Por: Julio Oñate Martínez/El Pilón

Es casi una constante en la historia de los más famosos juglares su origen humilde ligado siempre a la vida campesina que los obligó desde muy pequeños a recorrer un camino lleno de privaciones y grandes esfuerzos para poder ganar el diario sustento y así atender la carga familiar.
Niños y adolescentes que encontraron, para su fortuna y la nuestra, bienestar social y económico esgrimiendo un acordeón sufrieron duros tropiezos y vicisitudes para lograr en ese entonces su más caro anhelo: obtener aquel soñado instrumento.
Contaron con mayor suerte aquellos nacidos en el seno de familias musicales, lo cual facilitó su aprendizaje al recibir de alguno de sus mayores como  herencia a veces maltrecha la codiciada caja musical llena de mágicos sonidos.
Abundan los casos a veces curiosos o insólitos  o hasta dignos de Replay que ponen de manifiesto los ingeniosos recursos de muchos personajes para poder comprar su primer acordeón.
El desaparecido Rey Vallenato Julio de la Ossa, sembró en el patio de su abuela una pequeña parcela con ñame que una vez cosechado le permitió comprar un brioso pollino, su fiel compañero durante varios meses arreando agua que él vendía en las corralejas pueblerinas desde Chochó hasta Sincelejo.  Le costó uno de dos hileras  en 1955,  ciento cincuenta pesos, setenta y cinco que él consiguió a punta de corcoveos, rebuznos, mordiscos y patadas del noble jumento y el resto fueron generosamente financiados por Calixto Ochoa, el vendedor.
Luis Enrique Martínez a sus dieciocho años desafiando la tenebrosa manigua fundanense, cuando todavía por allí roncaba el tigre devorador de cristianos, llenó de callos  sus manos descuajando con hacha y machete enormes árboles que el mismo aserraba, para poder comprar así  su primer  “Guacamayo”.  Por treinta pesos lo compró  en la miscelánea de Don Elías  George en Fundación.  Año 1942.
Existe un  caso de hurto premeditado que sin ser cleptómano el protagonista si se voló la escuadra al sucumbir ante su gran pasión por los pitos y los bajos.  Es de todos conocido aquel episodio cuando el joven Emiliano, el de la Vieja Sara, el mismo de ‘La Gota Fría’, violentando la cerradura de un armario le sustrajo el acordeón a su tío Francisco Zuleta, quien finalmente terminó obsequiándoselo al ver que el sobrino era una fiera con el fuelle.
Hacia 1953 en Valencia de Jesús encontramos un caso muy particular.  La figura no podía ser otra que la de Calixto Ochoa Campos, el nieto de Teófilo López.  Era la época en que el río Los Clavos, antes de cambiar de cauce y alejarse de la villa representaba una fuente de vida para los valencianos. Calixto ya había manoseado el acordeón de su hermano Rafael, pero este permanecía laborando por allá en el Plan de Sala, y no le daba mayores chances de desafinarlo o partirle  un pito.  Alguien le informó que en Pueblo Bello, la fría tierra de Crispín Villazón, un frustrado aprendiz de acordeonero había tirado la toalla y tenía “el dos hileras” en venta.  Costaba ochenta pesos que no tenia, pero  él sabía donde estaba el billete. Con su sobrino Felix  (q.p.p.d) como ayudante, durante tres días maromeando en la ribera del río y armado de horqueta,  garabato y lazos de alambre y cabuya logró  en una frenética y extenuante cacería “carrera a carrera”, llenar dos sacos con cuanta iguana se le  atravesó en la faena.
El cuarto día bien temprano en un burro que le prestó papá  ‘Checha’ cargó el par de sacos repletos de saurios y cogió el camino hacia Pueblo Bello donde él tenía la seguridad que sin estar aún operando el Inderena, no tendría ningún problema en comercializarlos  entre la indiamenta que a diario bajaba de Nabusímake. Le dieron cuarenta pesos por el cargamento puesto que los arhuacos para esa época ya sabían mucha letra menuda.  Su hermano Rafa le regaló el resto del dinero y así felizmente pudo desenroscar su primer acordeón.
Cincuenta años han pasado desde aquello y a carcajadas  me comentaba Félix que cuando el iba a darse un chapuzón en los clavos, al acercarse al río sólo se escucha el estropicio de las iguanas en desbandada que quizás conocieron de los caporos más viejos el ingrato episodio de aquel  lejano día en que llegó un negrito risueño y picarito que las puso en vía de extinción  solo por poder comprar su primer acordeón.