Autor: Lucy Lorena Libreros / elpais.com.co

pablo-nerudaPablo Neruda era ya un autor consagrado cuando visitó Cali. El periódico ‘El diario del Pacífico’ publicó un extenso análisis literario de la obra del autor.
Archivo de El País.

Y entonces el poeta olvidó sus propios versos. Parado sobre el escenario del Teatro Municipal, el lunes 6 de septiembre de 1943, la voz pausada y con ritmo de letanía de Pablo Neruda se levantó para declamar su Poema 20 y con él, quizá, su estrofa más celebrada: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”. 

A la altura del cuarto verso, todos los que colmaron el teatro aquella noche quedaron con el recuerdo privilegiado de verlo trastabillar y perder por segundos la memoria. El auditorio intuyó a tiempo su naufragio y enseguida declamó al unísono: …“Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos”…

El resto de la historia puede espiarse con facilidad en la edición del Diario del Pacífico del día siguiente, que la Cali de la época arrebataba, por cinco centavos, de los quioscos de la Carrera 7 para enterarse de una  Europa que seguía cayéndose a pedazos con cada cañonazo de la Segunda Guerra.

En una columna  arrinconada de la tercera página, está narrado con minucia cómo Neruda acabó rendido a las lágrimas con ese gesto del pueblo caleño cuando llegó al camerino, desde  donde alcanzaba a  escuchar los aplausos que aún le tributaban los asistentes, apostados en el lugar desde las 9 de la noche.

Muchos años más tarde, la anécdota terminaría también en ‘Encuentros con Pablo Neruda’, libro del escritor  bogotano Germán Arciniegas, a la postre uno de los mejores amigos del poeta chileno en Colombia. “Aquella noche”, se lee en esa confesión, “me dejó una emoción extraordinaria en la memoria que, sin duda, ha de acompañarme hasta el final de mi tiempo”.

Antes de ese epílogo de antología, Neruda había recitado ‘Farewell’, de su libro ‘Crepusculario’, y los versos de ‘Nuevo Canto a Stalingrado’, que narra bellamente  la  victoria del pueblo soviético sobre la barbarie nazi: “Mi voz estuvo con tus grandes muertos, contra tus propios muros machacados, mi voz sonó como campana y viento mirándote morir, Stalingrado”.

Sobre la media noche, antes de comenzar las líneas del Poema 20, que la gente le pedía a gritos desde las sillas, Neruda “pronunció una conferencia de franca tendencia comunista”, como lo reseñó el periódico El Relator.      

El escritor había llegado a la ciudad con un día de retraso, mucho más robusto, alto y apuesto de lo que los caleños imaginaban y del brazo de una mujer de finas maneras y veinte años mayor, Delia del Carril, —‘La hormiga’, como le decía cariñosamente—, con quien no hacía mucho se había casado en México, tras una larga vida diplomática  en países del Asia como Birmania, India y Singapur y en España, que le dejó una amistad entrañable con García Lorca y las lecciones de la Generación del 27.

Invitado por el Ministerio de Educación del gobierno de Alfonso López Pumarejo, se trataba de la primera visita de Pablo Neruda a Colombia. Y de la primera de un autor de su factura en Cali. Eso explica por qué el domingo anterior una entusiasta comitiva  integrada por periodistas, miembros de la colonia chilena en Cali y el cónsul de ese país se habían desplazado para recibirlo hasta el campo de El Guabito, por entonces un  aeropuerto. Solo al llegar al lugar, se enteraron de que el avión de la aerolínea Panagra que traería a Neruda desde Panamá no había conseguido despegar.

Se prolongaba así, por un día más, la esperada visita. Las boletas del Municipal ya se habían agotado, pese a que desde Bogotá el senador conservador Laureano Gómez lanzaba por radio palabras incendiarias contra el poeta, a quien no solo ‘acusaba’ de “comunista”, sino de “perezoso, inculto, falto de imaginación y de calidad para hacer poesía”.

La historia contará que años después y con Gómez convertido ya en presidente, Neruda contestaría al agravio con la única arma que sabía blandir, la palabra: “Adiós, Laureano, nunca laureado.

Sátrapa triste, rey advenedizo. Adiós, emperador de cuarto piso, antes de tiempo y sin cesar pagado”.

Pero la ofensa del político colombiano poco importó. Neruda, que para 1943 contaba 39 años, aterrizó finalmente en Cali  escoltado por la fama de sus libros ‘Residencia en la tierra’, ‘El hondero entusiasta’, ‘España en el corazón’, ‘Las furias y las penas’ y, claro, ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’.

Se sabía que no pasaría aquí más de una noche en el hotel Columbus. Tener entonces a un escritor de esos quilates era poco menos que un acontecimiento para una ciudad de 28 mil habitantes. El Diario del Pacífico lo reiteró así en las ediciones de los tres días anteriores al arribo del poeta. En una de ellas se celebraba lo que todos, en esa velada del Teatro Municipal, sabían de sobra: “la llegada de un inmenso poeta, figura primordial de toda la poesía americana de estos tiempos. Con Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti, Neruda sostiene el cetro lírico de la actual poesía castellana”.

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Marco Fidel Chaves era para entonces un muchacho flaco y con inquietudes intelectuales, nacido en Puerto Tejada, que no superaba los 18 años y leía con devoción a los Piedracelistas, a De Greiff y a Aurelio Arturo en los descansos de sus clases del Colegio San Luis Gonzaga.

El hombre habita hoy un sitio imposible: un viejo edificio que se levanta a la orilla izquierda de la Calle 13 con Séptima, en el corazón de ese centro caótico y ruidoso de Cali. Su apartamento está en el séptimo piso. Es un lugar que cabe en la mirada; estrecho y abarrotado con los libros, revistas, botellas, plantas, muñecas, cuadros y porcelanas que su amada Ofelia —su mujer desde hace medio siglo— ha atesorado con frenesí junto a los versos del marido.

Sentado en un sillón verde, el poeta echa mano de su memoria sin fisuras para recordar cómo una noche, acompañado de su amigo Arnoldo Palacios —que con el tiempo se convirtió en una de las plumas más brillantes del Chocó— terminó invitado a una velada etílica con “varios intelectuales de la izquierda caleña que habían hecho de Cali un hervidero cultural” y que decidieron  convidar a Neruda al final de su recital en el Municipal.

Advertido erróneamente de que la popularidad había convertido al chileno en un “ser soberbio”,  Marco Fidel vive aún para evocar en cambio a un tipo “jovial, que parecía mirar siempre para todos lados en busca de mujeres bonitas”, y cuya sencillez le alcanzó para terminar la jornada en una especie de caseta del corregimiento de Juanchito, “que ya era desde entonces uno de los atractivos turísticos de la ciudad”.

Allí conversó sobre la admiración que le despertaban autores colombianos como Jorge Isaacs, José Asunción Silva,  José María Vargas Vila  y Guillermo Valencia. Y desde  allí mismo, sentado en una de las mesas —recuerda Fidel— el escritor alcanzó a presenciar la golpiza tremenda que un “negro, tal vez un arenero o pescador, le daba a otro. Con tal fuerza, con tanta violencia, que lo tumbó al suelo”.

Sería esa escena la génesis de un verso nerudiano que apareció luego en ‘Que despierte el leñador’, uno de los poemas con más aliento político del chileno. Un canto doloroso a la guerra en sí misma, a la puerta que, según lamentaba Neruda, había quedado abierta para una nueva guerra mundial: “saldremos de las olas más profundas para clavarte con espinas: saldremos del surco para que la semilla golpee como un puño colombiano”.

Ese mismo día, el poeta partiría rumbo a Bogotá, donde aguardaban por él para que repitiera su recital en el Teatro Colón. Seguiría a Manizales para, tres días más tarde, continuar su recorrido en tren rumbo a Medellín mirando a un costado las aguas del río Cauca. De esa marcha, cuenta el poeta Juan Manuel Roca, quedaron  versos preciosos: “Hoy he venido acompañado del río más humano de América Latina. Me hablaba, me susurraba, me sonreía, me gemía, levantaba sus voces acuáticas y luego se extendía y volvía a serenarse para que sus aguas se volvieran despojo de la tarde”.

Marco Fidel hace una pausa en sus recuerdos, se para de su silla y aletea sus manos entre algunos libros que tiene sobre una mesa para rescatar un manuscrito que ha sobrevivido al tiempo sobre una hoja amarilla.

“Este es el único recuerdo físico que conservo del poeta”, dice. “Lo demás lo llevo en la memoria y de ese lugar las cosas nunca se extravían. Debe ser porque el poeta es, en esencia, un ser que nace viejo. Por eso es que siempre vivimos llenos de recuerdos”.

En el papel se leen las líneas de ‘Bailando con los negros’, en el que a decir del escritor y catedrático Fabio Martínez, Neruda “reconoce la presencia del elemento afro en este continente”:  “…sin negros no respiran los tambores y sin negros no suenan las guitarras”.

Fue lo primero que se le vino a la cabeza al escritor cuando vio a Marco Fidel en la puerta de su habitación del hotel en Manizales donde se hospedó durante la segunda visita que hiciera a Colombia en 1968, solo tres años antes de quedarse con el Nobel.  

A Neruda le costó reconocer  al joven  de ojos saltones que lo había acompañado, tantos años atrás, a orillas del Cauca en una madrugada. Para entonces, Marco Fidel se había convertido en un abogado de la Universidad Externado que había sobrevivido a la muerte de Gaitán y las llamas caóticas del 9 de abril  y en el autor de ‘Oscuro meridiano’, libro que Ofelia ingeniosamente le había hecho llegar al poeta a la recepción de su hotel en Manizales.

Marco Fidel había viajado a la capital caldense con la misión de realizar para este diario una entrevista al  chileno. Pero, a cambio de eso, Neruda prefirió alabar algunos de los versos que había encontrado en su libro y recordar las líneas de ‘Bailando con los negros’, “como una manera de homenajear el color oscuro de mi piel”.

Parte de esa anécdota la recogió el poeta y novelista  José Luis Díaz-Granados en su libro ‘El otro Pablo Neruda’. “Fue un hombre cercano a muchos autores colombianos. Escribió un bello prólogo al libro ‘Fusiles y luceros’, del  antioqueño Carlos Castro Saavedra. Presentó ‘Carrera de la vida’, de Arturo Camacho Ramírez, y un libro del  vallecaucano Marco Fidel Chaves”, cuenta Díaz-Granados.

Cuenta que de Colombia Neruda se llevaría además el insumo de otros versos que poblaron su ‘Canto general’, donde “exalta valores humanos y geográficos de Colombia”, agrega el samario.

…“¿Cómo podías, Colombia oral, saber que tus piedras descalzas, ocultaban una tormenta de oro iracundo; cómo, patria de la esmeralda, ibas a ver que la alhaja de muerte y mar, el fulgor en su escalofrío, escalaría las gargantas de los dinastas invasores?”  

Neruda se guardó consigo la imagen del Tequendama, al que llamó ‘hilo de soledades, línea celeste, flecha de platino’.  Y la historia de Manuela Beltrán y los Comuneros del Socorro, a quienes definió como ‘primeras, pesadas semillas que incuban en la noche hostil, la insurrección de las espigas’.

Pero, para Marco Fidel, Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto se llevó sobretodo y para siempre el recuerdo luminoso de esa madrugada en que aprendió qué tan duro golpea un bendito puño colombiano.