“Soy un escritor tardío, y no reconozco influencias, aunque admiro a muchos”.

Por la puerta grande de la literatura, la novela, y sin dejar de lado los elementos de su primer oficio, precisión y rigor, el periodista Sergio Ocampo Madrid debuta como escritor con El hombre que murió en la víspera, en la Feria del Libro de Bogotá, donde el año pasado estuvo con el libro de cuentos A Larissa no le gustaban los escargots.

Llevarle la contraria a lo obvio es una fórmula difícil. Eso es lo que usted hace con el título de su primera novela ‘El hombre que murió la víspera’.

Yo creo que hay varios seres humanos que mueren la víspera, entre otras cosas porque están muertos desde hace tiempo, y no se han dado cuenta. Con respecto del título de mi libro, evidentemente intento jugar con el adagio popular para contar la historia de un hombre, Bruno Valenzuela, cuya fascinación por la muerte lo lleva a olvidar la vida.

Un hombre que sabe demasiado sobre los ritos fúnebres en todo el planeta, sobre la cultura funeraria y las mitologías del más allá en los últimos cinco mil años, pero sabe poco de fútbol, de sexo, de amistad, de los pormenores de la vida de su hijo o de las necesidades de su mujer.

¿Cuáles situaciones, entre literarias y otras, le tocó desafiar para estar ahora entre los novelistas de la Feria del Libro de Bogotá, teniendo en cuenta que sus inicios fueron en el periodismo y que hizo el tránsito con su libro de cuentos ‘A Lasissa no le gustaban los escargots?

Debo reconocer que las cosas no han sido tan difíciles como temía, en parte por el apoyo de mi editorial, Norma, y de la disciplina que traía del periodismo, la cual me ha permitido sentarme en los últimos cinco años a gozarme la escritura de dos libros. En el fondo, lo más difícil sigue siendo tener que ocuparme de varias otras cosas distintas a la literatura para subsistir.

Soy un hombre que ha vivido siempre de su trabajo, y he pasado más de catorce años de mi vida metido en salas de redacción de periódicos. Es imposible hacer diarismo y ser escritor; pero también es imposible dejar de comer y de ser el buen burgués que siempre he sido. Ese tire y afloje entre mi sueño de ser escritor y la realidad de las cuentas por pagar cada mes ha sido lo más complicado de capotear.

En los últimos años he logrado organizar mi vida de modo que quede un tiempo razonable para escribir con cierta periodicidad, y que mis gastos se ajusten a mi realidad de catedrático. Vivir de las letras en Colombia es una quimera. Sin embargo, no concibo mi vida haciendo algo diferente a lo que hago hoy.

Los siete capítulos del libro aparecen titulados en latín, ¿es un guiño a las esferas religiosas, o una alusión a situaciones personales?

Soy un católico desilusionado. Inclusive, creo que soy uno de los pocos colombianos que no se alegran de la beatificación de Juan Pablo II. O sea, guiños para la Iglesia no hay, ni habrá. Dios no me lo permite, y él es mi mánager. El libro está construido con siete capítulos. Los impares juegan con la oración de difuntos, y narran el presente de mi personaje, un antropólogo obsesionado con el tema de la muerte. Los pares juegan con la organización del universo místico de la edad media (Paraíso, Purgatorio e Infierno), que Dante recreó de modo magistral en La divina comedia, y relatan el pasado de mi personaje, para entender por qué es un hombre que está más muerto que vivo.

Sergio Ocampo enfrenta a su personaje Bruno Valenzuela a investigaciones profundas sobre la muerte, pero la que no es producto de violencia urbana o rural. Complejo tema, ¿qué tanto investigó?, ¿cómo lo hizo?

También como herencia del periodismo, debo decir que los dos libros que he escrito hasta hoy tienen abundante investigación. La escritura de El hombre que murió la víspera me obligó a adentrarme en la tradición egipcia (ningún pueblo construyó un andamiaje tan complejo y hermoso sobre el más allá que el egipcio), también el mundo grecolatino está lleno de alegorías muy elaboradas sobre el tránsito hacia la muerte (la barca que pasa al otro lado de la Estigia; Hades, dios del inframundo, etc.), y los pueblos de Oriente tienen unas concepciones muy profundas de lo que viene después de la vida, y el mejor ejemplo es El libro tibetano de los muertos.

Ahora bien, mi libro tiene mucho de eso porque el protagonista es una autoridad mundial en el tema, pero en ningún momento el texto se detiene demasiado en esos tópicos, pues no pretende ser un libro erudito, ni un compendio de escatología. Todas esas alusiones a la cultura funeraria antigua son un pretexto para reforzar la historia y mostrar la gran solvencia de Bruno Valenzuela en el tema.

¿Etapas doradas, temas o cuartillas sin el asomo de la muerte y el dolor, ya pasaron en la literatura colombiana?

Contrario a la mayoría de países latinoamericanos, donde es el Eros (el principio de amor, de creación) el punto de partida de las novelísticas nacionales, en Colombia casi podría ser el Thanatos (el principio destructor) la principal fuente de nuestra narrativa desde hace más de 100 años. Es la herencia de nuestras violencias. Me llama la atención que el tema de la muerte no pasa de moda, y que en los últimos años, sin contar las narconovelas, somos varios los que la estamos recreando con obras como la de Mauricio Bonnet, la de Guido Tamayo, el testimonio de María Jimena Duzán, el necrópolis de Santiago Gamboa.

¿Cuáles son sus motivaciones para hacer literatura en un país donde los índices de lectura son bajos y donde cada vez se requieren más periodistas, y jefes, por supuesto?

La gran motivación para escribir es la necesidad de hacerlo. Es la pulsión obligatoria de crear, de proyectarse en el mundo por medio de la palabra. Me gusta la experiencia de escribir porque me hace reír, me hace llorar, me hace desesperar, me hace gravitar en un mundo que es solo mío. Y todo por la ilusión de producir eso mismo en algún lector y cambiarle la vida, así sea por unos segundos. De otra parte, creo que Colombia necesita más escritores, más artistas, y menos, muchos menos matones.

Aprendizaje y reflexión ha dicho usted que han sido las herramientas en su tránsito del periodismo a la literatura. ¿En qué género ubica hasta el momento su trabajo literario?

Soy un hombre que está buscando su propia voz. Tengo un libro de cuentos y una novela. Y unas ganas enormes de escribir muchos más. Soy un escritor tardío, y no reconozco influencias de nadie en particular, aunque admiro a mucha gente. Tampoco creo en los encasillamientos en géneros, escuelas, movimientos ni generaciones.

¿Libros en otros idiomas, lanzamientos en otros países, reediciones, hacen parte de sus sueños?

Todas los anteriores. Me embarqué en este barco de la literatura hace cinco años, hice un paréntesis de año y medio (justamente para trabajar en EL HERALDO como editor general), y ahora ya tengo claro que solo quiero navegar por las aguas de la ficción. No sé a qué puertos me lleve este barco, pero lo que es seguro es que el horizonte es amplio y el espíritu está bien dispuesto.

Por Martha Guarín R.
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