En el mundo contemporáneo lo que no aparece en los medios puede decirse que no existe, y por lo tanto, no nos concierne.

Cuando dos aviones repletos de pasajeros atravesaron las Torres Gemelas, el mundo se conmovió por la barbaridad del suceso, pero ante todo porque esas torres hacían parte de nuestro imaginario personal.

Así mismo, si no hubiésemos visto las fotos estremecedoras de los campos de concentración Nazi muchos dudarían de su existencia. Y duele decirlo, pero si un avión, de la procedencia que sea, descarga accidentalmente una bomba sobre una aldea de Afganistán, y si la imagen de su desgracia no aparece en la televisión, a casi nadie del mundo occidental le importaría.

Y es que para nosotros esa aldea afgana no existe, pues no posee una imagen que ha aparecido o se ha reiterado en la televisión.

En otras palabras, hoy día lo que no tiene imagen no existe. No en vano algunas tribus no dejan que les tomen fotos, pues ellas les roban su alma y los dejan sin existencia.

En Colombia la Región Caribe no existe. Y no existe porque no tiene imagen propia. La imagen que los demás ven de nosotros es producida por otros, ante todo por el poder del interior.

Es una imagen que otros quieren que los demás, y hasta nosotros tengamos de nosotros mismos. La imagen de la Región Caribe para los colombianos es la que proviene de Chepe Fortuna, de Gallito Ramírez o San Tropel, novelas producidas desde Bogotá.

Fuera de allí, dos o tres calles de Soledad asoladas por maleantes, las playas repletas de turistas de El Rodadero, los balcones de Cartagena, Semana Santa en Mompox, Barranquilla en Carnaval y pare de contar.

Es una imagen folclórica que hemos aceptado con docilidad, y que con la buena intención de resaltar las bondades de la Región, muchas veces oculta, más que muestra, un ser y un espacio regional.

La creación de una imagen audiovisual. En estos momentos de creación de región creo que ya es hora de hablar de imagen audiovisual. Para muchos, este es un tema propio y característico del mundo contemporáneo. Para otros, como para el fallecido director Pier Paolo Pasolini , este es un tema de niños y del hombre de las cavernas.

Y con la justificación de lo primero se han creado en los últimos años escuelas audiovisuales de cine, televisión, multimedia, diseño web, en todo el planeta, menos en la Costa Caribe, exceptuando Santa Marta.

Quién lo creyera, la ciudad con uno de los índices de escolaridad más bajos del país tiene una escuela audiovisual pública que ha conquistado en menos de seis años 4 premios India Catalina en la categoría de Jóvenes realizadores, el Premio Nacional de Cine de cortometraje (donde compiten estudiantes y profesionales), y decenas de premios en festivales nacionales e internacionales.

Ese palmarés, en ese mismo número de años, no lo han conseguido todos los trabajos audiovisuales de todas las ciudades del Caribe colombiano juntas.

Y la pregunta que nos asalta de inmediato no se hace esperar: ¿Por qué?, ¿por qué los trabajos audiovisuales de los estudiantes del Programa de Cine y Audiovisuales de la Universidad del Magdalena, que provienen de colegios públicos catalogados como los peores del país, superan con frecuencia los trabajos audiovisuales de estudiantes de las mejores universidades de Medellín y Bogotá?

¿Qué relación se puede establecer entonces entre ese llamado por todos lenguaje contemporáneo de lo audiovisual y la educación formal tradicional? Yo diría, por la experiencia que he tenido durante cuatro años como director y cuatro como docente de esa escuela, que casi nada. Es como si fueran dos cosas diferentes, por no decir opuestas.

Y en realidad esto no me sorprende. El director Edwin S. Porter, un electricista de profesión y para nada un hombre perteneciente al mundo intelectual, creó una de las formas narrativas más apreciadas en el cine de hoy, la narración a través del montaje paralelo: aquello de que mientras un personaje hace algo en un sitio, en otro sitio otro personaje hace otra cosa que de alguna manera se relaciona con el primero, y esta narración paralela va creando un suspenso tremendo, pues el resultado de lo que hace uno impacta en la vida del otro.

Volviendo a Pasolini, para este director de cine italiano la comunicación a través de dibujos primigenios, acompañada de gritos y balbuceos, acompañaron las primeras narraciones audiovisuales del hombre desde tiempos inmemoriales. Avanzado en su evolución, y ya pasada cierta edad, el niño entra a la escuela y allí se le obliga a comunicarse con signos, es decir, se le enseña a escribir. Para Pasolini, la lengua audiovisual no haría parte entonces de la contemporaneidad sino de la prehistoria.

Lo contradictorio es que hoy día gran parte de lo que sabe y conoce un ser humano lo ha aprendido a través de la comunicación audiovisual, y sin embargo en pocas escuelas y universidades se re-enseña esta forma de expresión y comunicación.

Es como si la sociedad, subida en la vuelta de un espiral, volviera en otra dimensión a tiempos prehistóricos, a expresarse y comunicarse con imágenes y sonidos. Y la educación, a espaldas de este proceso, se empecinara en mantener un estado de cosas que requieren otra forma de enseñar y de aprender.

Como docente del programa de cine de la universidad mencionada me he encontrado con jóvenes de estratos y niveles educativos bajos o medios, que pueden contarnos con su cámara una historia maravillosa. Otros, de niveles intelectuales altos, provenientes de buenos colegios de la ciudad, no pueden. Y cuando esto me sorprende vuelvo a recordar a Pasolini, la lengua audiovisual es algo que el hombre debe volver a aprender, pues en la escuela se lo hicieron olvidar. Y lo paradójico es que la sociedad necesita cada día más de esos espíritus indómitos y primigenios que saben narrar con imágenes y sonidos.

La creación de una imagen regional. A estas altura, del relato nos hacemos entonces otra pregunta ¿existe una imagen audiovisual, un cine regional? Sin ser pesimista, puede decirse que no. Y no existe porque muy pocos se han propuesto crearla. Y si no se crea pues no se puede tener, ni compartir, ni criticar y tampoco confrontar.

Pero no todo es pobreza. Hay esfuerzos salidos de espíritus insumisos como Cepeda Samudio, García Márquez, Heriberto Fiorillo, Ernesto McCausland , Juan Buelvas, Luis E. Arocha, Sara Harb, Ciro Guerra, Roberto Flores, Iván Wild, Ricardo Cifuentes, Hugo González, y también provenientes de la misma universidad pública. Hoy día si alguien quisiera saber cómo es en realidad Santa Marta, lo remitiría a dos DVD publicados por la Universidad del Magdalena donde están editados los trabajos más sobresalientes de los estudiantes de su programa de cine.

Allí podríamos apreciar las calles que no aparecen en Chepe Fortuna, el día a día de una mujer que se gana la vida transportando personas de un lado a otro de Ciénaga en un triciclo al tiempo que recoge, uno a uno, los ladrillos de una casa que quiere construir, o el drama de un jubilado que debe suicidarse para que su familia reclame su seguro y así no pueda morirse de hambre, o la vida de una niña que pisa una mina al escaparse de su casa porque un padre celoso no la deja bailar mapalé. Veríamos una imagen nada convencional, que muestra la intimidad, la belleza y el drama de la vida de seres anónimos, y también los desastres que ha hecho una clase política que hoy demanda la creación de región, pero que poco ha hecho por construirla.

¿Qué puede hacer entonces la Región para no quedarse atrás en la creación de su propia imagen audiovisual? Yo diría que hacer que los adolescentes y adultos vuelvan a ser niños, retomar algo que la educación tradicional castró. Audiovisual no es tanto construir edificaciones y comprar equipos.

La escuela audiovisual se hace fundamentalmente con buenos docentes… y luego con buenos estudiantes. Algunas instituciones, cada vez menos, piensan lo contrario. Se les vende la idea de un programa a los estudiantes y luego se consiguen a los docentes más baratos.

Si Barranquilla, Cartagena o las demás ciudades del Caribe quieren hacer parte de esta imagen regional, sus artistas y realizadores deben emprender la tarea de crearla. Deben volver a aprender a mirarse con una mirada propia, con una actitud que los estimule a narrar sus paisajes y su gente con honestidad, profundizando en las complejidades de sus vidas sin olvidarse de su cotidianidad.

Le toca entonces a toda la sociedad el propender por crear una imagen de su gente local con profundidad universal, que tenga un punto de vista que los aparte de los noticieros y de la publicidad, con una ética que los aleje de la lógica de los bancos y de la triquiñuelas de los políticos, que les enseñe a mirarse como nunca se han mirado, y que sin embargo reconozcan en esa imagen inédita lo que en realidad son.

Para crear región es indispensable ser independiente y libre, y así poder crear una imagen que se contraponga a aquella que hemos aceptado sin cuestionar, una imagen del Caribe que retrate sin vender, y que considere al ser humano como parte de su relato y no como simple consumidor.

Por ‘Pacho’ Bottía
Cineasta, docente Universidad del Magdalena /El Heraldo