marconiEn el 66, comenzando el mes de marzo, vino García Márquez como jurado al Festival del Cine en Cartagena. No había terminado de escribir aun “Cien Años de Soledad” y queriendo tomarse un refresco mental nada mejor para esto que una parranda con acordeón, lo que a la vez le serviría para ver como andaba el vallenato, después de su larga estadía en México.
Finalizando el festival invitó al grupo de Barranquilla con Cepeda Samudio al frente quien dispuso un buen pertrecho de cerveza gracias a la buena posición que mantenía en la Cervecería Águila.
La parranda sería en la casa de unos parientes en Aracataca durante los días 17 y 18 del citado mes y con el siguiente marconigrama dirigido a Darío Pavejau, y Jaime Molina, invitó a sus queridos amigos de Valledupar.
García Márquez envió un telegrama a Darío Pavajeau solicitándole que se hiciera un festival vallenato en Aracataca, esto fue dos años antes de que se creara el festival en Valledupar.
Claramente podemos observar que la invitación fue para celebrar un festival vallenato en Aracataca, dos años antes de que naciera el de Valledupar.
Es sabido de todos que comenzando el 78, el Doctro López Michelsen, Doña Mirian Pupo, el maestro Escalona y la señora Consuelo Araújo, coincidieron en meterle acordeón a la fiesta de la Virgen organizando un concurso de acordeones, pero en ese momento ninguno de ellos tenía en la mente la idea de un Festival Vallenato, figura que según afirmaciones de Darío Pavajau tomó fuerza a partir del segundo evento en el 79.
Es entonces indiscutible que fue García Márquez el gestor de la magna fiesta de acordeones que hoy conoce el mundo entero.
Bien tempranito salieron de Valledupar en la GMC de Darío y en ‘La Jimena’ la camioneta de Escalona, Colacho Mendoza, el cajero Simón Herrera, Adán Montero con su guacharaca y Jaime Molina, pero en El Copey, refunfuñando Jaime se quedó donde el maestro Tobías Enrique Pumarejo, pues su fobia por los viajes largos era inquebrantable y la caravana felizmente llegó a su destino.
En la tropa barranquillera estaban el fotógrafo Kike Scopell, Doña Olga Pachón de Galán, German Vargas, Alfonso Fuenmayer, Gmo Angulo, Daniel Samper Pizano quien fue allí donde se estrenó como cronista. Sin ánimo de competencia en esta celebración desfilaron Luis Enrique Martínez, Colacho Mendoza, Ramón Vargas, Chelo Rojano, y su conjunto San Fernando de Fundación y el compositor Armando Zabaleta.
No podían faltar los Mellos Pérez, los sempiternos y etílicos anfitriones de Aracataca.
Viandas en abundancia y un suculento sancocho de gallina criolla fueron brindados y generosamente rodó el whisky de la época, ‘El Robertico’, con refuerzo de Caballo Blanco, White lebel y Ron Caña.
Empinaron el codo a placer, pero como siempre, Gabo se mantuvo con el natural temple del parrandero nato, que nunca perdió la compostura y jamás se le vio borracho, por mucho que roncaran los bajos del acordeón o florearan los pitos de algún juglar, sencillamente sabía tomar, aunque algunos comentan que mamaba gallo con el trago, siempre meneando el vaso pero cuidándose.
La intención de Gabo por enterarse de lo que estaban haciendo los músicos del vallenato pone de manifiesto, su interés y devoción por nuestra música y el haberla incluido en sus novelas dándole a nuestro folclor una visión universal, convierten a García Márquez en un verdadero y grandioso baluarte que ha logrado llamar la atención de la gente más apartada del planeta, enterándola sobre esta música que mucho tuvo que ver con su historial literario.
Por. Julio Oñate Martínez