Por: Julio Cesar Oñate/ El Pilón

Todavía muchos vallenatos recordamos aquella ocasión en que nuestro santo patrono se vio envuelto involuntariamente en la marejada politiquera por causa de un furibundo devoto del cristo moreno, que inocentemente llegó a creer que solo involucrando al Ecce Homo en la administración pública se podría emparapetar el endémico desbarajuste de nuestra precaria organización gubernamental.

Finalizaba el mandato del presidente Turbay, y Alfredo Morales Montero, un villanuevero arraigado aquí desde su infancia, aspiraba al concejo de Valledupar, anunciado a galillo pelao que se la jugaba con todo y a la fija, arrumado a  cualquier oponente que se le atravesara ya que llevaba en segundo renglón de su lista nada menos que a Santo Ecce Homo, el venerado y milagroso patrono del Valle.

Morales, un singular personaje querido por lugareños y fuereños, era un prestigioso sastre instalado en su taller de alta costura ubicada en la carrera 11 entre calle 18 y 19 exactamente haciendo frente con lo que hoy es el Hotel Panorama. El negocio se identificaba como “La casa Morales” y el propietario era popularmente conocido como “La Tijera que corta” y sus familiares y allegados lo llamaban “El Chango Libre”, por vivir siempre al día con los últimos aullidos de la moda, que en el cine  mexicano imponían Tin Tan, Resortes y otros famosos bailarines y fulleros del celuloide azteca.
Reinaban en ese entonces los pantalones tubitos de gabardina y varios pliegues, que apabullaron al dril y el lino en el farandulaje de la época, el dacrón vino después.

Morales, conocedor del fervor y devoción que la gente del pueblo prodigaba a nuestra santa imagen de ébano, auguraba que el municipio en pleno y todos sus corregimientos depositarían en las benditas urnas el sagrado sufragio que lo llevaría sin titubeos al cabildo vallenato con la más alta votación registrada en nuestra historia.

El resto de candidatos que no tenían ningún chance frente a la dupla hombre-Cristo veían con envidia el genial chispazo del “Chango” que eufórico repartía volantes afiches y estampitas del santo aspirante.

Las cosas iban viento en popa y la gente esperanzada anhelaba el día en que respaldados por su patrono, el Valle sería un verdadero edén de tranquilidad y bienestar para todos; pero el día de inscribir la candidatura a Morales se le oscureció el panorama ya que el registrador de turno exigía que el acta correspondiente debía ser firmada por el principal y el suplente. Ante semejante imprevisto el hombre de la tijera se fue hasta la iglesia de la Concepción y con la virgen del Carmen y el cura de testigos, le tomó la huella dactilar al dedo gordo del pie del suplente, pues como todos sabemos la imagen esconde las manos y las mantiene cerradas, pero el hombre de la registraduría no se tranzó y previo consulta al superior en Bogotá sentenció: o firma el suplente o no lo inscribo!.

Desmoralizado Morales Montero imploraba y esperaba inútilmente que una licencia divina le permitiera a su llave realizar el milagro de la firma, pero pienso que quizá el Padre Eterno que todo lo prevé, presentía en su infinita sabiduría que su querido hijo ya sacrificado una vez para redimir a la humanidad, seguramente al entrar al mundillo de la política actual le podría ir peor que con los judíos y a lo mejor terminaría salpicado, enredado y hasta encarcelado con el consiguiente desprestigio terrenal y celestial que sin duda alguna darían al traste con la fé y el respeto que profesamos a Dios Todopoderoso, Señor de las flores, las luces, el amor y la rectitud extrema.

El frustrado concejal que había hipotecado hasta el taller incluida la tijera que tanto prestigio le daba nunca perdió la fe en el Ecce Homo y hoy con sus 82 ruedas encima, vive eternamente agradecido con él por haber evadido la carrera política, con el absoluto convencimiento de ser hoy gratamente recordado como un sastre de fino corte y diseño, y no como uno de los tantos políticos corrompidos que en todas partes pululan. Lo cierto, es que en la política según reza el adagio: es mejor dejar los santos quietos.