Los cantos parranderos de los años 70 que encumbraron los nombres de varios compositores sirvieron para que estos rompieran las fronteras de pueblos y departamentos, para fusionar una relación fraternal entre estos artistas, que eran aplaudidos y queridos a donde quiera llegaban.
Tres nombres sobresalieron para entonces, de la gama de compositores que se alzaban con el rótulo de populares; fueron ellos Hernando Marín, Sergio Moya Molina y Máximo Mobil, quienes eran de obligatoria convocatoria en cada producción musical vallenata que salía al mercado, fueron llamados acertadamente el ‘Trío de Oro’.
De esta tripleta era la fama, la parranda, los sancochos y la popularidad total; su presencia en los pueblos era de tanta trascendencia como la misma figura sagrada patronal de cada población, su palabra era ley.
Dentro de toda esa maratónica feria parrandera estaban acostumbrados a las voces fuertes de los cantantes de moda, tanto los consagrados que eran pocos, como de los que iban emergiendo; aún las mujeres no se interesaban masivamente por la música vallenata, ni mucho menos los niños.
En cañaverales lo descubrieron
Pero fue uno de estos últimos que los dejó boquiabiertos en una de esas correrías en los pueblos de La Guajira. Era un muchacho enjuto, desgarbado, de piel tostada producto del sol y las brisas de la península, quien se asomó en uno de esos titánicos encuentros de la bohemia en Cañaverales, corregimiento de San Juan del Cesar, y en la primera oportunidad salió de su garganta la entonación de uno de los cantos de moda.
El sorpresivo ‘gallito’ que cantaba en su gallinero era Javier Gámez, quien de inmediato se robó la atención de los compositores quienes de una vez lo apadrinaron y emprendieron con él unas jornadas de exhibición que en donde quiera que llegaban era el muchacho la sensación por su timbre, fuerza y entonación.
Luego vino la invitación estrella para Javier. Sus mentores musicales lo trajeron a un festival vallenato, en donde hicieron contacto con los promotores de las casas disqueras que acudían anualmente a este certamen, quienes al escucharlo de inmediato aprobaron la grabación de un disco.
El arreglo se hizo con el sello EPI, un subsidiario de la CBS; era la primera vez que un niño grababa vallenatos, cuyas letras siempre representaban el poderío y la imponencia del hombre de la provincia generalmente cargadas de un machismo inusitado que poco margen daba para que un infante las cantarlas; sin embargo, Javier aceptó el reto y sus canciones impactaron y fueron de recordada acogida en la radio de entonces.
Dos discos alcanzó a grabar este muchacho ‘cañaveralero’ que para entonces tenía ya 15 años, y cuando se aprestaba a grabar la tercera producción, un problema familiar muy común entre las castas guajiras de la época, le truncó la carrera, pues le tocó junto a sus familiares desertar hacía Maracaibo, ante las agresiones que el conflicto había generado.
Otro de los factores que influenciaron en su desaparición del disco fue el cambio hormonal de la niñez a la adolescencia, lo que le hizo cambiar de tonalidad y se perdió en encanto de aquella agradable voz infantil.
La autoridad de su señora madre fue otro motivo determinante para que no volviera a las parrandas ni a las tarimas, pues consideraba que le estaban explotando a su muchacho al que sólo le daban carritos, balones y pistolas de juguetes mientras que el efectivo no lo veía
“Fui el primer niño que grabó vallenato. Después salió Édigar Murillo y como a los cinco años salió Jorgito Celedón; esto sirvió para que se abriera una especie de piqueria entre nosotros, se cultivaba mucho el pique, y la competencia” asegura Gámez.
Una guitarra respetable
Hoy Gámez está cercano a los 50 años, y de aquella voz que enterneció al vallenato de los años 70 pasó a ser un reconocido guitarrista, fundador y director del Trío Cañasán, que ha grabado sus producciones musicales y ameniza los más importantes agasajos y festivales de la región.
“Sigo cultivando mi talento. Aun canto, pero ya no tengo la voz brillantes de aquella época, de la cual creo que aproveché el momento, por eso no me arrepiento de no haber seguido, pues fue un paso normal del cambio de voz del niño al adulto, pero sigo dependiendo y defendiendo al folclor ahora con mi guitarra”.

el papa tocando y cantando
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DIOS CONTINUE BENDICIENDO SU VIDA, ES UN ARTISTA COMPLETO
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Felicitaciones mi Gran Maestro Javier. Cada día lo admiro más y le agradezco todo lo que me ha enseñado. Usted es lo máximo. (Israel).
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