Por: Luis Napoleón de Armas P./El Pilón

“Prefiero una paz con errores a una guerra con éxitos”.Vladdo
Nada le han dejado las guerras a las naciones ni al mundo, a menos que sean desolación, rencores, sangre y dolor. De ellas solo se han beneficiado sus promotores, los historiadores,  las industrias de armas y cinematográficas. Ningún país podrá decir que para construir riqueza tuvo que hacer una guerra, a menos que sean las de liberación forzosa. A la Roma de hoy no la engrandece su imperio guerrero sino su renacimiento cuyas obras aún podemos apreciar; a Francia no la empoderaron sus guerras sino su revolución de ideas y sus investigadores y pensadores; su legado, “los derechos del hombre”, la matriz de todas las democracias del mundo, pesan más que sus guerras napoleónicas; la Gran Bretaña no es lo que es por su imperio sino por sus científicos que encumbran; del vasto imperio avasallador de España no quedan sino los textos de historia. Alemania pagó caro su poco común ímpetu belicoso;  50 millones de muertos en la segunda guerra mundial, no sirvieron para abonar la tierra. No valió la pena; de esa arrogancia solo han quedado los íconos criminales que atentaron contra pueblos y naciones.Nada le aportaron a la humanidad ni Alejandro, ni Aníbal, ni Atila, ni César, ni Darío, los guerreros más connotados pero los políticos más equivocados. Dicen que las guerras surgen por la incapacidad de los Estados para resolver sus problemas, políticamente. Ahí está retratada Colombia. Sus primeros 50 años como república transcurrieron entre conflictos fratricidas. La guerra de los mil días, tres añitos, se proyectaron hasta entrada la segunda mitad del siglo XIX; la pérdida de Panamá, que aún lloramos, le extirpó a Colombia ese brazo geopolítico que dividía dos océanos. El Frente Nacional no trajo la paz sino que la enmascaró, permitiéndole solo a dos partidos, repartirse el ponqué. Fue un fracaso. Desde entonces tenemos guerrilla, y paramilitares después, que cooptaron un gran sector de la clase política y una amplia franja de la estructura básica del Estado.Transversalmente, apareció el narcotráfico que, en un círculo perverso, se retroalimenta con los grupos armados en una división poco perceptible. Las guerras ayudan a mantener el statu quo, son una distracción para mantener las ventajas económicas. Las guerras y el narcotráfico son los negocios más lucrativos del mundo; por eso tienen tantos defensores que habitan fuera y dentro de los gobiernos. No son la mayoría pero tienen demasiado poder para impedir cualquier esfuerzo de paz porque el día que esta llegue, desaparecerán por sustracción de materia. La paz les preocupa. Los guerreristas son grandes sofistas que aprovechan la ignorancia de los pueblos; son fundamentalistas, se creen dueños de la verdad y de la razón. Pero su accionar es recordado como un entuerto de la historia. Más recordamos a López Pumarejo, con su revolución en marcha, que nos legó el concepto de lo social como un derecho, que a Turbay Ayala con su Estatuto de Seguridad (léase inseguridad) que trajo persecuciones, vejámenes y humillaciones. El nobél García Márquez tuvo que exiliarse porque pensar diferente al gobierno era delito. También, Enrique Santos Calderón, hermano del actual presidente, que de izquierdista nada tiene, tuvo dificultades. No hay que tenerle miedo a la iniciación de un proceso de paz, no importa cuántas veces se haya sucumbido ante el intento; las guerras comienzan fácilmente y con cualquier pretexto, pero terminarlas es una hazaña, los argumentos deberán ser bien pensados y equilibrados. La guerra nuestra, de medio siglo, hay que terminarla ya, negociando. Si fuera fácil acabarla militarmente, ya lo habrían hecho. EE.UU, con su inmenso poderío, no pudo vencer al Vietcom, en un territorio apto para el invasor; el campo de batalla eran las arroceras del Vietnam. La tesis de que para negociar con la guerrilla hay que derrotarla primero, es insostenible; después de vencer, nada hay que negociar. Este es un clásico sofisma de distracción. Lo malo de los guerreristas, es que ellos no ponen ni la sangre ni la plata. Esta es una posición cínica, cómoda y criminal. Y los mismos que tributaron honores a los “para” en el Congreso y los recibieron en la casa de “Nari”, ahora se rasgan las vestiduras. ¡Hipócritas! Suerte para Santos, ha disparado un bumerang.

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