A propósito de las Estatuas.

Es comprensible la indignación y perplejidad que sintieron  los cientos de seguidores del vallenato «binomista», al momento que la  Alcaldía de Valledupar develó el 1 de mayo, durante el Festival de la Leyenda Vallenata, las estatuas de bronce en homenaje a Rafael Orozco e Israel Romero, fundadores del Binomio de Oro. Las esculturas, situadas en el Ecoparque del río Guatapurí, honran el legado musical de la agrupación.

El rechazo colectivo ante estas esculturas; sencillamente, es porque para un conocedor de la historia y la estética del vallenato, el resultado visual puede resultar desconcertante, sobre todo porque, justo, el Binomio de Oro fue el conjunto abanderado al  imponer la elegancia y el  «caché» en la tarima .
Los uniformes que visten las estatuas están inspirados en la cultura militar de gala, específicamente una reinterpretación estilizada que el Binomio de Oro popularizó durante los años 80 .Es verdad que este estilo buscaba elevar la imagen del conjunto vallenato a un nivel de elegancia «internacional», diferenciándose de la vestimenta informal o puramente campesina de la época.
El detalle del cuello: Esos accesorios circulares que se observan en el cuello de las estatuas intentan replicar las charreteras o insignias metálicas que Rafael Orozco e Israel Romero lucieron en la  portada de un álbum icónico.

En su momento, esto fue un símbolo de la «Universidad del Vallenato», proyectando disciplina y una identidad visual única que revolucionó el género.
Ahora , con la venia del respeto, sin ser expertos en las artes plásticas; desde una perspectiva estética y técnica, la crítica negativa la compartimos al igual que miles  seguidores y expertos en arte público por las siguientes razones:
Falta de realismo fisonómico: Las facciones representadas carecen de la esencia y los rasgos distintivos que definían a Rafael Orozco (su carisma y mirada) y a Israel Romero( sonrisa y mirada de humildad). La escultura falla en capturar la identidad del sujeto, cayendo en lo que parece una caricatura involuntaria.

El modelado de los rostros presenta una rigidez que dista mucho de la maestría necesaria para un homenaje de esta magnitud. Los detalles de los ojos y la boca resultan inexpresivos, lo que genera una desconexión emocional con el espectador. Un mamador de gallo caribeño me dijo que parecían,  más bien,  unos embajadores afrodescendientes perdidos,  tras la huella del Imperio de Francisco el Hombre.

Cuando una obra pública no logra el parecido mínimo, en lugar de servir como un monumento al recuerdo, se convierte en un punto de distracción o incluso de burla, lo cual se percibe como una falta de respeto al legado de figuras tan trascendentales para el folclor.
Ciertamente, para un movimiento musical que se enorgullece de su historia y sus ídolos, una representación que no haga justicia a la imagen real de «El Ídolo Rafa Orozco» y «El Pollo Irra» se siente como una oportunidad perdida de honrar su verdadera grandeza.

Alfonso Osorio Simahán
Berrequeque
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