DESDE LA BARRERA

Por: Gustavo Rodríguez Gómez*

En la pasada entrega se analizó la trascendencia de La Ilustración en las revoluciones de Europa y América en los siglos XVIII y XIX y su ulterior efecto en la Revolución Bolchevique, a comienzos del siglo XX.

Pues bien, como quiera que, quien pierde el poder del cual ha gozado y ha abusado a cabalidad, no se contenta con pasar a convertirse en huérfano de la potestad de mandar y ser obedecido sumisamente, llegará un momento en que también se rebelará contra el statu quo; insurrección a la cual lo ayudarán los nuevos amos con su mal gobierno, propiciando así el deterioro de la insurgencia. La Historia está llena de ejemplos.

El ocaso.- Porque así como en la Historia, todo efecto tiene su causa, también en ella los eventos son cíclicos. Entonces, se encuentra que a todo absolutismo –con su ola represiva a cuestas– le sigue una rebelión, para que ésta más adelante le dé paso a la represión, que dará inicio a un nuevo ciclo. Porque los que ayer fueron súbditos, y hoy son amos, terminan cayendo en los vicios absolutistas que combatieron en el pasado. Y los antiguos amos, que en tanto lo fueron amasaron incalculables fortunas, se parapetan para reconquistar el poder perdido recurriendo a sus propios métodos de insurgencia.

Y como estos últimos siempre han tenido su carne de cañón dentro de sus dóciles siervos –pues esta clase, en verdad, nunca desapareció– para poder enfrentarla a los defensores –extraídos también de la clase ignorante– que les permita a los nuevos amos conseguir el triunfo o aceptar la derrota sin exponer su nueva sangre azul. Tal como lo han hecho desde siempre los que nunca han dejado de considerarse nobles.

Por eso, tenemos que durante los últimos doscientos treinta años, la humanidad, que se engolosina con expresiones tales como libertad, igualdad y democracia –pues la fraternidad nunca fructificó– ha vivido sufriendo guerra tras guerra, opresión tras opresión, y lo único que consigue es cambiar de amo; pues los siervos siguen siendo vasallos y los de arriba, que hoy son los salvadores y adalides de la libertad –y como tales luchan contra la insurgencia del momento– mañana son prófugos de la justicia, mientras se reponen del golpe y vuelven a las mismas y guerrean, hasta conseguir recuperar el poder y volver a buscar ser patrones de todos, aunque de sus partidarios nunca dejaron de serlo.

Entonces, la insurgencia se convierte en una mera palabra, que se usa como denuesto cuando se está en el poder y como reivindicación cuando se le pierde.

Mientras tanto, los peones de esta lucha, sacados siempre de entre la gleba, terminan por dedicarse a algo parecido a lo que los amos del momento les enseñaron a hacer: portar armas y utilizarlas –casi siempre, para defenestrar– pues, a la larga, lo que les importa es el fin, el medio sólo es un camino. Hoy servirán para entronizar al amo en el poder, mañana para ayudar a traficar cualquier cosa, mientras que aquél escudriña la mejor forma de poder alzarse con la potestad de manejar el erario perdido, el cual se convierte en un botín de guerra. ¡Y es que, al final, todo ha sido –y seguirá siendo– una pugna en pos del presupuesto!

Por eso, la insurgencia que nació como una necesidad para acabar con la injusticia social, hoy es solamente una moneda de cambio; que la utiliza el que ha perdido el poder, pero que la combatirá cuando lo reconquiste.

Entonces, dentro de esa fatalidad cíclica, el pobre sigue siendo siervo, no deja de pertenecer a la gleba; entre tanto, el rico sigue vinculado a la nobleza, así esté en el poder o se encuentre viudo de él o purgando en una cárcel los crímenes que cometió cuando era amo –aunque no haya halado personalmente del gatillo– y que seguirá cometiendo con tal de volver a serlo.

*Gustavo Rodríguez Gómez
grg1939@yahoo.com