Rafael Núñez fue cuatro veces presidente de Colombia y escribió la letra del Himno Nacional.Foto: Álvaro Delgado / CEET

Núñez acuñó la moneda con el rostro de Soledad Román, su amante y, luego, su esposa.

La moneda del amor casi logra lo que en el campo de batalla no consiguieron los radicales en la guerra del 85. El presidente Rafael Núñez parecía invencible, pero el sentimiento profundo que lo ataba a Soledad Román, quien llegó a ser su esposa, lo hizo dar ese paso en falso.

El cuento es un manjar como para guionista de telenovelas. Rafael Núñez, el cuatro veces presidente de Colombia, artífice de la Constitución de 1886, y una de las figuras políticas y sociales cartageneras más sobresalientes de la historia, quiso, en un acto irreflexivo y a la vez ingenuo, halagar a Soledad mandando acuñar una moneda de cinco centavos con su perfil.

En 1887, Núñez y Soledad Román eran la pareja escándalo nacional.

Así lo confirma uno de los hombres que más conocen las intimidades de la pareja, el historiador y escritor Federico Herrera, quien maldice al destino por no haber estado vivo en la época en que estos enamorados manejaban el poder nacional desde una bella casa cartagenera del barrio El Cabrero, hoy convertida en museo.

Herrera es un obsesivo con las historias de la historia. Sabe más de Núñez que de sí mismo, situación que, en vez de avergonzarlo, lo enorgullece y le recuerda que está vivo.Este historiador es fácil de encontrar en cualquier banca del parque Bolívar de Cartagena.

A veces está rodeado de sus colegas de tertulia, en reuniones sin cita previa, en las que la narración del pasado es una especie de performance, que toma vida a través de la palabra de los participantes.

«En cierta ocasión, Soledad le dijo que la empleada doméstica estaba preñada, y ‘Rafa’ le dijo: ‘Ese es problema de ella’. Al otro día, Soledad le increpó de nuevo: ‘Si no se va ella, me voy yo’, y Núñez le respondió: ‘Ese es problema tuyo’. Cinco días después, y ya desesperada con el tema, Soledad le dijo: ‘Creo que el hijo de la muchacha es tuyo’, y Rafael le contestó: ‘Ese es problema mío'», relata Federico, en otra de sus ráfagas de memoria sobre el mundillo de la pareja Núñez-Román.

Cuando se le pregunta por el asunto de las monedas con la cara de Soledad, Herrera expresa la certeza de que el Presidente lo hizo como un gesto de amor, como uno de esos regalos que nadie más habría podido hacerle. «Él era muy libidinoso y machista, como buen costeño. Por eso, se inventó esa forma de seducirla y hacerla sentir bien mujer», sostiene.

Herrera no es un charlatán de esquina ni un loquito más de los que se la pasan calle arriba y calle abajo. Sus palabras las sustenta en documentos históricos, que el interesado puede consultar en la Biblioteca Bartolomé Calvo Díaz, cercana al parque Bolívar.

Allí, el historiador puede instalarse hasta seis horas diarias a esculcar el pasado en cuerpo presente. Me aconseja ir, entrar hasta el fondo del salón, doblar a la izquierda y tomar de las estanterías un tomo de pastas rojas. Luego, buscar la equis que él mismo dibujó para ubicar el magazín histórico en el que leyó el cuento de las monedas.

Por ese texto, Federico se enteró de que las piezas fueron mandadas a hacer en la Casa de Moneda en Bogotá, con una única circulación de entre mil y dos mil metálicos hechos de plata ley 900.

Para él, lo más interesante del episodio es que fue una victoria personal y emocional de Núñez. «Fue regalarle un imposible a la mujer a la que amaba», agrega, y luego cuenta lo que le respondió Soledad a Núñez después de ver el regalo: «‘Rafa’, si tú hiciste eso por mí, a pesar de que sabías que el país se te iba a caer encima, yo soy capaz de hacer cualquier cosa por ti, así se me caiga el mundo encima».

Amantes famosos

La casa donde vivía la pareja -que llegó a ser la casa presidencial- era de propiedad de Soledad y no del Presidente, de lo que se conjetura que ella era la del dinero.

Y no es que Soledad fuera millonaria: simplemente, era hija de Juan Román, dueño de la botica más representativa de la ciudad.

Había nacido en Cartagena el 6 de octubre de 1835 y era famosa su devoción por la Virgen de las Mercedes. También, era de conocimiento público su fallido matrimonio con Pedro Macía, después de seis años de relación.

Sola y con la desazón de su fracaso amoroso, Soledad quiso empezar de nuevo. A finales de 1874, inició un noviazgo con Núñez, quien, coincidencialmente, también venía de una dolorosa experiencia: su matrimonio con Dolores Gallego, en Panamá, se había ido a pique, después de veintiún años y dos hijos.

Núñez, en buen uso de su olfato político, presagió que su relación con Soledad no iba a ser bien vista por la sociedad cartagenera ni por la bogotana. Por eso, concertó una unión civil en París (Francia), el 14 de julio de 1877. Curiosamente, el enlace se realizó según la ley colombiana y el Código Civil del estado de Bolívar, a cuya jurisdicción se hallaban sometidos los contrayentes.

El Presidente pensó que, con ese acto, quedaban conjuradas las habladurías de la gente acerca de que el primer hombre de Colombia tenía amante. Se equivocó: las señoras más encopetadas de la capital y, sobre todo, la prensa, siguieron viendo a doña Soledad como la ‘otra’, la ‘sucursal’ del hombre que había escrito la letra del Himno Nacional.

Ese año de 1887 fue definitivo para la pareja. Por un lado, la moneda con la efigie de Soledad salió a la luz pública y, por el otro, lograron casarse por la Iglesia.

La moneda era de cinco centavos (en 1911, EL TIEMPO costaba 3 centavos). Aunque austera, era una pieza delicada en la que se veía hasta el detalle de la nariz de Soledad. Una de las pocas copias que quedan de la pieza en Cartagena se consigue en la Casa Museo Rafael Núñez.

Allí, Henry Quintero Marrugo, el guía, les muestra a los turistas el lugar exacto donde está expuesta. Por cierto, Quintero corrobora la tesis de que, definitivamente, «el doctor Núñez mandó acuñar la moneda por el amor que le tenía a Soledad».

La copia se encuentra muy cerca del escritorio de Núñez. Está en el rincón de una vitrina. No está sola: la acompañan una caja, que contiene veinte pañuelos franceses de seda, seis tinteros de plata con sus respectivas pluma y bandeja, dos juegos de mancuernas, dos medallas, un bastón de mando y, finalmente, una pieza de colección: la banda presidencial que se terció Núñez durante su posesión como Presidente, en 1875.

Fijando la mirada más cerca del metálico, se ve el perfil de ‘Sole’, mote con el que él llamaba a su mujer en la intimidad del hogar. El pelo, ondulado, le llega hasta los hombros. Se incluye una pieza interesante: una diadema, que recoge los cabellos de Soledad y que tiene en su interior la palabra ‘libertad’.

Henry reconoce que su público, es decir, los visitantes que se concentran en sus relatos, nunca se detiene a preguntar por aquella moneda. Él tampoco insiste en echar el cuento, pues asegura que la gente visita el museo atraída por los muebles de propiedad del matrimonio, los trajes, las vajillas y otros objetos de algún valor.

‘Cocobolas’

El 23 de febrero de 1887, en el altar del templo de San Pedro Claver, Rafael y Soledad se casaron por la Iglesia.

El mandatario se ufanaba de que la bendición se la hubiera dado monseñor Biffi, el más alto jerarca de la iglesia cartagenera.

Dicho sea en honor a la verdad, esta historia, como los buenos vinos, tiene varios cuerpos y varias interpretaciones. Así lo señalan algunos pasajes de la biografía del general Rafael Reyes del fallecido historiador Eduardo Lemaitre. En ella, el historiador anota -categóricamente – que Núñez no mandó acuñar las monedas por amor, sino que, simplemente, se trató de una cortesía de la casa fabricante, la estadounidense Sichal. Era una especie de ‘ñapa’ a la petición inicial, que desembocó en un problema de grandes proporciones.

Lemaitre va más allá y cuenta que las monedas fueron bautizadas por sus enemigos con el nombre de ‘cocobolas’. La versión la certifica Manuel Drezner, historiador y lingüista, que hace 10 años respondió en su columna de El Espectador a una pregunta de un lector sobre el origen de la palabra ‘cocobola’, con la que bautizaron las famosas monedas de Núñez.

Drezner saca al ‘baile’ a Jorge Davis, Pedro Prestán y Antonio Pretelt, tres agitadores que formaron un motín en Puerto Colón, entonces municipalidad de Panamá, cuando este país era una provincia de Colombia.

La situación se había tornado tan complicada, que el general Reyes tuvo que llamar al presidente Núñez para darle una salida urgente, pues los rebeldes incendiaron varios inmuebles de ese puerto.

Así fue como Núñez le ordenó al general Reyes que capturara a los tres insurgentes y los ejecutara en la horca. El 6 de mayo de 1885, los tres cuerpos fueron encontrados muertos en la plaza central: la tarea estaba hecha.

No pasaron muchos días para que la prensa y los opositores del mandatario pusieran el grito en el cielo por el que llamaban «crimen» de los agitadores. Los periódicos revelaron que Pedro Prestán era cartagenero; Antonio Pretelt, haitiano y Jorge Davis, jamaiquino. También se dijo de este último que respondía al sobrenombre de ‘Cocobolo’.

Tres años después, los opositores, haciendo uso de su buena y maldadosa memoria, bautizaron las monedas, para burlarse del Presidente, con el nombre de ‘cocobolas’, en honor al isleño ahorcado.

El tiempo cumplió con su misión de borrar el hecho; sin embargo, nunca se podrá ocultar que el presidente Rafael Núñez casi se cae de la silla de Bolívar por una moneda. Una amorosa moneda de cinco centavos, que quizás, para no alargar esta historia, no haya sido la que inspiró a Héctor, el ‘Chinche’ Ulloa su inmortal bolero Cinco centavitos.

Esta crónica hace parte de la ‘Antología de Crónicas del Bicentenario de Cartagena’, de la Fundación Nuevo Periodismo Ibeoamericano.

FABIÁN FORERO BARÓN