadie la conoce. Es natural que, si ni siquiera los expertos son capaces de reconocerla, los que no tienen ese saber situado lleguen a pensar que se trata de un mito.
El músico y docente Roger Bermúdez, en uno de los coloquios de cátedra compartida en vallenatología del programa de licenciatura en música de la Universidad de La Guajira, nos entusiasmó mucho pues tomó el toro por los cachos y anunció que va a demostrar musicológicamente, cuál es esa esencia. Desde ya, me declaro a la expectativa y ojalá sea pronto.
Mientras tanto, vayamos aportando al debate. En algunos géneros musicales, en los cuales solo hay una forma, como el bolero o merengue dominicano, es más fácil identificar esa esencia en el patrón rítmico. Pero, en el caso del vallenato, existen cuatro formas festivaleras o tradicionales y muchas más emergentes. Así que, si para algunos, esa permanencia rítmica del paseo, son, merengue y puya es la esencia, qué pasa cuando emergen nuevas formas, que aunque no la acepten en los festivales no es que dejen de ser vallenatas. Allí ya no se puede aplicar esos patrones rítmicos como esencia.
Por otra parte, si para algunos, la esencia es una manera de tocar el acordeón, sería bueno acudir a la tesis de Roger Bermúdez según la cual, “el vallenato no es un formato organológico, sino un lenguaje”. Y le concedo toda la razón, porque hemos escuchado tantas veces el género interpretado por guitarras, arpas, dulzainas y hasta con chiflidos como nos recuerda el coleccionista Álvaro Ibarra. Así que la esencia tampoco está en el acordeón, la caja y la guacharaca (Luis Enrique grabó varias producciones sin caja). Se podría pensar que es una manera de cantar, pero es mucho lo que ha cambiado del canto recio de los primeros juglares, al estilo afinado y colorido de la generación de Oñate, Orozco, Diomedes o Zuleta, pasando por las voces almibaradas de Nelson Velásquez, Amín Martínez o Alex Manga hasta llegar al fraseo urbano de un Kaleth Morales. Si ponemos el foco en la estructura de la canción, encontramos que hay muchas rupturas entres las canciones de cuatro versos simétricos y octosílabos del periodo campesino, luego a las quintillas y sextillas con versos de arte mayor, asimétricos y con estribillos de Escalona y Don Toba; luego pasa el lirismo trovadoresco y de intimismo subjetivo de Gustavo Gutiérrez o Rosendo Romero; un periodo sensiblero hasta llegar a una nueva ola con canciones jergales, con exacerbado machismo y letras ligeras. Es decir, no es claro qué ha permanecido en lo organológico, el canto ni la composición, no asoman tan claras las esencias, son más las contingencias.

Leyendo en estos días, encontré una respuesta de la cantante Aida Villa, hija de Abel Antonio, la cual coincide con la que le escuché a mi contertulio Luis Eduardo Acosta Medina en el programa radial La polémica, en el que también discutimos este tema: la esencia es el sentimiento que subyace en cada canción (como lo expresa Sergio Moya: “el sentimiento de vuelve canción”). Frente a esto, surgen interrogantes: qué pasa cuando la canción es meramente narrativa, no nace de ningún estado de ánimo. Tampoco hay sentimiento, sino interés en una canción que “fabrica” un autor porque se la encarga un intérprete o la crea solo para participar en un festival y ganarse unos pesos. Hay canciones con historias ficticias, autores que cuentan lo que le ocurrió a otra persona, así que no siempre habrá sentimiento ni siempre la esencia será que cantan emociones o vivencias reales del autor.
Se ha demostrado ya que la mayoría de canciones vallenatas no son narrativas, así que esa forma expresiva tampoco es la esencia; que no todo vallenato nació en los campos y potreros, luego no depende de dónde se hace y que, si algunos creen que la poesía es su principal polo, no sé qué tiene de poesía canciones vallenatas como “La puerca”, “La perra”, “La yuca y la tajá”, “La espelucá” o “Me tiene pechichón” (más conocido como “El hombre es como el perro”).
Nos toca esperar que, desde la musicología nos den las respuestas que hasta ahora nadie tiene. Lo que sí he notado es que, los melómanos desde su habituación y su experiencia sonora, toman posiciones y aceptan como vallenatas algunas ofertas, otras no tanto, lo que quiere decir que sí tienen una línea divisoria, imprecisa, pero existente. Por ejemplo, si se trata de una nueva forma, al menos debe permanecer la instrumentación. Si el paseaito lo graban sin acordeón, caja y guacharaca, ya borra todo nexo. Y si cambia totalmente la instrumentación, los patrones rítmicos o las formas ya legitimadas deben permanecer. Es decir, para que sea aceptado como vallenato, algún rudimento debe mantenerse, como dice Zuleta “El maco se suelta de las patas cuando está agarra`o de la cola”, una forma provinciana de parafrasear la tesis de Schenker de la conciencia permanente en la música, que puede explicar que en el vallenato no hay una esencia única e inamovible, sino contingente.

Abel Medina Sierra