CONSUELO ARAUJONOGUERAHoy se conmemorará el natalicio de la ex ministra de Cultura y principal gestora del Festival de la Leyenda Vallenata, Consuelo Araujonoguera, hija de Santander Araujo y Blanca Noguera.

Nació en Valledupar el jueves 1° de agosto de 1940. Fue la menor de una familia de nueve hermanos y madre de seis hijos. Ejerció como presidenta ejecutiva de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata’, columnista del diario El Espectador y autora de varios libros sobre la cultura vallenata.

La opinión pública nacional la recuerda por la columna ‘La Carta Vallenata’ en el diario El Espectador, en donde comentaba, con un estilo sencillo y controvertido, los principales acontecimientos de la región y del país. Allí laboró sin pausa por más de veintidós años, como periodista y columnista.

En 1968, junto con el ex presidente Alfonso López Michelsen, el maestro Rafael Escalona Martínez y otras prestantes personas, crearon el Festival de la Leyenda Vallenata, que con el paso del tiempo se transformó en el certamen folclórico más importante de Colombia hasta llegar por ley a constituirse en Patrimonio Cultural de la Nación.

‘La Cacica’ fue clave para que hoy la música vallenata sea conocida en todo el mundo y para que el baile del pilón tuviera el auge que logró al ser incluido en la inauguración del Festival de la Leyenda Vallenata.

Hoy, Consuelo Araujonoguera cumpliría 73 años, pero la violencia el sábado 29 de septiembre de 2001, la separó de los suyos dejando, como dice la canción que más le gustaba, “Una honda herida”.

En la lápida de su tumba se volverá a leer su epitafio: “Aquí yace Consuelo Araujonoguera, de pié como vivió su vida” y además se recordará la frase escrita por el periodista Juan Gossaín: “Consuelo es irrepetible. A ella, como dicen los campesinos de mi tierra, la parieron y después rompieron el molde”.

 

Consuelo Araujonoguera, la precursora del vallenato

Dije alguna vez, en vida de Consuelo Araujonoguera, que había sido una arqueóloga. Me parecía que su tarea había sido la de desenterrar restos de la crónica del vallenato, que permanecían sepultados bajo la lápida del olvido. Se seguía transmitiendo, de boca en boca, la vieja historia de Francisco el Hombre y de su duelo con el demonio, cuando lo derrotó en la competencia de acordeón, en la que le tocó el Credo al revés. Era todo. Inclusive, se indagaba a quién había correspondido aquel nombre legendario. Y, más aún, en qué época había desempeñado su histórico papel de precursor del vallenato.

Los unos lo situaban en la noche de los tiempos cuando el acordeón fue inventado a comienzos del siglo XIX y debió llegar a Colombia a fines del siglo. Otros lo situaban en el ocaso del penúltimo siglo, pero, hasta donde van mis informaciones, yo lo sitúo en los veinte primeros años del pasado siglo. Lo más erudito al respecto son las palabras de Alfonso De La Espriella, en su historia de la

música colombiana, y, desde luego, del propio Rafael Escalona, cuando de retrasar los orígenes de la música que se conoce como el vallenato se trata.

Consuelo fue la persona que divulgó a los cuatro vientos este recordatorio, gracias a sus aptitudes literarias y a los contactos que tenía con toda la clase dirigente colombiana.

Algo que nunca se ha registrado, hasta donde van mis lecturas y recuerdos, fue el papel que desempeñó la casa de Consuelo, entonces de Molina, escala obligada para las gentes prominentes de Colombia y del extranjero que llegaban a Valledupar, desde obispos y generales, gerentes de bancos y empresarios privados, hasta los más impenitentes bohemios.

Eran sensibilidades que querían empaparse del sabor a Valledupar, que iba difundiéndose, año tras año, hasta los más remotos confines de Colombia.

Fue así como los más conspicuos elementos de la llamada «generación del Estado de sitio», Jaime García Parra, Fabio Lozano Simonelli, Hernando Zuleta Holguín, Miguel Santamaría Dávila y Rafael Rivas, conocieron de primera mano ese foco de intelectualidad que fuera la casa de Hernando y Consuelo y departieron con lo más granado de la cultura vallenata, a la sombra generosa del alero de la casona que fuera de doña Concepción Loperena de Fernández de Castro.

Pero no eran sólo los bogotanos quienes animaban la tertulia. Recuerdo a Miguel Facio Lince, a Álvaro Cepeda Samudio, a Jorge Child y a Cecilia Porras, su mujer, los Samper Gnecco, los Dangond Uribe, y a muchos otros que teníamos entronques familiares en la Ciudad de los Santos Reyes, y, en destacadísimo lugar, a Gabriel García Márquez, que nunca desmintió de su ancestro vallenato y cobijó con el prestigio de su nombre a toda la región.

Entre los supérstites de aquellas reuniones, quién no evoca a la prestigiosa Cacica, quien, con su señorío, hizo de su hogar un ejemplo de hospitalidad sin límites, a donde llegaban, aún sin conocerla, los forasteros.

He dicho una arqueóloga, pero sería como aplicarles ese calificativo a los evangelistas, porque quien difundió por el mundo la Vallenatología fue Consuelo, a través de sus obras y, principalmente, de su columna en El Espectador. De esta suerte, lo que era apenas sentido, adquirió carácter orgánico, empezando por el vocabulario propio de la región.

Yo le había pedido, para mi ingreso a la Academia de la Lengua, que me ayudara a reconstruir el lenguaje popular de La Provincia, tan rico en remembranzas castellanas, que ya se habían perdido en otras partes del país, y ella se comprometió de tal manera en la tarea que acabó haciendo un libro, El Lexicón, con todos los decires, sustantivos, adjetivos y verbos de la región, que solamente el pueblo raso de Valledupar entendía.

Su tarea más importante, que muchos han seguido sin arrebatarle su carácter de precursora, fue la de ordenar, para conocimiento de los aficionados al folclor, los distintos aires a través de los cuales se expresa el vallenato: el son, el paseo, el merengue, la puya, con las diversas modalidades que adquieren, según las regiones de La Provincia, desde Chimichagua hasta Barrancas, en La Guajira. Algo que me recuerda el verso de: «Alguien me dijo de dónde es usted, que toca tan bonito esa parranda», porque no es lo mismo el vallenato del norte que el vallenato bajero o el vallenato de las sabanas de Bolívar.

Alguien decía, con razón, que el vallenato no es una música autóctona, como podría serlo el tango en la Argentina y la ranchera en México, sino que es un vehículo para expresar los sentimientos de una región de Colombia, cabalgando sobre los aires propios del Caribe, como son los que he mencionado.

La conclusión sería que es más la letra que la música lo que es originalmente colombiano en las canciones vallenatas, en las que, gracias a la conjunción de sus tres instrumentos clásicos, proyectan su carácter singular: el acordeón, que lleva la melodía con su nota europeizante; la guacharaca, que regula la armonía con su nota aborigen, y la caja, instrumento de percusión de origen africano, que regula el ritmo.

Consuelo analizó con minucia todos estos elementos y así fue, poco a poco, clasificando la música vernácula hasta construir todo un tratado de aquellos aires que conocemos como el vallenato.

Para quienes seguimos a lo largo de los años la trayectoria literaria de Consuelo, es inexplicable que no hubiera escrito una gran novela. Contaba con todos los elementos de la imaginación vallenata para concebirla y desarrollarla. Por qué no se comprometió nunca en un relato de ficción a fondo, cuando la ficción y la realidad siempre están tan próximas a la orilla del río Guatapurí? Prueba incontrastable de su narrativa es el cuento corto que lleva por título Yo sí sabía, que la hizo acreedora al premio del mejor cuento colombiano, en su tiempo.

Estas cinco cuartillas magistrales me hacen pensar que si hubiera vivido hasta la ancianidad, o escrito desde el más allá, hubiera podido exclamar, como el memorialista de Santa Helena: «Quel roman que ma vie!» (Qué novela fue mi vida!).

Su recio carácter la enfrentó contra el mundo desde la infancia, hasta morir sacrificada, a más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, por un villano, en una helada mañana del año 2001.

Había coronado su vida con una unión feliz, que le permitió alcanzar la serenidad que todos anhelamos.

eltiempo.com
28 de abril de 2002
Autor: NULLVALUE