Por Mary Daza Orozco
Cuando uno quiere su casa, quiere todos sus rincones. Desea que se vea bonita, aunque no se tengan lujos, que lo que se posee brille y nos haga sentir bien por su limpieza y el amor que se le ha dado. Sentimos repulsión, sensación de abandono y hasta disgusto cuando vemos una casa no sólo en desorden, sino con aparatos inservibles arrumados en cualquier lugar.
Usted ha visto de pronto una nevera vieja en el rincón del patio esperando por ser arreglada y su herrumbrosa imagen le produce ese algo inexplicable de que hubo tiempos mejores y ahora todo se está llenando de óxido, se está envejeciendo.
Lo mismo pasa con una ciudad. La casa grande en donde caben nativos y extraños, esa misma que tiene cuantas puertas como se desee y nunca se cierran. Pero hay ciudades y pueblos a los que no provoca volver, sólo entrada por salida, por sus “neveras” inservibles, amontonadas en las esquinas, monumentos perdidos por el abandono, por sus calles desoladas, por la sordidez de sus ambientes.
Eso sucede con los parques de Valledupar, muchos dan la apariencia de terrenos olvidados donde hubo una intención de ornato, pero se quedó en eso, en un intento. En Bucaramanga en cualquier rincón levantan un parque que embellece la ciudad, aquí no se aprovecha nada y llaman parque a cualquier cosa, terrenos sin gracias, con algunos monumentos que dan risa o cierto temor como la inmensa figura de una pilonera sin gracia, que más parece, en las sombras, un ave mitológica a punto de alzar el vuelo y llevarse la intención de ser el símbolo de esa expresión folclórica que es pura alegría, o la indígena guajira que rechazaron en su departamento de origen y aquí la aceptaron e instalaron no para embellecer sino para burla o extrañeza de los transeúntes.
Los parques vallenatos necesitan jardines que alegren el ambiente, ¿Qué el clima no es propicio? Si toda el agua con que lavan los carros y que corre a diario por la calle donde vivo se utilizara en regarlos tendríamos hasta edenes llenos de tal colorido que la ciudad parecería una hermosa sonrisa.
Los parques vallenatos necesitan tanto, unos ejemplos: el Santa Lucía, frente al hospital, que no se le amontonen las basuras; Los algarrobillos, que tengan vigilancia, arreglos de zonas verdes y colorido; El viajero, frescor para morigerar el ardiente lugar donde está ubicado y así uno por uno que sean ese lugar en que la vista descanse de carros, motos enloquecidas y sol inclemente.
Las fundaciones, asociaciones, o como se llamen, que se han creado aquí para proteger el patrimonio cultural no se deben limitar a la parte histórica, se necesitan, en la ciudad que crece desbocada, lugares de belleza acordes con la proverbial alegría de El Valle.
Hablando de las organizaciones que trabajan por Valledupar lo hacen sin recursos, es cierto, pero es hora de exigir a la administración que propenda por una ciudad bonita, ¿si en otras partes pueden por qué aquí no? La campaña debe ser diaria, que se escuche en emisoras, que se lea en los diarios el aviso permanente de dónde hay un parque o un rincón que pide auxilio. Parecen nimiedades, pero no, es importante la belleza y el orden del lugar dónde se vive, más si se trata de de una ciudad antigua con tantas historias y dueña de cantos universales. Ahora, cuando se acercan las elecciones pensemos bien en cuál de los candidatos a regirla es el que más la quiere, porque regentarla es por encima de todo una cuestión de amor.El Pilón
