Por: José Atuesta Mindiola*
En los hilos del tiempo se teje la vida. Las madejas comienzan a entrelazarse con los colores candorosos de la infancia y los dorados paisajes juveniles del amor y de los sueños; prosiguen los radiantes colores del regocijo y las victorias, que en instantes se diluyen en el gris penumbroso de la tristeza y las derrotas. Así es la vida, un tejido de hilos brillantes y oscuros; pero la fortaleza del alma, el temor a Dios y el apego a las acciones del bien, resaltan la luminosidad de los colores. Desde esta mirada, podemos afirmar que Rafael López fue un hombre luminoso. Su arnés era: para el hogar, la ternura y el humor a flor de piel; para el trabajo, la responsabilidad; para la amistad, el solidario abrazo de compinche. En la liturgia de despedida de sus restos mortales, el pasado 16 de mayo, el sacerdote Alfredo Guerra, en la Catedral del Rosario, dijo: “La muerte no tiene la última palabra; si así fuera, no valdría la pena vivir. La última palabra la tiene Dios”. Sabias palabras del presbítero, para entender que la vida humana no termina en el cementerio. La vida terrenal de Rafael López, en sus 86 años, deja sempiternos recuerdos en el corazón de sus hijos, nietos, familiares, amigos y en la historia de Mariangola. Rafael López nació en Villanueva en 1926, y cuando apenas cumplía la edad de ciudadano llega como trabajador a la Zona de Carretera en Mariangola (1948); allí conoce a Teotiste Vázquez Díaz, una de las doncellas más hermosas del caserío, nacida en Valledupar pero llegaba con sus hermanas a pasar temporadas en la casa de sus padres: Juan Vázquez y Natalia Díaz, quienes con sus hijos mayores tenían una pequeña hacienda ganadera. Rafael se deslumbra ante la belleza de Teotiste, y pronto reciben la bendición en matrimonio. Esta joven familia proyecta su visión progresista: ponen en servicio el primer carro para el transporte pasajeros y cargas hacia Valledupar; compran cosechas de maíz; organizan una tienda, y para hacerle competencia a la miscelánea y salón de baile de Cipriano Acuña, compran un tocadiscos con una gigante bocina metálica para ofrecer la venta de cerveza. Además, él incursiona en la construcción: hizo varias casas para vender, de las cuales la más recordada por su arquitectura moderna es la primera casa de material en la margen derecha de la carreta, que en obra gris fue vendida al antioqueño Ovidio Cardona, quien la transformó en negocio multifuncional: tienda, sala de cine y caseta de baile. Esta feliz pareja tuvo tres hijos: Alfonso, Omar y Deisy. Entre ellos se ha destacado Alfonso López, el mayor, orgulloso mariangolero que guarda en su memoria el perfume rosado de las cerezas, la verde sinfonía de las sabanas y las alboradas musicales de la fiesta del Santo Cristo. Hoy es un apreciable abogado en uso de buen retiro oficial, después de haber sido secretario de gobierno y de educación del departamento, registrador departamental, concejal de Valledupar y diputado del Cesar.
DECIMAS A RAFAEL LOPEZ
Un juvenil forastero
a Mariangola llegó
y por amor se quedó
en suelo mariangolero,
este joven villanuevero:
Rafael López, su nombre,
trabajador de renombre
y elegante para el chiste;
su bella esposa Teotiste
premia sus virtudes de hombre.
II
Y de este feliz hogar,
un abogado eminente,
con nombre de presidente
y vive en Valledupar;
se los voy a recordar
es un hombre distinguido,
López Vásquez su apellido
y lleva por nombre Alfonso,
quien hoy eleva un responso
por su padre fallecido.
JOSE ATUESTA MENDIOLA
*José Atuesta Mindiola/EL TINAJERO/El Pilón
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