Fotos: Colprensa | Además de las galerías y los invitados internacionales, ArtBo también tiene un espacio para los jóvenes, para aprender, con una serie de conferencias, y para impulsar los nuevos talentos colombianos.

LA FERIA INTERNACIONAL de Arte de Bogotá empezó ayer, por séptima vez. Son cuatro días (hasta el lunes) en que el arte se expone, en busca de un coleccionista enamorado. También es aprendizaje y corazón.

El puente no existe y, sin embargo, ahí está, uniendo las dos paredes. Uniendo el arte, quizá. Saliéndose de la obra. Se llama Muros de luz. El autor es Aitor Ortiz. Es de Estocolmo. Se encuentra si se empieza el recorrido hacia la derecha. Dos fotografías, una y otra, formando la esquina.

Empezar por ese lado es como le gusta al periodista y crítico de arte cubano, Toni Piñera. Desde hace siete años que empezó la Feria Internacional de Arte de Bogotá, ArtBo, no ha faltado. La ha visto crecer, dice él, y le asombra que con tan pocos años ya esté tan grande, «mayor de edad», incluso.

Y es que ArtBo tiene esas características que sólo tiene el arte Latinoamericano, que es el que quieren potenciar. Porque se pueden encontrar obras de otros lugares del mundo, pero la mayoría son de artistas en los que se refleja el ser latinoamericano. «Nosotros tenemos esos andes. Es un arte que sale de adentro. Vamos mucho a las raíces y a las tradiciones».

El recorrido es despacio. Porque cada obra tiene su historia. Algunos la preguntan, otros prefieren detenerse muchos minutos a mirar, a señalar, a buscar que hay detrás. Pasa, por ejemplo, con las obras de los artistas venezolanos. Toni cuenta que hay mucho arte cinético, que es tradición en ellos. Entonces sucede que hay que mirar varias veces y moverse, porque esa del frente, que está hecha solo de palitos y palitos, se mueve. Juega con todo aquel que le preste los ojos.

En ArtBo participan 57 galerías, de 14 países. De Colombia son 13. De resto son de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Costa Rica, Cuba, México, Perú y Venezuela. Por eso es que si bien es una feria comercial, no deja de ser una galería para aprender, para recorrer el arte de artistas que ya llevaban su tiempo y reconocimiento, y de aquellos que su nombre apenas empieza a sonar. También, expresa Andrea Walker, directora de la feria, «queremos formar público».

El tiempo se va en los detalles. Los coleccionistas se dejan antojar, observan varias veces, conversan. Pasan desapercibidos. Les gusta una obra, pero no tanto como la otra. «Esa es mejor que la que se llevó el año pasado», le decía la galerista al señor, viendo una obra de Negret.

Unos 300 artistas, comenta Toni. Y de cada uno, hay varias obras, tanto que visualmente hay que descansar, a veces. No hay afán. «Cada artista es un mundo, sus esperanzas, sus experiencias. La obra es todo eso», agrega un emocionado curador.

Liliana Porter es una artista argentina, que no ha dejado el tema de la niñez, aunque ya supere los setenta. Las dos hojas, de cuaderno, están en la pared. Se comunican por lo que parece un camino, en una agrietado, en otra ancho. Y hay un pequeñísimo hombre, tridimensional, que quiere entrar a la pintura que está pegada en la hoja. Allá hay un mundo más colorido, menos blanco. Sin líneas. La memoria, pero podría ser un juguete. Depende del que mire.

El Colombiano