Por Hugo Rius Blein

Hanoi, 30 dic (PL) Los vietnamitas celebraron con legítimo orgullo y júbilo el 30 de diciembre, en el que hace 40 años su cielo quedó para siempre despejado de bombarderos estadounidenses tras 12 infernales días y noches consecutivas.

Desde el Pentágono había partido la orden de concluir la llamada operación Linebacker II ante el fracaso en alcanzar el objetivo de doblegar a Vietnam, para imponerle condiciones en una guerra cuyo curso la resistencia patriótica del país ya había trazado.

En un desesperado intento por eludir el previsible desenlace, Estados Unidos movilizó 197 aviones estratégicos B-52 y mil 77 más de otros tipos, para golpear duramente la capital, y al decir del entonces presidente Richard Nixon, «retrotraerlos a la edad de piedra».

Durante la postrera agresión Hanoi recibió el 40 por ciento de las 100 mil toneladas esparcidas contra el norte del país, causando mil 318 muertes y la destrucción de dos mil viviendas.

Con lo que nunca Washington contó entre sus cálculos fue con la inspiración, inteligencia y creatividad de la dirección política de Vietnam y de sus experimentados mandos militares, herederos de incontables batallas frente al colonialismo francés, y la ocupación japonesa, y fogueados además en la lucha contra la agresión de la principal potencia mundial.

Por estos días de conmemoraciones, sellados la víspera en solemne ceremonia presidida por los principales dirigentes de la nación, participantes de aquella épica volvieron a rememorar los acontecimientos históricos, como imperecederos mensajes a las generaciones siguientes.

Tampoco imaginaron los autores de Leinebacker II que los expertos vietnamitas llevaban tiempo dedicados a estudiar las vulnerabilidades de los B-52, desde casi el inicio de la agresión, cuando el presidente Ho Chi Minh instó a hacerlo, pronosticando que el desenlace del conflicto sería en Hanoi.

Pero también introdujeron modificaciones en las baterías de Sam-2, de fabricación soviética, y elaboraron tácticas defensivas flexibles y certeras como los disparos anticipados de las antiáereas en áreas de concentración y el entrenamiento en el despegue de Migs en pistas cortas alternativas si los principales aerodromos habían sido bombardeados.

Así se explica en buena medida que del 18 al 30 de diciembre de 1972 las unidades de combate de la ciudad derribaran 81 aviones agresores, y entre ellas 34 de las llamadas fortalezas voladoras B-52, como el número de pilotos capturados.

El primero de estos últimos fue Robert Certain, en la noche misma del 18, que al cabo de las décadas transcurridas lo recuerda a un corresponsal de la Voz de Vietnam en Washington, describiendo la indignación de los campesinos en el campo de arroz donde lo encontraron, y la protección de las autoridades.

Convertido tres años después en sacerdote, relata aún la crisis moral por la que atravesó, al igual que decenas de miles de compatriotas por participar en una guerra que causó tantas muertes y destrucciones.

Incontables testimonios vívidos de aquella proeza se han puesto de relieve en encuentros de veteranos, libros, documentales, programas especiales en medios audiovisuales, exposiciones y otras actividades se llevaron a cabo en todo el país a lo largo del mes.

Una de tantas muestras de ingeniosidad salió a la luz pública al remozarse y abrirse el acceso al refugio subterráneo, desde donde los altos mandos militares, con el legendario general Vo Guyen Giap al frente, impartían las órdenes para vencer al enemigo.

A prueba de ataque nuclear, en un espacio de apenas 40 metros cuadrados, se ocultó bajo las ruinas de un departamento de comunicaciones derribado a propósito, cuya imagen de destrucción hacía que los pilotos lo observaran con desdén.

Reafirmándose los vaticinios de Ho Chi Minh, el aquí bautizado simbólicamente de «Dien Bien Phu en el cielo», obligó a Estados Unidos a retornar a la mesa de negociaciones en París, donde Vietnam libró una brillante batalla diplomática que concluyó con un acuerdo de paz en 1973, y la retirada de las fuerzas de ocupación.

En Hanoi se había escenificado el principio del final de una página ignominiosa de la historia de la potencia imperial, que abrió el camino hacia la consecución del destino de Vietnam, escrito después en la liberación de todo su territorio en Saigón, en 1975, y la reunificación, reconstrucción y desarrollo de una patria mil veces más hermosa, como vislumbraba Ho Chi Minh bajo las bombas.