Verla salir envuelta en un atuendo rosado, cantando con una voz diáfana, potente y trémula, resultaba emocionante.
Por muchas razones.  Shakira era en ese instante la colombiana que se pasea por el mundo con estatus de estrella, ovacionada por multitudes en las principales capitales del planeta.

Eso lo entendían muy bien las decenas de miles de almas que colmaron el escenario del Parque Simón Bolívar de Bogotá y que la recibían con euforia y en muchos casos, llanto.

Más que todo aquello, mi mente se desviaba hacia otro mundo, mucho menos afortunado: la barriada de Barranquilla, su caldera social. Pensaba en la transformación que esa chica de 34 años había logrado ejercer sobre tantas vidas que estaban condenadas a la ignorancia y a la exclusión.

Esa fuerza rosada que caminaba entre el público, estrechando manos, mientras cantaba inspiradamente Pienso en ti, no tenía en realidad la más mínima responsabilidad en la miseria de Colombia. Por el contrario, si la música funciona como un paliativo, ya algún aporte había hecho. Pero ella -a pesar de que con su talento bastaba- había decidido transformar su inspiración en impactar vidas, en cambiar los ciclos de ignorancia milenarios a que estaban destinados muchos de los niños de ‘Pies descalzos’.

Pero de eso no se habló en esa noche. En realidad la artista habló muy poco. Se limitó a decir frases algo demagógicas, como aquella de que “no hay como cantar en casa”, y se entregó en cuerpo y alma a cantar con pasión arrolladora, a darle constantemente nuevos aires a su espectáculo para que en ningún instante decayera, a bailar con ánimos joviales y resistencia de atleta, a explorar opciones visuales que incluyeron bailarinas, instrumentos inusuales, pinceladas de rap y al final -en el Waka waka- la participación de los niños de su fundación.

Shakira también trajo sorpresas a la gira ‘Sale el Sol’. La más grande de ellas fue quizá la interpretación del clásico de Metallica Nothing else matters, (Nada más importa). Se trata de una de las más célebres power ballads, baladas feroces con los cuales los grupos rockeros se apartan de su tonelaje habitual para hacer una pausa melosa.

Shakira hizo una versión que jamás convirtió en un melodrama, sin robarle su esencia rockera, y con mucho respeto hacia la original.

Shakira se movió a lo largo y ancho de la gigantesca tarima con su Ciega sordomuda; se deleitó con el solo de violín que dio paso a Ojos así; deslumbró con el baile cuasi-flamenco que le sirvió de prólogo a Gitana; cantó Suerte con un vehemencia tal, que parecía volver a vivir la historia de amor que la inspiró.

Mientras un Antonio de la Rúa, delgado y risueño, se daba un baño de popularidad en los alrededores de la tarima; se cambió a un vestido azul para cantar la balada de su nuevo disco Antes de las seis; volvió a cambiarse, esta vez a una falda hawaiana, para Hips don’t lie; y cerró en tono alto con Waka waka.

Salió ovacionada del Pop Festival, dejando la duda de si Barranquilla debió tener su propio concierto y comprometida a hacer todo lo posible por estar en la inauguración del mundial juvenil de fútbol. Fue un concierto palpitante de principio a fin, luego de una tarde soleada, que hizo juego con el título de su disco.

En la noche no hubo tampoco un asomo de lluvia, aunque la temperatura bajó inusualmente. Pero ella se encargó de calentar el parque, demostrando además por qué es la gran artista de Colombia para el mundo, dejando momentáneamente en silencio las voces corrosivas que la persiguen y reafirmando que su mensaje va acompañado del más eficiente y desinteresado altruismo.

Por Ernesto McCausland Sojo.