Tanto los artefactos tecnológicos como los conocimientos que usted posee fueron adquiridos, en su inmensa mayoría, a través de la cultura a la que pertenece. En sus genes no venía la información exacta de cómo crear y operar un televisor, cómo inventar y utilizar el lenguaje de las matemáticas o la música, cómo hablar y escribir en español y a qué ser o seres rezar. Es usted, por definición, un animal cultural. Es el resultado de su herencia biológica (sus genes) y su herencia cultural (su cultura) con un peso tal, de esta última, que sin ella poco o nada tendría usted de “ser humano”. Como decía Vygotsky, lo que distingue la inteligencia humana de otros primates es el grado en que ésta depende de la cultura. Por mucho que existan ejemplos de tradiciones culturales en los chimpancés y otras especies, la inteligencia de la especie no depende de la participación cultural en el sentido en que esto ocurre en nosotros los humanos.

Con independencia de si nos inclinamos a creer que los demás animales poseen cultura o que el fenómeno de la cultura es específicamente humano, nadie negaría que la cultura humana engloba un conjunto de capacidades, conductas y artefactos de una complejidad muy superior a la de otras especies, por lo que en el proceso de la evolución humana una o múltiples adaptaciones han debido ser las responsables de este salto sustancial. Si bien estas capacidades o logros no han podido surgir de la nada, teniendo sus raíces en capacidades compartidas con otras especies, no deja de sorprender el tremendo salto en tan poco espacio de tiempo. Los 6 millones años que separan a los seres humanos de nuestro ancestro común con el chimpancé, constituyen un tiempo muy breve en términos evolutivos como para dar lugar al desarrollo de las diferencias que tenemos con nuestros parientes más cercanos en las capacidades psicológicas. Si sumamos a esto el hecho de que compartimos aproximadamente el 99% de material genético con estos (es decir, somos tan parientes de los chimpancés como lo son los ratones de las ratas), parece evidente que el tiempo de separación a partir de nuestro ancestro común se hace insuficiente para que solamente los procesos de evolución biológica (variación genética y selección natural) hayan dado lugar a las habilidades mentales gracias a las cuales los humanos hoy en día creamos y mantenemos nuestras tecnologías, instituciones y representaciones simbólicas. Además, esta posibilidad se hace aún más escasa cuando realmente la mayoría de las capacidades mentales que nos caracterizan surgieron hace solamente 250.000 años, es decir, en un tiempo ínfimo en relación al tiempo evolutivo-biológico que se necesitaría para crearlas. Si dejamos de lado las explicaciones metafísicas de intervenciones extraterrestres y divinas hay un solo mecanismo biológico capaz de desarrollar semejantes cambios de conducta y de pensamiento en un período tan breve, el mecanismo de “transmisión cultural”.

Si bien para los científicos que tienen una aproximación biológica al estudio del comportamiento cualquier tipo de aprendizaje social en sí mismo es sinónimo de cultura, para otros con una aproximación más “psicológica”, el término de cultura quedaría reservado a la especie humana, aunque reconocen otras formas de aprendizaje social que, con diferente grado de complejidad, se dan en otras especies, además de en la humana. Los mecanismos de aprendizaje social particulares a través de los cuales llega a originarse y extenderse, por ejemplo, la practica del lavado de batatas o cómo se accede a las termitasvan a determinar la rapidez y solidez con la que una determinada “tradición” arraigará en un grupo, perdurará y mejorará con el tiempo.

Podemos hablar de diferentes formas de aprendizaje social, cada una de ellas con diferente grado tanto de complejidad como de eficacia en la adquisición del conocimiento. La exposición, aprendizaje por proximidad física al estímulo o a la situación, podría ser la que explica, por ejemplo, el lavado de batatas realizado por los macacos (alguien acompaña a otro en el momento del lavado, exponiéndose al agua, y a la batata). La intensificación del estímulo, aprendizaje por la atracción por los objetos con los que otros interactúan, podría explicar el uso de varillas para sacar las termitas una vez que se ha observado el comportamiento, o el cascado de nueces de los chimpancés. La mímica, muchas veces mal entendida como la imitación, que implica la copia o reproducción del patrón conductual, ya sean sonidos o movimientos corporales, explicaría el sorprendente comportamiento de la lira.

Y finalmente, la verdadera imitación, entendida no sólo como la reproducción de la conducta, sino la persecución del objetivo, y por ende, la comprensión del mismo, sería el mecanismo por excelencia para el desarrollo y mantenimiento de la “cultura”. Y es que esta tan a veces despreciada capacidad y que parece en principio “poco inteligente” (baste como ejemplo, la expresión “imita como un mono”) no es tan despreciable, siendo considerada por algunos como el verdadero motor de la cultura y no tan presente, como parecía, en otras especies animales.

Son muchos los estudios científicos en los que se ha abordado el tema de la imitación en animales y si bien, aunque los resultados no están exentos de controversias, se ha documentado en algunas especies de primates y en otras especies como en delfines, parece que no ocurre de forma tan natural y generalizada como ocurre en el ser humano. Mientras que los niños desde muy temprana edad tienden de una forma “impulsiva” a reproducir el comportamiento de los demás, a “imitar“ a otros en la consecución de sus objetivos, esto no se da de forma tan espontánea en nuestros parientes más cercanos. Los chimpancés, por ejemplo, tienden a ser mucho más “creativos” a la hora de encontrar los medios para obtener algo que han visto conseguir a otro. Digamos que mientras los niños tienden a reproducir fielmente el patrón de conductas que llevó a otro a obtener una recompensa, los chimpancés persiguen la recompensa “a su manera”, quizá por una falta de atención en el patrón motor y una focalización hacia los resultados de la conducta.

Lo que permite la imitación es algo realmente eficiente: aprender de los otros sin necesidad de tener que reproducir todo el proceso desde el comienzo. Los productos culturales humanos no fueron inventados de una vez y para siempre por un individuo o un grupo de individuos en un momento determinado, sino que son productos acumulativos: primero se inventó una versión que fue adoptada y luego modificada o mejorada por otros individuos, que a su vez adoptaron la modificación y volvieron a mejorarla y así sucesivamente de generación en generación. Además, el trabajo en grupo (aprendizaje colaborativo) propio de la especie humana, permite generar productos fruto de una mente colectiva que no habrían surgido de una mente individual. Gracias a este proceso acumulativo, basado en una transmisión social fiel (por la capacidad de imitación) que impide el retroceso, el llamado efecto de “trinquete”, no tenemos que inventar la rueda una y otra vez para poder conducir un coche, ni el papiro para poder terminar escribiendo en un ordenador. Nuestra evolución cultural “acumulativa” es quizás una de las características más importantes de nuestra cultura y que nos diferencia de las demás especies. Así que, y curiosamente, la gran diferencia con los demás animales que poseen tradiciones culturales no radica en el componente “creativo” a la hora de resolver los problemas, sino más bien se encuentra en el componente “estabilizador” que permite la imitación y que posibilita acumular las modificaciones que con el paso del tiempo experimentan nuestros artefactos y tradiciones culturales, lo que posibilita la mejora de generación en generación.

Además de la imitación, nuestra dependencia de la cultura se manifiesta también en algo que está presente en cualquier grupo cultural humano y que, por el contrario, se da en raras ocasiones, y controvertidas, en el reino animal: la enseñanza activa. Los humanos “enseñamos” activamente a nuestros semejantes, tenemos profesores e instituciones educativas para transmitir nuestros conocimientos culturales a los nuevos integrantes de la comunidad.

Así las formas que caracterizan y podríamos decir que son exclusivas del aprendizaje social humano además del aprendizaje imitativo (con genuina imitación, es decir mímica más copia de objetivos), son el aprendizaje impartido (enseñanza) y el aprendizaje colaborativo (en grupo). Pero, ¿qué ha hecho posible el surgimiento de estas formas exclusivas o quasi-exclusivas de la especie humana? Aunque no es algo resuelto, para algunos la clave reside en un tipo particular de inteligencia social: la comprensión de que los otros miembros de nuestra especie son seres semejantes a nosotros mismos, seres que tienen una vida intencional y mental como la nuestra. Esta comprensión nos permite desde muy temprana edad, alrededor de los 9 meses de edad, ponernos en el lugar mental de otra persona, por lo que podemos aprender no solo “del otro” si no “a través” del otro. Así que podría ser que lo que realmente caracteriza a la cultura humana de los demás ejemplos de transmisión cultural encontrados en otros animales y el mecanismo que catapultó a la cultura humana por sobre las demás, sea la adaptación biológica para leer las intenciones de los demás y, por ende, aprender “a través” de los demás, permitiéndonos absorber la cultura del mundo en el que nacemos.

De esta forma, la cognición humana sería fruto de la cultura en la que nacemos, al mismo tiempo que la cultura resulta ser el producto de nuestras capacidades cognitivas particulares. La doble herencia, genética y cultural tienen su máximo exponente en la especie humana, hasta tal punto de que para nosotros, la reproducción y trascendencia cultural es tanto o más importante que la reproducción biológica, pudiendo incluso elegir no tener descendencia o sacrificar nuestra vida en pro de una idea, conocimiento o valores culturales, como lo han demostrado innumerables veces destacados científicos, filósofos y religiosos, entre otros. Y es que como dijo Konrad Lorenz, uno de los padres del estudio del comportamiento animal, “los humanos somos seres culturales por naturaleza”.

Animales Culturales I

De lo animal, lo humano y lo divino ∼ por José Fco Zamorano Abramson. Psicólogo y músico. Doctorado en comportamiento animal (Etología)

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