Ya hace algún tiempo escribí una columna en este diario que titulé “El sentido de la democracia universitaria”, buscando dar respuesta a interrogantes como, ¿Es la sociedad universitaria idéntica a la sociedad política? ¿Se pueden trasladar a ella mecánicamente, algunas formas y prácticas que se presentan en la segunda?Y en ese artículo me sumaba a la tesis de connotados estudiosos del tema que consideran que “…..La universidad difiere de la sociedad política, en aspectos fundamentales. El fin de la sociedad política es procurar el bien común. La sociedad le asigna a la universidad el objetivo específico de cultivar y trasmitir el conocimiento avanzado en el área de las ciencias, las artes y las humanidades; de crear conocimiento nuevo, profundizar las ideas, de modo que enriquezcan el saber y la cultura universales y contribuyan a la movilidad social y a la difusión del conocimiento. En la sociedad política la soberanía reside en el pueblo, en la universidad la soberanía reside en sus académicos”.En el contexto del proceso democrático que se desarrolla en la Universidad Popular del Cesar para renovar la representación de estudiantes, profesores y egresados en los distintos órganos colegiados de la institución (Consejos Superior, Académico y de Facultades) no está demás tener en cuenta esas diferencias. Nada de espectáculos grotescos o de derroche de recursos para lograr el favor de un electorado que por la propia esencia de la universidad debería definirse en función de las propuestas de desarrollo académico del claustro y no de dádivas, prebendas o discursos veintejulieros, llenos de mucha forma pero ilíquidos de contenido. Y eso es claro para la actual administración de la universidad en cabeza del administrador de empresas Jesualdo Hernández Mieles. Por eso, dentro de las actividades a desarrollar, las labores proselitistas sólo están previstas en un corto período de 15 días hábiles desde el 5 hasta el 23 del mes en curso, concentradas básicamente en la realización de cuatro foros (3 en Valledupar y 1 en Aguachica) donde los candidatos tendrán la oportunidad de presentar y defender sus respectivas propuestas. A la par de ello, y como caso excepcional que no se daba desde el 2004, la comunidad académica ha sentido que tiene todas las garantías para participar en el proceso sin el temor a represalias futuras. Para sólo poner el ejemplo de las elecciones al Consejo Superior, por los estudiantes se inscribieron 9 listas, por los docentes 6, por los egresados 8 y por las directivas académicas 3. Léase bien, 3 planchas por las directivas académicas, instanciadonde históricamente se inscribía una sola: la que contaba con el aval del rector titular de turno. El actual ejecutivo de la UPC lo ha expresado públicamente en varias oportunidades: lo importante no es parecer, sino ser un practicante acérrimo de la democracia participativa. Entender, como lo ha reiterado la Corte Constitucional en sendas sentencias que la autonomía universitaria reside principalmente en sus estamentos básicos y que la mejor herramienta para ejercerla de manera responsable es precisamente el estímulo a la participación de los académicos en los asuntos que tienen que ver con el desarrollo institucional. Atrás deben quedar los pasquines insultantes, las camisetas marcadas con eslóganes que nada dicen, las caravanas ruidosas con trenes y papayeras, la contaminación visual de afiches, pasacalles y calcomanías, para dar paso a un debate serio, sereno, cualificador y clarificante sobre el presente y el porvenir universitario. Y eso, por una sencilla razón: la academia es a la politiquería, como el agua es al aceite; no se mezclan.
*Raúl Bermúdez Márquez/El Pilón rauberma@ryahoo.comAcademia y politiquería: agua y aceite

