
De dos películas, aparentemente opuestas, quizá diametralmente diferentes, como ‘La sombra del caminante’ y “Los viajes del viento’, el autor conoce como nadie qué hay debajo de cada capó. Por eso me atrevo a preguntarte: ¿en qué se parecen?
Creo que son películas opuestas solamente en los aspectos superficiales: La técnica, el color, el formato de rodaje, el tamaño de la producción, la ‘temática’. Pero si miras más allá de estos aspectos, ambas tienen profundas afinidades. Pero eso prefiero dejarlo al juicio de cada espectador.
Al ser un realizador que trabajó con bajo presupuesto en su ópera prima a uno que luego tuvo mejor financiación, mejores condiciones de rodaje, considera que fue un paso de la vida dura a una más cómoda, o al menos más apropiada para el desarrollo de la mente creativa?
-En principio, sí, sin duda. En Los viajes del viento contamos con un excelente equipo de producción que me permitió poder concentrarme en lo que tiene que trabajar un director, en la parte creativa, en cómo narrar la historia, en el trabajo de los actores. Las precarias condiciones con que rodamos La sombra del caminante hacían mucho más difícil esa tarea. Sin embargo, creo que esas precarias condiciones eran esenciales para narrar esa historia en particular. La hicieron urgente, real. Si ‘La sombra’ hubiera sido hecha cómodamente, con dinero, sería una película completamente distinta.
¿Cómo manejas los demonios del director en tus rodajes?, ¿los mantienes en su lugar?
Creo en esa frase que dice que el drama debe estar en la pantalla, no detrás de ella. Un director es solo un obrero más que trabaja con un equipo, construyendo un sueño.
Para ti, ¿quién es más fácil de dirigir, un actor natural o un veterano?
Cada persona es diferente y cada actor es un mundo, nadie es igual, no hay reglas ni generalizaciones. Lo importante es tener el tiempo de conocerse, trabajar, ensayar posibilidades. Es necesario que haya una gran confianza mutua, ya que ambos están haciendo una gran apuesta el uno por el otro.
Aunque un actor natural como Marciano Martínez, que conoce tanto el género vallenato, debe tener su reto particular…
Yo creía que era imposible encontrar a alguien que reuniera todas las condiciones para ese personaje. No solo necesitábamos un actor, necesitábamos alguien que tuviera esa relación profunda con la tierra, con la música, que pudiera cantar, versear, tocar el acordeón, improvisar, manejar un burro –que no es fácil–, alguien que tuviera esa estirpe campesina marcada en su piel… Una cantidad inverosímil de condiciones. Fue un milagro haber encontrado a Marciano. Trabajar con él fue un gran honor.
¿Cómo es el ejercicio de contar con un ‘coach’ actoral, como fue tu caso con Juan Pablo Félix?, ¿te permite trabajar mejor en la dirección global del proyecto?
Juan Pablo hizo un trabajo increíble, de muchos meses, escogiendo a los actores y preparándolos con rigor y entrega. En el rodaje, el trabajo previo con los actores estuvo a cargo de Manolo Orjuela, quien también hizo un trabajo extraordinario. Fue muy importante contar con ellos, hubiera sido imposible manejar a tantos personajes yo solo. Pero cuando el actor está frente a la cámara, su actuación es responsabilidad exclusiva del director.
Alguien muy allegado a Gabriel García Márquez dijo, acabando de ver ‘Los viajes del viento’, que por fin había visto un director con el ojo para llevar al cine la literatura del escritor. ¿Algo así está en tus intereses?
-Creo que lo que hace grandes a las obras maestras de la literatura es que ya han encontrado el lenguaje ideal para ser narradas, que es el de las letras. Las historias que necesitan de las imágenes son aquellas que no pueden ser mejor narradas de otra forma.
Coincidimos con muchos analistas en que el cine latinoamericano ha derivado hacia una visión más intimista, más de héroes pequeños, héroes de tribus reducidas. ¿Crees que nuestro cine ha encontrado su nicho en la historia mínima o es solo un momento histórico y temporal?
-Creo que el cine debe ser libre, no debe tener nichos ni se le debe imponer ninguna forma. Cada quien debe ser libre de hacer las películas que necesite hacer, las que le salgan del alma, independientemente de las modas, las tendencias o las cifras.
¿Qué te llama particularmente la atención de lo que se está haciendo en otros países?
Creo que en Latinoamérica se está haciendo uno de los mejores cines del mundo, vital, diverso, original. También me gusta mucho lo que se está haciendo en Corea y el sudeste asiático, han logrado apropiarse de los géneros y renovarlos completamente desde su propia visión, creando algo único y a la vez universal. Es una lástima que de ese cine se vea tan poco en Colombia.
¿Cuál en tu opinión es la gran película colombiana de todos los tiempos?
Son muchas, en Colombia se ha hecho muy buen cine. De las clásicas, mis favoritas son Cóndores no entierran todos los días, Pasado el Meridiano y Rodrigo D. De las más recientes, me gustan mucho El vuelco del cangrejo y Apocalipsur. Y del Caribe, La boda del acordeonista, por supuesto.
¿Hay un cine del Caribe colombiano?
-Sí lo hay, pero es todavía muy poco. Necesitamos mucho más cine, que nos narre desde muchas ópticas.
¿Cómo debe ser un cine del Caribe colombiano?
Debe ser como el Caribe, diverso. Es importante que se narre la tradición, pero también hay que narrar la modernidad, el ser Caribe de hoy no es el mismo de hace 40 años, ha habido muchas transformaciones, todo eso hay que contarlo.
¿Qué vamos a ver de Ciro Guerra en un futuro?, que esperamos sea muy próximo.
En este momento estamos en post-producción de Edificio Royal, de Iván Wild, que se terminó de rodar en Barranquilla hace poco, y que nuestra empresa Ciudad Lunar produjo. Yo estoy en este momento escribiendo y buscando el financiamiento para mi nuevo proyecto, que espero rodar el próximo año, si hay suerte. El futuro siempre es incierto para los que soñamos con el cine.
Por Ernesto McCausland Sojo/El Heraldo
M.M
