Por: Imelda Daza Cotes/El Pilón

Los procesos electorales, considerados un pilar fundamental de la democracia, se han convertido en eventos más parecidos a festines mercantiles que a jornadas políticas para escoger libremente los mandatarios. En las campañas proselitistas resultan más importantes las imágenes, los colores y la música que las ideas y propuestas de los candidatos. La ideología y el debate no importan mucho, se reemplazan por slogans, frases y símbolos vacíos de contenido, dicen muy poco, pero son efectivos para manipular una opinión despolitizada, generalmente apática y que se deja guiar por simplezas. Todo esto desvirtúa y debilita la democracia; es un fenómeno bastante extendido y preocupante porque en un mundo interconectado e interdependiente los resultados electorales tienen un efecto-demostración amplio entre  países, es decir, las preferencias electorales de un país como EEUU inciden notoriamente en el resto del mundo.

El proceso de paz en Colombia depende bastante de lo que ocurra en Estados Unidos y en Venezuela en las elecciones de los próximos días. Los actuales presidentes de estos países, ambos aspirantes a la reelección e ideológicamente opuestos, son potencialmente influyentes en el desarrollo de las negociaciones que pronto comenzarán en Oslo. Por eso conviene seguir con atención estos procesos

En Estados Unidos la campaña electoral más costosa de la historia está en la recta final. Los dos candidatos, Barack Obama por el partido demócrata y  Mitt Romney por los republicanos se disputan un electorado al que intentan atraer con avisos publicitarios y programas de radio y televisión que, más que explicar los contenidos de los programas propuestos por uno u otro, lo que hacen es desdibujar las diferencias para facilitar la seducción sin reflexión. De hecho hay discrepancias entre las propuestas demócratas y las republicanas, pero no son fundamentales; los primeros, con Obama, se muestran más incluyentes y pluralistas y proponen ciertas reformas sociales urgentes; Romney es un ultraconservador dispuesto a impulsar la industria de las armas y por ende, las guerras. Cualquiera que sea el elegido estará comprometido con los 47 multimillonarios -comerciantes de armas, empresarios petroleros, banqueros, hoteleros y magnates de casinos- que han financiado buena parte de las campañas de ambos partidos. Son muchos los que dicen que la campaña en EEUU tiene olor a pólvora, cosa que no conviene para nada a Colombia. Es decir, nos iría peor con un presidente republicano

El voto de los venezolanos también afecta a Colombia. Chávez es un protagonista externo de la política colombiana. En Venezuela está en juego no sólo la presidencia de ese país sino mucho del futuro de Latinoamérica. Como sea, Chávez y el movimiento social que lidera, sumado al de otros países cercanos han rediseñado el mapa político de la región que hoy es vista con interés y esperanza por quienes, en occidente, soportan una aguda crisis económica generada por las políticas neoliberales, diseñadas en el Consenso de Washington; desde otros lados, los países latinoamericanos son vistos como potenciales socios estratégicos en la lucha por romper  las ataduras con los poderosos del norte. Venezuela es un puntal importante en la lucha contra los abusos del capitalismo avasallador. De ahí que el resultado electoral del próximo domingo sea de interés mundial. Es necesario comprender esto. El combate en Venezuela es más que electoral. El carácter antiimperialista del partido mayoritario PSUV lo posiciona como una fuerza de alcance internacional, por eso la derecha continental no se mide en recursos ni en esfuerzos a la hora de respaldar a la MUD y ha logrado convocar a sus copartidarios en otros países; los “videlistas” argentinos y la ultraderecha colombiana los han apoyado. Están en su derecho. Así es el juego democrático La derecha no se enreda en disputas inútiles como hace la izquierda y no es descabellado creer en sus planes desestabilizadores para provocar en Venezuela una intervención estilo Libia o Siria y acabar con la ilusión revolucionaria de los bolivarianos venezolanos.
En muy pocas ocasiones se ha reflejado tan claramente una lucha ideológica entre izquierda y derecha como ocurre ahora en Venezuela. Para Colombia el triunfo de Chávez significaría contar con un mediador que conoce nuestros problemas y por eso brindaría confianza en el difícil proceso de negociación del fin del conflicto. Esperemos que prevalezcan la sensatez y la solidaridad del pueblo venezolano dispuesto a cambiar definitivamente el rumbo de su historia y el de Latinoamérica.