Jose-atuesta-mindiolaPor José Atuesta Mindiola

  Detrás de cada ser humano anda la muerte, se oculta debajo de los pies, viaja silenciosa en el interior del cuerpo, se aprisiona en las ranuras de la piel, se atrinchera en las llantas de un automóvil, se amanguala en las manos de los violentos. Nadie sabe la hora de su estocada final; pero es una realidad evidente. La vida y la muerte se complementan. La vida es materia y espíritu. La naturaleza física del ser es mortal, la carne se transforma se polvo. El espíritu es inmortal, sale del cuerpo y habita en el celeste Reino de Dios.

La vida es un eterno embellecimiento de la muerte. Un ser humano temeroso de Dios, justo, decente y amoroso, conserva en su alma un jardín de bondades que a cada instante embellece su vida y por ende está embelleciendo su muerte.

Mientras haya vida la muerte está presente. Siempre la partida de un familiar es un hecho lamentable y doloroso, si es de manera natural se siente resignación que se fortalece con el poder de la oración; pero produce rabia e inconformidad, cuando una mano perversa y criminal le quita la vida a un ser humano.

De las muertes naturales recientes en Valledupar, hubo tres muy cercanas a mis afectos:Irina Libeth Pérez Díaz, una joven Ingeniera Industrial, elegante, alegre, de buena salud, hija de los docentes chiriguaneros, Adelfa Díaz y Emigdio Pérez, y de pronto, de manera inesperada un aneurisma cerebral la sumerge en el sueño eterno.

Claudino Villero Suárez, un patriarca raizal de la tierra de Los Tupes, que dedicó su vida a las faenas del campo y alcanzó el reconocimiento de hacendado; pero su mayor fortuna fue de ser un hombre servicial, de respeto y admirado por sus familiares, amigos y paisanos. En la curva de los noventa calendarios nos dijo adiós.

Manuel Palencia Caratt (nacido en Barranquilla), fue un autodidacta en el conocimiento de la historia de Colombia, insigne misionero de la pedagogía de la lectura, paradigma de la cultura ciudadana y del buen uso de la gramática castellana. Los que lo conocíamos en Valledupar lo llamamos maestro, profesor, pero el mejor título del que siempre se hizo merecedor fue el de buena persona y de caballero en sus expresiones. Su gran maestro era su hermano mayor, Luis Felipe Palencia Caratt, escritor, periodista y educador, en su columna en El Heraldo, “Periodismo idiomático” daba cátedra del idioma español. Laparca silente se lo llevó para siempre al campo sagrado, después de 95 años permanencia terrenal (12 de enero de 2012). Y pequeña coincidencia, Manuel murió el 19 de enero de 2013. Antes, se había marchado Julio Cesar, hermano menor, también escritor y entre sus obras, el libro de cuentos “Los hijos de la noche”.

De esta estirpe de hombres de letras de los Palencia Caratt, aún sobrevive en Valledupar el doctor Ernesto, abogado, presidente fundador de la Academia de Historia del Cesar y autor del libro “Evocaciones históricas del Cesar o la Quimera del retorno”.

El maestro Manuel poseía el gracejo del buen humor, una anécdota o un chiste fino regalaba a la fiesta de la risa. Además, tenía memoria de lucero, para recordar fechas, nombres y episodios de acontecimientos en la historia de Colombia y la historia universal. La poesía fue una de sus pasiones favoritas, en varias ocasiones tuve la oportunidad de escucharle recitar el poema de Porfirio Barba Jacob “Canción de la vida profunda”.Manuel se fue sopesando el peso de los años y en sus largos momentos de reflexiones repetía el verso del poeta Julio Flores: Algo se muere en mí todos los días.