Jacqueline Ramón, esposa del cantante, lo acompañó hasta su última morada en medio del llanto colectivo.

El mismo pueblo que aguardaba pacientemente a que subiera a las tarimas para bailar con sus canciones y corear su nombre, ayer también dedicó su tiempo de manera solemne para verlo llegar a su última morada en el cementerio Jardines de la Eternidad.

Ni la llovizna al final de la tarde hizo mover a las más de 4.000 personas, en su gran mayoría apostadas desde las 2 de la tarde en el Camposanto para recibir la caravana fúnebre.

La gente entendió que, como dijo el cantautor Dolcey Gutiérrez a EL HERALDO, “pasarán doscientos años para que nazca otro Joe Arroyo”.

Barranquilla nunca había presenciado una despedida de tal magnitud. En la memoria solo se asemejan los funerales del intérprete vallenato Rafael Orozco (1992) y el periodista Fabio Poveda Márquez (1998).

Pero fue un hijo adoptivo suyo, el que tantas veces le cantó y le juró que en sus aires se quedaría, el digno de recibir el honor. “Era único porque nació con un estilo y una manera de ser. Ya traspasó la barrera de los 25 años, la edad para que un artista llegue a ser clásico y cuando llega a serlo, no necesita grabar más porque lo que grabó fue inmortal”, expresó su colega Alfredo Gutiérrez.

Horas previas. Un lento cortejo fúnebre, con el cuerpo sobre un carro de Bomberos, acompañó hasta las 10:45 p.m. hasta su última morada.

“Joe nos dejó una reflexión para toda la vida: a mi Dios todo le debo. Fue un hombre que logró sobreponerse a sus problemas y en todo momento fue superior a ellos, por eso será recordado por toda Colombia”, fueron las palabras del arzobispo, monseñor Jairo Jaramillo, en la Catedral Metropolitana, tras un homenaje musical brindado por amigos y colegas como Juan Carlos Coronel, Wilson Saoko y Checo Acosta.

El cartagenero marchó rodeado de su música y lo que más quiso en vida: el cariño de su pueblo. Fue imposible contabilizar cuántas personas se volcaron a las calles para despedirlo durante su recorrido.

Carros grandes y pequeños por igual, motos, buses y miles de personas a pie siguieron el cortejo desde la Catedral Metropolitana sin mostrar asomo de cansancio, pero envueltos en una extraña fiesta. Una en la que se tiene la certeza que el anfitrión no volverá y hay que hacer de la última la mejor.

La multitud dificultó el tráfico de los vehículos. El traslado hasta el cementerio se prolongó por toda la carrera 43, hasta cruzar la calle 93 para conectar con carrera 46 y tomar rumbo hacia el cementerio. La tenue lluvia tampoco apagó las demostraciones de afecto ni la voluntad de quienes acompañaron al único Super Congo de Oro que ha tenido el Carnaval.

Y la noche, también musa de sus temas, apareció para darle el último adiós a su Centurión. Un hombre que en vida se definió como una criatura nocturna, que pensaba y creaba mejor entre su silencio.

Para entonces, en Jardines de la Eternidad ya se había calmado el ambiente tenso porque algunos familiares tuvieron dificultades para ingresar.

La caravana siguió avanzando a paso lento e interrumpido por la gente que pedía cargar el cajón en hombros. Varios fueron los bloqueos que hicieron pensar en un desvío, como en la carrera 43 con 84. Pero nunca varió por petición de los seguidores.

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Por Jeniffer Varela Rodríguez y Germán Corcho Tróchez/El Heraldo