Es uno de los cuentos finalistas del VIII Concurso Departamental (2011) de la Biblioteca Rafael Carrillo Lúquez. El ganador fue “Naturaleza muerta” firmado por el seudónimo Casandra Lange; obtuvo mención especial “Y eran ellos”, y seis más fueron finalistas, entre ellos, éste que es mi autoría y aquí publicamos unos fragmentos: Una roca bajo la sombra de un caracolí es el sitio elegido para sentarme. Sumerjo mis pies en la lenta corriente del río en búsqueda de sosiego contra los vaivenes del asedio, y me dispongo a preparar el anzuelo para iniciar una faena de pesca. Un puerto de aguas tranquilas y de fondo cenagoso es el lugar adecuado para la pesca de bagres. Reconozco mi escasa experiencia, y es mi tercera salida como pescador; decido ir solo, porque el desafío es una forma segura de aprendizaje. Mi reciente afición por este oficio es también un pretexto para el reposo y el encuentro con la naturaleza, abrazarme a la música de los árboles y del río, hablar con los paisajes de la infancia y con los personajes que habitan en las páginas de la memoria. Tiro el anzuelo. Sentado, pienso en algunos cuentos que me hubiese gustado escribir….Levanto la mirada, como globos de aire que buscan en las bóvedas del cielo la sonrisa de Dios, la detengo en un racimo de nubes blancas incrustadas en espejos azules; luego la bajo a la altura de mis ojos y percibo la música de los pájaros entre los colores del follaje; pero al extenderla más allá de las riberas me conmueve la extraña soledad de un árbol de hojas enrojecidas donde los pájaros no llegan. Dejo el anzuelo atado a una rama y camino hasta llegar muy cerca del vegetal corpulento. Suelto un pájaro que llevo en las manos y raudo vuela de espaldas, como si un espanto lo ahuyentara. Me aproximo, pero no alcanzo a tocar los nudos de la corteza del árbol, porque una malla de espumas impregnada de un olor a sangre lo envuelve, como un escudo repugnante. Frente al árbol, silencioso y asombrado por el inexplicable suceso; pero sin dejarme vencer, evoco los ritos de mis ancestros Koguis y consulto a Kanimpana, el padre de los árboles. En un instante de paz espiritual, cierro los ojos y hablo con el árbol: ¿qué tropiezo hubo en tus raíces que mancharon el follaje?; ¿por qué, tan solo, que hasta los pájaros te huyen?; ¿por qué transpiras gotas enrojecidas con olor a sangre?–.En el susurro de viento, escucho la voz del árbol: –Mi padre, Kanimpana, me hizo guardián del aire y protector de la vida, pero mis raíces han bebido sangre: vi grupos de hombres con motosierra que se acercaban y pensé en el final de mis días, que pronto terminaría convertido en pequeños trozos desolados; pero fueron muchos los hombres que terminaron en pedazos y sobre las orillas de mis raíces sembraron los cuerpos mutilados–. Abro los ojos. Con la tristeza a cuesta regreso a orillas del río, encuentro la cuerda templada del anzuelo; halo, imagino un bagre gigante, presiento que tengo mejor suerte que Santiago, el viejo pescador, amigo de Ernest Hemingway. Sigo halando, tiro sin desmayo, y ¡vaya estupor!, un bagre gigante, atascado en un esqueleto humano. Superado el pánico que me produce la macabra pesca, me animo y vuelvo a lanzar el anzuelo. Espero mejor suerte. Se templa la cuerda, tiro con fuerza y aparece el cadáver de una joven mujer, horadado por el grito metálico de las armas. Decido suspender la pesca, me ubico en medio de los dos restos mortales, y ofuscado extiendo la mirada hasta el árbol donde no llegan los pájaros.
El Pilón

