Conservar los recuerdos del país y ofrecer una visión de lo que fuimos, es la labor de la fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.Foto Orlando Amador
No es de extrañar que los recuerdos mueran cuando pasa el tiempo ¿Qué será de las memorias cuando ya no quede quien las guarde?
Se perderán en el callejón oscuro de un clóset, pudriéndose sus secretos en la atmósfera de una bodega desahuciada, muertas en cualquier desastre de la más calamitosa naturaleza. Al final la historia depende tanto de nosotros para no perderse como dependemos nosotros de ella para saber quiénes somos.
Asomados a la ventana de los registros históricos de una época, viajar en el tiempo parece estar al alcance de la mano, en este sentido – aun sabiendo que los viajes temporales son casi imposibles – podría decirse que la labor de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano es transgredir las leyes de la física.
Con una colección de más de 200 mil archivos históricos representados en películas aficionadas y profesionales, material casero, grabaciones institucionales, transmisiones de noticieros, entre otro gran etcétera de variedades y rarezas, la fundación, dirigida por Myriam Garzón, es la memoria de Colombia en todo sentido, pues cada filme conserva – y reproduce – la visión, el color y la voz del desarrollo del país año por año, cambio por cambio.
Entre el pasado y el presente, Myriam habla de la labor que esta entidad privada, sin ánimo de lucro, lleva realizando por casi 25 años “No solo guardamos material cinematográfico, hemos pasado por todo tipo de formatos: U-matic de tres cuartos, 35mm, el mismo 8mm y en la actualidad el formato digital; los jóvenes graban y crean cosas que en algún momento serán la memoria audiovisual de Colombia, y conservar eso es nuestro deber”.
Tiene claro el valor de cada una de estas grabaciones, “en una película no solo se registra una obra de ficción, se registran las costumbres y la vida cotidiana del país” manifiestos de la ideología de toda una época y, en algunos casos, del vanguardismo más puro, como aquella que la trajo a Barranquilla en esta ocasión, la ‘María’ de Enrique Grau.
Myriam Garzón junto a Heriberto Fiorillo durante la presentación de la película restaurada, de Enrique Grau, en la Fundación la Cueva el pasado 13 de junio.
De la larga lista de adaptaciones cinematográficas de la obra literaria de Jorge Isaacs, representativa del romanticismo en Colombia, la de Enrique Grau destaca no solo por su guión poco convencional, sino también por el devenir desafortunado que vivió la cinta antes de ser restaurada.
“El carrete original nos lo donó el mismo Grau en vida, en cinta de 8mm, un formato muy difícil de trabajar. Viendo el deterioro que tenía empezamos a buscar otros originales, así descubrimos que Alberto López, quien realizó la producción del filme junto a Enrique, tenía otro rollo”.
Hasta ahí llega la historia de ese otro rollo, pues, cuando lograron contactar con la persona que conservaba dichos recuerdos filmográficos, descubrieron que ya habían fallecido bajo las aguas, en una inundación.
Sin embargo no todo estaba perdido. Con ayuda de Henry Laguado (director del Festival de Cine de Bogotá, y gran amigo en vida del difunto Enrique Grau) se hicieron con una copia que este guardaba en formato U-matic y pudieron empezar el proceso de restauración; el de la cinta de tres cuartos en Bogotá y el de la de 8mm en la Cinemateca Vasca de Bilbao.
El testimonio material de las tendencias creativas que rondaban la mente de aquel artista cartagenero durante los años 60, recordado más por sus pinturas que por sus atrevidas incursiones en el cine, tardó casi un año en ser restaurado y duplicado por completo. “Recurrimos a un arduo proceso de edición, comparamos materiales y unimos cuanto fue necesario, finalmente solo se perdieron unos cinco minutos de película” asegura Myriam.
Aquel capítulo en la historia del cine colombiano, presentado el pasado jueves 13 de junio en La Cueva, es solo una anécdota más en la labor que dirige Miryam Garzón, un recuerdo anexado a la memoria nacional. En la actualidad el patrimonio fílmico que maneja esta fundación se guarda en cinco bóvedas ubicadas en la carrera 45 con calle 26 de Bogotá, en plena avenida El Dorado, y podría llegar el día en que no diera abasto.
La labor de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano –aunque a veces desapercibida– define más de nosotros que lo que podríamos aventurar; si Napoleón no erraba al afirmar que “una cabeza sin memoria es como una fortaleza sin guarnición” entonces ¿qué sería de un país cuando ya no pueda recordar?
Por Rafael Pabón/El Heraldo
