El alcalde Rafael Ceballos al lado de Etelvina, la nieta de Francisco Antonio Moscote Guerra, en su tumba.

Francisco Moscote Guerra aún es invisible en su propio festival.

En el Foro que homenajeó a Alfredo Gutiérrez, uno de sus principales ponentes, Adolfo Pacheco, se refirió al galanero como alguien incierto. La misma figura mitológica que describe Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.

Lo dicho por el famoso compositor en el evento académico –organizado precisamente para que los investigadores expongan sus hallazgos y verdades– contrasta con las vivencias del hombre que desde 1953 reposa en la tumba del cementerio de Macho Bayo.

Al parecer, mientras el mito catapulta al festival, hace invisible al hombre. Cada vez hay más detalles ficcionales del encuentro entre el pionero de los acordeoneros y Satanás. Los escritores le agregan más cosas: una nube negra, murciélagos, culebras, arañas, avispas y el infaltable olor a azufre. Alguien inclusive habla de un murciélago que le mordió la oreja al difunto en el mano a mano. Esta fascinación excita el inconsciente colectivo de la gente en sus más innatos temores, haciendo al hombre que derrotó a Lucifer tan etéreo como su contrincante.

La verdadera historia de quién es realmente el hombre estuvo inédita hasta que el investigador Ángel Acosta Medina la hizo pública en 1982. Nos la querían arrebatar. Borrando al hombre de la memoria, incluso los hijos de Pacho Rada se atrevieron a decir que su padre fue Francisco el Hombre. Debemos aprovechar al mito para fortalecer no solo el Festival, sino al hombre mismo y hacer que Macho Bayo y Galán se ubiquen en el mapa cultural turístico del país.

Sorprendente que en la ofrenda floral dentro de la programación oficial del IV Festival Francisco el Hombre en el corregimiento de Macho Bayo o Villa Martín no estuvieran presentes los grandes actores del festival.

Lleno de optimismo esperaba ver al gran Alfredo Gutiérrez, interpretando la Paloma guarumera en la tumba del fallecido. Esa era indudablemente la oportunidad para que los jóvenes intérpretes que estuvieron “buscando a Francisco el Hombre” en diferentes ciudades del país y en el exterior lo encontraran, reposando en su tumba.

Qué bueno hubiese sido que todos ellos conocieran a Etelvina, la nieta del precursor de la Música de Acordeón. Perdieron la oportunidad de interactuar con las personas mayores del pueblo que han recibido la información de sus antepasados. Es más, algunos tararean versos de La puya de Chencha, una de sus canciones emblemáticas. Lo ideal hubiera sido que el gran compositor Adolfo Pacheco y los demás ponentes del Foro hubiesen despejado las dudas en torno al ser mitológico ¿Será que se trataba del mismo Festival, o la ofrenda era algo aislado de la Alcaldía de Riohacha?

Hermoso escuchar de los machobayeros la historia contada muchas veces, que después del encuentro con el diablo Francisco quedó perturbado para siempre. No volvió a ser el mismo. Solo después de cuatro días a punta de brebajes pudo recuperarse. Un mes después, lo invitaron a parrandear, cogió el acordeón, pero ya no podía tocar igual que antes, lloraba desconsoladamente y así se fue entristeciendo, enfermándose hasta su muerte. El hombre que inventó la música que le ha dado y le sigue dando tanta alegría a muchos, murió de tristeza.

Ante la tumba de Francisco Antonio Moscote Guerra se rindió el único homenaje posible a tan ilustre personaje que lo decía todo cantando: canto y ejecución del acordeón.

La solemnidad del momento hizo reflexionar a todos. El alcalde Rafael Ceballos Sierra se comprometió a hacer un mausoleo en la tumba durante su administración. Luego un silencio nos hizo recordar que estábamos en un cementerio, ante la pregunta de una machobayera: ¿A qué se compromete la Fundación que organiza el Festival Francisco el Hombre?

Por Martín López González/El Heraldo