Por Anubis Galardy

La Habana,1 dic (PL) El festival del nuevo cine latinoamericano tiene cada diciembre asegurado aquí un público cautivo, que le guarda una fidelidad a ultranza y no le pierde pie ni pisada durante los días en que la imagen audiovisual reina a sus anchas.

Cada año es esperado con esa impaciencia del corazón de los amantes sin tregua, deudores de una pasión que no cede, la de asomarse a otros mundos, a otras realidades, a otras miradas mediante historias contadas en la complicidad de una sala en penumbras.

Historias que desde hoy comenzarán a corporizarse en la pantalla de una ciudad devenida catedral del cine, volcada en cuerpo y alma a un arte al que ha entregado una de las 100 obras maestras de todos los tiempos, Memorias del subdesarrollo, del fallecido Tomás Gutiérrez Alea, según juicio unánime de la crítica.

En el fondo, los cinéfilos arrastran consigo una pasión que se remonta a los orígenes de la especie humana, cuando los hombres primitivos se sentaban al calor del fuego a escuchar los relatos traídos en la voz de los juglares que les regalaban el aroma, el pálpito de otras vidas.

Solo que ahora las historias llegan a bordo de los fotogramas proyectados a una velocidad de 24 cuadros por segundo, separados entre si por un intervalo insuficiente, a cuyo conjuro las imágenes se fijan ligeramente en la retina y, al trasponerse, crean esa hermosa ilusión de continuidad y movimiento. En una palabra, la magia del cine.

Poco más de medio millar de filmes encontrarán cobijo desde hoy y hasta el próximo dia 11 en la capital cubana.

De estos 120 en competencia, con lo nuevo de la cinematografía latinoamericana tocando a las puertas, abriéndose paso con un lenguaje nacido de sus propias y vivencias y sueños, de sus frustraciones sociales, sus esperanzas y luchas por un mundo mejor, posible.

Una imagen descolonizada, como proponía el brasileño Glauber Rocha, pionero de esta aventura insomne a la que Cuba abre todos los años un festival que le ha dado carta de identidad a ese nuevo cine latinoamericano, durante más de tres décadas.

La Habana será desde las primeras horas de hoy una masa de espectadores rendidos ante esta suma de todas las artes que es el cine, generadora de emociones compartidas, de un caudal inagotable de vivencias. Los cubanos no ocultan sus sentimientos, rien o lloran con lo acontecido en pantalla y a veces secundan el decursar de la trama.

Como aquella vez que salieron a bailar entre el lunetario de la céntrica sala Yara, para acompañar al protagonista de la cinta argentina Hombre mirando al sudeste, que hacia lo mismo en la ficción-realidad del celuloide, en medio de un concierto sinfónico al aire libre. El director, Eliseo Subiela, quedó flechado por el festival para siempre.

La cartelera de esta 33 edición reúne 14 muestras internacionales, con largometrajes de Francia, Polonia, España, Italia y Serbia, para citar algunas; la novedad de un breve panorama filmico dominicano y una nueva versión restaurada de Metropolis, de Frizt Lang, ese clásico a quien tantos le deben, aunque algunos no lo confiesen.

La copia recién remozada incluye fragmentos (un metraje de 25 minutos) hallados en 2008 en este costado del mundo, en los archivos del Museo Pablo Ducrós Hicken de Buenos Aires, para ser mas precisos. Será como redescubrir, desde otra perspectiva, el proceso creativo de un genio.

Un programa abarcador como un abanico de varillaje infinito.

Imágenes, en fin, las del festival, que obrarán como trazos para el retrato incipiente de un siglo que despunta permeado por crisis de diversa índole, abocado a retos y desafíos, con la amenaza de una hecatombe ecológica oscilando inquietante, como un péndulo.

Dentro de poco, apenas despunte la mañana, se apagarán las luces en las salas de la Calle 23 -desde su intersección con la calle 12 hasta las inmediaciones del malecón citadino-, bautizada como la Avenida de los festivales. Muchos la llaman su corazón vibrátil.

Los últimos espectadores entrarán tanteando en la semipumbra el hallazgo de una butaca invitadora. La conversación quedará reducida a un rumor en sordina, apenas perceptible. Ante los ojos el leve centelleo de la pantalla en blanco.

La fiesta va a comenzar. Su majestad, el cine, hace su entrada.

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