
José Atuesta Mindiola*
Fredy González Zubiría es un cronista, fiel a la premisa de que hay que estar en el lugar de los acontecimientos tanto tiempo como sea posible, para conocer mejor la realidad que vamos a narrar; por eso es un atisbador que anda tras la chispa que abrasa la inspiración del canto del vallenato.
Fredy González Zubiría es un joven guajiro, lleno de paciencia y humildad, abre muchas ventanas para soslayar la sombra de la lejanía, y recorre caminos para sentir de cerca el sudor de los personajes y la alquimia de los acontecimientos que motivan a los compositores vallenatos a transformar en canto los sucesos que asombran al corazón. Nos regala ‘Crónicas del Cancionero Vallenato 2’, ya en el 2011 había publicado un libro similar de catorce crónicas sobre personajes y canciones de igual número de compositores, entre ellos: La tragedia del Tite Socarrás de Rafael Escalona, La canción de angustia de Julio Valdeblánquez, La luna de Roberto Calderón y El ángel llamado Lucía de Aurelio Núñez.
El Cancionero vallenato 2, también contiene catorce crónicas (algún enigma tiene el autor con este número). La línea predominante es el amor, con sus facetas de conquista y de olvido. La primera crónica es una estación femenina: Rita Fernández Padilla, la encantadora poeta del mar que vino de Santa Marta a embellecer con la finura de sus versos los cantos vallenatos.
Luego viaja al paisaje de La Malena y Las Sabanas de Patillal, para presentar La Profecía de Fredy Molina en los ‘Tiempos de la Cometa’; a José Alfonso “Chiche” Maestre, el muchacho alegre que canta triste, el romántico de la ensoñación y la sutileza en el verso y la melodía, y José Hernández, el joven compositor que se entregó a la liturgia de la bebida en busca de la felicidad perdida y se proclamó ‘El hijo de Patillal’. En Fernando Meneses ausculta la lírica juvenil de sus momentos de amor.
En la sinfonía azul de gritos de atarrayas y en la rosa que espera del rocío, descubre la poética de Santander Durán. En el espejo de la luna sanjuanera vuelve a llorar Amílcar Calderón. En las cafetales de Villanueva, el resplandor de un gajo de luceros se detiene en el frenesí de una mujer morena que hace cantar a Alberto “Beto” Murgas, y entre luces y sombra, Juan Alberto “Cacha” Escobar celebra los colores del amor; continúa en el territorio guajiro, entre el soleado canto de los cardenales y los cardones adornados de yotojoros, con otros autores: Nelson Fuentes en la historia de un amor, ‘La estapá’ de Fredy Carrillo, los rugidos de ‘La Leona’ de Jesualdo “Tato” Fragoso y El amor de una tragedia de Edgar Florentino Rojas.
Este libro, El Cancionero Vallenato 2 y el anterior, deben ser leídos para conocer con mayor intimidad el origen de las canciones vallenatas. Bien lo afirma, Alberto Salcedo Ramos: “La crónica sirve para ponerle rostro humano a los hechos y para convertir la información en memoria”.
*José Atuesta Mindiola/El Pilón
