Por Pedro Pablo Rodríguez (Colaborador de Prensa Latina)
La Habana.- (PL) El periódico fue, sin dudas, su gran vehículo expresivo. La mayor parte de sus escritos tuvo ese destino, y aunque la posteridad lo ha reconocido con justeza como uno de los grandes poetas de la lengua, sus contemporáneos supieron de él, le admiraron y asimilaron una nueva escritura gracias a sus textos periodísticos.
Fue el periodista total, ese que cualquier periódico no dejaría escapar jamás de su redacción. Publicó artículos, crónicas, editoriales, críticas, reseñas, sueltos y gacetillas: ningún género escapó a su versátil interés.
Comunicador por excelencia, convertía cuanto saber asimilaba y cuanta idea le surgía en información para la prensa. Su plenitud profesional lo llevó a ser editor, y supo mucho y bien de armar publicaciones, en contenido y en forma: le agradaba diseñar la página, redactar titulares, planear el uso del espacio y el balance entre textos y gráficas.
Como director de publicaciones demostró sus capacidades para adquirir colaboradores, para ganarse su público de lectores, y hasta para orientar una efectiva política de distribución. La imprenta le atrapaba con los ruidos de las máquinas, con su olor a tinta, con la textura del papel en resmas.
Muy joven se estrenó en el periódico: a los 15 años de edad publicaba en El Diablo Cojuelo, cuyo único número circuló en enero de 1869 con un texto suyo. Durante su primera deportación a España ocasionalmente escribió para al prensa, pero fue en México donde entró por la puerta ancha de la redacción.
Hizo de todo en la Revista Universal, un diario que apoyaba las reformas liberales y en el que colaboraba buena parte de la intelectualidad mexicana de la época. Desde sus páginas afrontó los problemas del país que le acogía, defendió el derecho de los cubanos a pelear por la independencia, siguió los debates parlamentarios, reseñó la vida teatral y enjuició libros y cuadros. Siempre, hasta en los más humildes sueltos informativos, ejerció la opinión con responsabilidad y altura.
El Socialista, un periódico obrero, y el diario El Federalista también le abrieron sus espacios varias veces. Publicó tanto en los periódicos mexicanos que sus escritos cubren tres tomos de la edición crítica de sus Obras completas actualmente en ejecución.
Luego intentó tener su propio periódico. Anunció en 1878 su Revista Guatemalteca, que nunca apareció en aquella nación centroamericana, y en 1881 salieron en Caracas dos números de su Revista Venezolana, interrumpida ante la orden del presidente venezolano para que abandonase el país al negarse Martí a complacer sus indicaciones editoriales.
En ambos casos expresó sus propósitos de contribuir a la difusión y al avance de los pueblos latinoamericanos, y a promover entre ellos el conocimiento de las tecnologías, la ciencia y las ideas de Europa y de Estados Unidos que, a su juicio, pudieran ser útiles a la que ya llamaba nuestra América.
Las «Escenas norteamericanas» (subtítulo).
Fracasada en Cuba la Guerra Chiquita de 1878-1879, de la que Martí fuera uno de sus líderes en la conspiración y entre los emigrados, se estableció en Nueva York. Durante sus primeros tiempos en la ciudad publicó en el diario The Sun y en el semanario The Hour artículos que escribía en francés para ser traducidos luego al inglés.
Artes y letras, asuntos políticos y costumbres españolas fueron sus temas, en los que demostró sus probadas cualidades de crítico y su amenidad como costumbrista, aunque resalta especialmente la serie de tres textos con sus impresiones acerca de Estados Unidos, en los que demuestra desde su arribo al Norte en 1880 su conocimiento y rechazo a lo que calificó como la metalización de aquella sociedad. Desde esa perspectiva escribió entre 1881 y 1892 sus famosas «Escenas norteamericanas», con las que pretendía conscientemente convencer a sus lectores hispanoamericanos de que Estados Unidos no debía ser el modelo a seguir y que ese vecino, además, resultaba un peligro para la soberanía de nuestra América, mediante un vasto panorama de la actualidad estadounidense, de sus hombres más diversos, de sus problemas.
Un crítico norteamericano, inteligente conocedor de esas «Escenas», ha dicho que luego del famoso libro de Alexis de Tocqueville sobre Estados Unidos -en el que en 1835 el francés ya advertía sobre su futuro poderío expansionista-, estas crónicas martianas constituyen el más extenso, profundo, abarcador y comprensivo examen escrito por un extranjero acerca de los Estados Unidos de la época industrial y de formación de los monopolios.
En aquellos años 80 del siglo XIX -la «edad de oro», como la llaman los norteamericanos- cuando la república del Norte se convirtió en una emergente potencia económica, con crecientes intereses expansionistas hacia el sur del continente y hacia el Océano Pacífico en nombre de la libertad; cuando el país recibía oleadas de inmigrantes europeos esperanzados en mejorar su nivel de vida y cuando las intensas luchas obreras hicieron comprender que el problema social moderno también había llegado allí; cuando los portentos tecnológicos y su aplicación en gran escala parecían encontrar su mejor terreno en esa nación; Martí maduraba su personalidad y su pensamiento en medio y como parte de ese proceso de análisis acerca de Estados Unidos que iba recogiendo en sus «Escenas norteamericanas».
Pasan de trescientas las crónicas que enviara para La Opinión Nacional, de Caracas; La Nación, de Buenos Aires; El Partido Liberal, de México; y La República, de Honduras. La mayoría de ellas fueron para el diario mexicano y el bonaerense, ambos de reconocido prestigio más allá de sus fronteras nacionales. Aún hoy no sabemos con toda exactitud para cuántos otros periódicos enviaba sus textos, aunque ya se acerca a la veintena aquellos que reproducían sus escritos a menudo.
Fue esa prosa la que conmovió a Hispanoamérica, la que hizo comprender a muchos de sus lectores que se abría una nueva época para las letras en lengua española. A pesar de estar sometidas a las urgencias del periodismo y a la censura frecuente de sus editores, esas crónicas evidencian la maduración literaria martiana. Hoy nos permiten, desde luego, conocer la fundamentación de su pensamiento antimperialista; pero las disfrutamos más como piezas literarias que como textos informativos.
El estilo martiano de plenitud se despliega en ellas: la severidad y la gracia de los clásicos latinos y españoles junto a la luminosidad impresionista y el colorido de los parnasianos, la más castiza palabra unida a los abundantes y osados neologismos, el encabalgamiento torrencial de ideas al lado de la frase breve y agitada como la vida moderna, la singular puntuación que tensa a la coma, al punto y coma, y a los dos puntos.
La arquitectura de los textos, bien asentada en la información y el análisis, maneja la emoción y el sentimiento del lector; en la descripción es un maestro, pero en los diálogos y en la narración manifiesta Martí su peculiar poderío literario: no le fueron ajenos ni el monólogo interior ni el corte cinematográfico.
Cuando editó Patria, el periódico con el que movilizó a los cubanos para la guerra libertadora entre 1892 y 1895, incorporó muchos de esos recursos a aquel periodismo político de agitación y propaganda. Como en La América, el mensuario neoyorquino que dirigiera en 1884, expresó también sus ideas acerca de Estados Unidos y llamó a la unidad solidaria de nuestra América, al igual que escribía en La Ofrenda de Oro y El Economista Americano, impresos en la misma urbe.
Y en La Edad de Oro, su periódico mensual para niños, entregó páginas inolvidables para promover los mejores valores humanos y la universalidad de la especie humana.
Merecerían trabajo aparte, desde luego, sus notas para la «Sección constante» de La Opinión Nacional, de Caracas, y su sección «En casa», para Patria. Ejemplo de periodismo informativo mínimo ambas: la primera para difundir y enjuiciar las noticias de los más diversos campos de Europa y Estados Unidos que consideraba útiles para los hispanoamericanos; la segunda, de crónica social patriótica acerca de la emigración cubana.
En una carta dijo que colaboraría para La Nación, de Buenos Aires, «como si escribiera para mi propia familia». Quizás en esa cercana filiación que se propuso esté el secreto de por qué aún hoy nos atrapa el periodista José Martí.
rmh/ag/ppr
*Historidador cubano, investigador del Centro de Estudios Martianos.
Premio Nacional de Ciencias Sociales 2009.
