GiomarGiomar Lucía Guerra Bonillabolivar_digital

..Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en la gloria, grande en el infortunio, grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes, y grande para sobrellevar, en el abandono y en la muerte, la trágica expiación de la grandeza…”( Bolívar José Enrique Rodó, Uruguay).

Reconocidos historiadores han abordado la vida del Libertador. Con modestia deseo resaltar la fecha de la muerte  Simón  José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta. y rememorar algunas ideas sobre el  pensamiento bolivariano. Un abanico de diversidad y pluralidad que nunca perderá vigencia. Una caminata integracionista a paso lento y otra a pasos agigantados recorre a América Latina   tras la recuperación de la memoria y el legado del Libertador, búsqueda y práctica de su pensamiento en el ámbito educativo “ un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”, el debate democrático no el regreso a la inquisición, la justicia, equidad, autenticidad derivada de la diversidad cultural y étnica y en especial de la integración latinoamericana: “la unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino”.como lo dijo en el discurso de Angostura,  ideas que reafirma en 1826 en el Congreso Anfictiónico.

No es fácil hacer aquí una condensación del pensamiento bolivariano, por amplio y complejo traducido en cartas, proclamas, decretos, amenazas, traiciones, amoríos, una prosa abundante, como no la han tenido intelectuales en el reposo del trabajo, pues, sabemos que la vida de Bolívar es un ejemplo de reflexión y acción que deben ser fuente  permanente de consulta y Como afirmó José Martí: «Lo que Bolívar no hizo está por hacerse en América todavía”.

La hamaca del Libertador cuenta su historia 

Ésta es una de las manifestaciones de la americanidad  en el Libertador, uno de los legados visible y pintoresco del mundo criollo donde están sus más hondas raíces. En momentos de descanso y después de extenuantes faenas cae bien un café caliente y los cuentos que mitigan las penas y el cansancio, en él balanceados por su poderosa comprensión del instinto del llanero a caballo, del andino de ruana, del boga de los grandes ríos. Había sabido macerar lo europeo en la vigilia de la hamaca criolla. En esos instantes propicios, el Libertador escucha uno a uno a sus oficiales hablar de las heridas sufridas en combate en un alarde de heroísmo.  Estos quedan perplejos cuando él se acerca pausadamente al fuego y sin mediar palabras se quita la camisa; su piel virgen de heridas resplandece ante la luz fulgurante, limpia, sana y sin rasguño.

Les relata que en 1818 ordena acampar a media noche en la Sabana del Hato El Ricón de los Toros. Morillo  en complicidad con algunos oficiales logra penetrar al campamento patriota, dirigiéndose directamente a las hamacas colgadas sobre los árboles donde se sabía dormía el Libertador… a quema ropa disparan sus fusiles, una y otra vez, mueren en sus hamacas el capellán, y los coroneles Fernando Galindo y Mateo Salcedo,  quienes dormían  justo al lado de Bolívar. L a hamaca del Libertador recibió cuatro disparos certeros que milagrosamente no dieron en su humanidad.  Este era el séptimo atentado perpetrado para acabar con su vida en menos de dos años.

En Jamaica “… determiné mudar de alojamiento… salí con el negro Andrés… resolví aquella misma noche encargar a mi negro de llevarme allí la hamaca limpia, mis pistolas y mi espada, el negro cumplió mis órdenes sin hablar con nadie… entonces despertó a mi negro Pío o Piíto y éste tomó la tinaja para ir a llenarla, mientras tanto el sueño se apoderaba de Amestoy que había ido a saludarme, se acostó en mi hamaca que estaba colgada. El negro Andrés salió a la calle y corrió a mi alojamiento, la turbación de Pío me hizo entrar en sospechas; le hice dos o tres  preguntas y quedé convencido de que él era el asesino.  Al día siguiente confesó su crimen y que  había sido encargado por un español para quitarme la vida (Luís Perú de Lacroix – El Atentado de Jamaica)

Arturo Uslar Prieti, afirma que  en una de las vitrinas del Museo Bolivariano de Caracas hay una vieja hamaca desflecada, con los colores que fueron vivos ya desteñidos por el uso y el tiempo.  Es una de las hamacas que Bolívar usó durante largos años de inagotables campañas de andanzas sin tregua, que se tejió y retejió  con el hilo del destino por entre las selvas, cumbres, ciénagas y llanuras, desde la boca del Orinoco hasta las riveras del Titicaca.

No tuvo otro lecho durante los tiempos difíciles y agitados.  Era su cama, su silla de trabajo: mientras se mecía y se levantaba sin cesar, dictaba cartas, mensajes y disponía operaciones.  Se tendía en ella a dormir un breve sueño con muchas interrupciones. Algunos europeos no entendieron ese uso de la hamaca por Bolívar, les parecía que era señal de inferioridad y barbarie.  La hamaca era el lecho del negro y del indio, heredada por el criollo y por el hombre del pueblo como cama y sillón. Él se hace el supremo intérprete del alma criolla en trance de creación. Nadie caló más hondo en la naturaleza de su pueblo y miró con más anticipación los peligros del porvenir para que la América hispana se organizara como un todo. Ya desde 1813 habla de la necesidad de unir a la Nueva Granada y Venezuela. Más tarde se lanza a la empresa de convocar el Congreso de Panamá de 1826 para establecer una organización americana que pudiera ser el punto de partida de una organización internacional ecuménica.

Es considerado por sus acciones e ideas el «Hombre de América,» “El Hombre de las dificultades” y una destacada figura de la Historia Universal

Para quienes no comprenden el sentido y simbolismo de la hamaca, les ha resultado difícil entender las ideas de tan extraordinario personaje, quien aprendió a usarla y amarla en su hogar.  Los esclavos e indígenas que le enseñaron su uso, debieron trasmitirle los más vivos valores tradicionales de la cultura popular, que en su espíritu se mezcló con la otra tradición igualmente viva: la europea, Quienes solo valoran esta última nunca podrán entenderlo. Hay que mirar aquella hamaca que siempre lo acompañó; tejida por manos mestizas, legado de lo más viejo y lo más hondo de la tierra  y de las gentes que en él nació para encarnar.

 En su  destino final a Santa Marta, después de un largo y penoso viaje por el Río Magdalena, abandonado por sus amigos, “… Bolívar y Carreño cuentan las siete mil ochocientas ochenta y dos estrellas en la cubierta del barco que los lleva al destino final… entonces el General abandonó la hamaca y lo vio tendido bocarriba en la proa, más despierto que nunca, con el torso desnudo cruzado de  cicatrices enmarañadas y contando las estrellas …” (G.G. Márquez El General en su Laberinto).

Él decepcionado de tanto luchar, dijo «…Los tres grandes majaderos de la historia hemos sido: Jesucristo, Don Quijote… y Yo.”