Gabriela Febres-Cordero
Todos los años se celebra el Festival de la Leyenda Vallenata. Este es el evento musical más importante de Colombia y aglutina a nacionales y extranjeros venidos de diversos rincones del mundo. Cualquiera pensaría que esto es algo así como una rumba de cuatro días, repleta de conciertos vallenatos. No es así. El festival es mucho más que eso. Y la concepción original se la inventó Consuelo Araujo, la conocida y recordada Cacica, hace más de cuarenta años. Ella entendió que, más que reunir a los grupos vallenatos del hit parade de las casetas, lo importante era la promoción de la música autóctona a través de fomentar la destreza y la maestría de los acordeoneros.
Se concursa entre cientos de talentosos acordeoneros, quienes acompañan su fuelle con la percusión de un tambor (caja) y una guacharaca. El propósito: lograr el título de Rey Vallenato en la correspondiente categoría: infantil, juvenil, profesional. Para ello, hay unas rondas eliminatorias que depuran los cientos de inscritos hasta arribar a cinco finalistas por categoría, quienes se presentan el último día del Festival en la imponente tarima del Parque Consuelo Araujo Noguera.
Es increíble ver cómo el pueblo participa y está presente, tanto en las eliminatorias como en la final. Diariamente, se aglutinan unas 20.000 personas en el parque, coloquialmente llamado El Coliseo, para ver al “pollo” favorito. Así como los expertos de ópera conocen si un “aria” fue entonada correctamente y con la fuerza requerida, igual un vallenato conoce si un pito del acordeón “se le fue” al más avezado acordeonero. El pueblo se instala durante horas a observar y escuchar a cada concursante y realiza su propia evaluación y calificación. Y abiertamente expresa si aprueba o no el fallo del jurado. Pero lo más sorprendente del Festival es cómo la gente de Valledupar conoce de todo tipo música y se sabe las canciones, no importa de qué género.
Todos los años hay uno o dos artistas internacionales invitados a esta festividad. Por el Coliseo han desfilado Juan Luis Guerra, Gilberto Santarosa, Calle 13, Alejandro Fernández, Marc Antony, Ana Gabriel, entre otros. Todos, sin excepción, quedan boquiabiertos cuando se montan en la tarima y ven en un radio de 180 grados a un público cálido y ávido de complacer al ilustre visitante. Porque es el vallenato quien quiere que el artista lo pase feliz. El pueblo vallenato es el único que se sabe las letras de todas las canciones, desde el rapeo del “Residente” de Calle 13 hasta las baladas de despecho de Ana Gabriel.
En un tronar sostenido, compuesto por decenas de miles de voces, año a año, los vallenatos entonan al unísono, junto con el cantante, las interpretaciones musicales del artista internacional de turno. Todos artistas de talla mundial quedan amando a Valledupar. Con las canciones vallenatas pasa lo mismo. El pueblo igual entona una canción de un juglar de hace 100 años, como Tobías Enrique Pumarejo, o canta de memoria el último éxito de Fabián Corrales, “El tuyo soy yo”, interpretado por Peter Manjarrez y con el acordeón de Sergio Luis Rodríguez.
Lo más hermoso del festival vallenato es su pueblo, su gente generosa y cálida; un pueblo que sabe de música, que habla bonito, que enamora con su prosa y su verso. Los colombianos deben preservar este patrimonio nacional. Sólo la figura jurídica de una organización, sin fines de lucro, como la Fundación Festival Leyenda Vallenata, puede mantener la independencia de este magno evento musical y preservar la vigencia y tradición de un concurso amplio y socialmente incluyente. En el marco del festival vallenato, todos participamos sin distingo de estrato. Compartimos no solo la música, sino el chicharrón, el queso, el chivo, el bautizo en el Guatapurí y el Old Parr.
