Contra todos los pronósticos, el Plan de Desarrollo “Bogotá Humana” 2012-2015- del alcalde Gustavo Petro fue aprobado por el Concejo Distrital de la capital colombiana con una abrumadora mayoría de 36 votos a favor, 8 en contra y una abstención. El Plan contempla tres objetivos como articuladores de la política pública: 1. Combatir la segregación social y construir una ciudad incluyente, digna y con equidad, con oportunidades de trabajo digno para todas y todos, que no discrimine a los pobres, que trate por igual a mujeres y jóvenes, que respete la diversidad cultural, racial y de orientación sexual, que abarate los bienes básicos, que universalice la salud, la educación de calidad, la cultura, el deporte y que apoye la economía popular. 2. Construir una ciudad que no deprede la naturaleza, revitalizada, con espacios públicos y amplia movilidad: Una ciudad que conciba el agua como eje articulador del desarrollo, que no invada ni erosione los cerros y páramos tutelares, que recupere los ríos y los armonice con la vida de la ciudad, que privilegie a los seres humanos frente a los carros, que haga fluir sus arterias vitales y el desarrollo humano. 3. Combatir la corrupción y la inseguridad, profundizando la democracia con participación y poder ciudadano y convertir así la administración de Bogotá en ejemplo de transparencia en la gestión de los bienes públicos aplicando los principios de planeación y presupuestos participativos, en un combate frontal al carrusel de la contratación, las mafias y el crimen organizado.
El Plan tendrá un costo de 61 billones de pesos en sus cuatro años de ejecución, suma que como algún analista puntualizó es el cheque más grande que se haya extendido a mandatario alguno en la historia de Bogotá. Como bien lo reconoce el equipo estructurador del Plan, éste no es novedoso porque proponga la ciudad densa y compacta. El cambio sustantivo que impulsa la administración Petro tiene dos componentes centrales: primero, la densificación se hará sin segregación y, segundo, la densificación será verde. Se aparta su estrategia del curso que han seguido las megalópolis latinoamericanas y asiáticas que se han extendido arrasando el territorio y destruyendo el medio ambiente.
“Las ciudades en el mundo moderno son el hogar que habitamos, y deben estar construidas para que el ser humano pueda desarrollar todo su potencial, tanto individual como colectivo” dice un aparte de la justificación del Plan. Muchos sectores tienen prevenciones contra la figura de Petro porque no le perdonan su militancia en el movimiento insurgente M-19, surgido como consecuencia del gigantesco fraude electoral del 19 de abril de 1970, que llevó a la presidencia a Misael Pastrana Borrero. Lo que no podrán negar esos sectores es que estamos ante una propuesta coherente y profundamente humana que se nutre de la corriente renacentista que contribuyeron a formar connotados cultores de ese movimiento intelectual, filosófico y cultural de la Europa de los siglos XIV y XV, como Dante Alighieri, Francesco Petrarca o Giovanni Boccaccio. Las consideraciones realizadas en el documento del Plan que reivindican el antropocentrismo -el bienestar y desarrollo del ser humano en armonía con la naturaleza como primera prioridad de gobierno-, parecen extraídas de los rasgos distintivos de esa corriente universal. Por esa característica, es que al país en general le convendría que a la administración Petro le vaya bien. Sería un triunfo del hombre sobre el desarrollismo que tiene como premisa básica, el desarrollo a costa de lo que sea: hasta del derecho de las generaciones futuras a disfrutar de un ambiente sano y sustentable.
Superado el primer arroyito de la aprobación del Plan, el desafío del caribeño que gobierna a Bogotá, es mucho mayor: cumplir las metas que se traza. Eso lo tendrá que hacer, como dice el maestro Escalona en una de sus últimas canciones, “cruzando llanuras, atravesando ríos, venciendo amarguras, temblando de frío”.
*Raúl Bermúdez Márquez|El Pilón
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