VALLEDUPAR (262)Julio Oñate Martínez

El paso inexorable y a veces desalmado del tiempo se va llevando los mejores años de nuestras vidas, haciéndonos meditar si, realmente tuvo razón Jorge Manrique, el notable poeta español cuando nos dijo: “Todo tiempo pasado fue mejor” en el poema que escribió a la muerte de su padre.

Parece que hubiese sido ayer, pues aun recuerdo con mínimos detalles aquellas noches de bohemia, varias décadas atrás, cuando en el portal de la casa de Carmen y Tin Montero, “El Trio malanga” interpretaba boleros con la ternura de los Panchos, o Bambino Ustariz rítmicamente con entonaba algo de “Los Matamoros”. Seguidamente y absortos por completo escuchábamos a Jaime Molina, cuando después de llevarnos al espacio sideral de su imaginación, anunciaba sin rodeos: y ahora Gustavo Gutiérrez con su concertina, que melancólicamente dialogaba con la melódica que corto tiempo tocó Freddy Molina. Contertulios y noveleros disfrutábamos con inmenso placer, inclusive con los tímidos arpegios que José Jorge Arregocés le arrancaba a su guitarra, cuando tocaba “La Piragua”.

Ninguna residencia del viejo Valle vio desfilar, tantos y tantos juglares del acordeón y la guitarra como la de los Pavajeau. Se podría escribir el historial parrandero del Vallenato recogiendo las epopeyas vividas en el patio del Dr. Roberto alentadas por sus tres mosqueteros “El Yio”, “El Turco” y Darío. Glorias del ayer como “Chico” y Mauricio Bolaño, Juan Muñoz, “Efraín Hernández, Fermín Pitre, Dionisio Martínez y prácticamente todos los buenos acordeoneros que surgieron después de ellos hoy son recreados por la memoria prodigiosa del turco y los recuerdos atesorados por Darío.

Caso aparte tiene la casona del Dr. Hernando Molina donde antes y después de creado el Festival Vallenato se dieron allí históricas parrandas, pero vividas en el ambiente elitista y político que generaban personalidades y gobernantes, casi siempre procedentes de la capital del país.

El maestro Escalona y el precioso Leandro brillaron intensamente en cualquiera de estos escenarios con la distinción que sus méritos les otorgaron.

Agobiados por el paso y el peso de los años “El Turco” y Darío delegaron en el esplendido Fremoca la custodia del ambiente parrandero de La plaza mayor, misión que este cumplió a cabalidad, llegando a ser un referente para los que venían de afuera o pa’ los dueños de la casa.Insuperable anfitrión, trató siempre de aferrarse a nuestros rasgos ancestrales que se perdían en la noche de los tiempos. Para fechas especiales Freddy convocaba en su patio centenario secundado por Gonzalo Mejía y Juancho Calderón a lo mas rancio de nuestra expresión musical; el acordeón de Lucho Castilla, el repique de “Cosita” el viejo, el saxofón del Kike Villa y rescatando las colitas, el bombo de “Tito” Mindiola, el redoblante de “Chide” Sarmiento y las maracas del “Saso”, además de un arqueológico Casette de “Jike” Cabas.

La absurda e inesperada partida de Freddy, deja sin guardián La plaza mayor, allí sigue la tertulia de Romoca, pero no esta Fremoca, es, el paso desalmado de los años.

El Pilón