La ancestral costumbre de realizar Años Viejos y quemarlos el 31 de diciembre cada vez está perdiendo más vigencia en la capital del Cesar.

Algunos aducen que esta situación ocurre ante las restricciones de las autoridades para evitar personas quemadas, debido a que muchos son elaborados con juegos pirotécnicos y se tornan peligrosos,
especialmente para los infantes.

Sin embargo, en algunos barrios aún mantienen esta práctica; son contados los populares monigotes que representan los aspectos negativos que un ser o comunidad vivió durante un período por culminar.

Los Años Viejos, elaborado con ropa vieja, cartón o papel, rellenos de paja o aserrín, son exhibidos en las terrazas, convirtiéndose en una atracción para los transeúntes.

El lente de Vanguardia Valledupar recorrió la ciudad, encontrándose con estos muñecos en: la segunda etapa de Garupal, Álamos II, Divino Niño, La Nevada, Las Manuelitas y El Obrero.

Hoy, cuando el reloj marque las 12 de la noche serán quemados para decirle adiós al 2011 y darle la bienvenida al 2012.

Significado
La incineración del Año Viejo es un ritual de purificación para alejar la mala suerte o las energías negativas, así como de transición puesto que también se celebra la llegada del nuevo año, aboliendo lo anterior.

Como ritual de fuego, representando la supresión de lo pasado para permitir una regeneración del tiempo y de las energías, la quema de un muñeco es común en muchas culturas y aún con transposición de
fechas y de épocas tiene similares significados.

“Me encantan”: Gloria Orozco
Una estilista de Valledupar, Gloria Orozco, es una de las pocas personas que acostumbra a revivir cada año esta tradición decembrinas.

Orozco junto con sus familiares y su vecina Ana Hernández elaboraron un particular muñeco, ataviado de sombrilla, licor, taburete, cigarro y corbata, que ubicaron en uno de los parques de la segunda etapa del
barrio Garupal.

“Cada uno de los integrantes de mi familia y la de Ana aportaron ideas; hoy tenemos un Año Viejo que ha gustado mucho, a tal punto que nos encargaron uno en el barrio Las Flores”, manifestó con orgullo Gloria.

Ella asegura que esta costumbre es una herencia de su mamá Carmelina Gutiérrez, a quien vio realizarlos desde que era una niña; ahora busca que sus hijos, sobrinos y las nuevas generaciones aprendan este
arte.

VANGUARDIA