Por Mary Daza Orozco*
Solo dos imágenes, que se vieron en estos días, bastan para que el asombro no se vaya de un país en el que pasa de todo. Una, la de él, sereno, de mirada tristona, voz suave y caminar cansado, pero por dentro debe tener la turbulencia de las borrascas si es cierto o si no lo es, todo eso de lo que lo acusan: Sigifredo López uno de los autores del secuestro y muerte de sus once compañeros de la Asamblea del Valle.
Siempre hubo la pregunta: ¿Cómo logró salir libre? Sus repuestas banales convencieron ante el dolor de las familias de los muertos, que en él tenían la fuente segura que les hablaría de toda la tragedia de los suyos. ¡Qué mal está el país! ¿Cuántos Sigifredos más habrá ocupando grandes posiciones en el gobierno o impartiendo justicia o pasando por hombres de bien, que tienen entre pecho y espalda un crimen o la orquestación de un episodio doloroso para la vida de la nación?
Qué tranquilidad la de ese hombre, ¿será porque es inocente o porque en lugar de sangre es horchata la que corre por sus venas? Hay que esperar, como decía uno de los familiares de las victimas, que si es culpable se le aplique la ley con dureza y si es inocente que se haga el mismo despliegue que se ha hecho ahora por parte de los medios para que su honra quede limpia. Ah, la honra, recuerdo la frase de un famoso político y buen orador de antaño, que repetían mis abuelos: “Me asomé a la conciencia de un hombre honrado y era horrible”.
Dos, uno de ellos se asomó a la cámara, sentado en un colchón, con la tranquilidad de quien está en casa, tendido al sol para broncearse. Son más de tres mil presos, que ya pagaron sus condenas y no se quieren ir, ¡qué van a querer irse si allí lo tienen todo!, si poco les importa la libertad extramuros, si en la calle pueden ser víctimas de un bombazo en el momento más inesperado, si tienen que trabajar para sobrevivir, si lo que encontrarán es la quejumbre del hambre y la desesperanza.
El episodio además de insólito mueve un poco a risa, la temida cárcel es amada por ellos, la llaman, según el militar que contó el hecho, su casa y cuánto se quiere la casa, cuánto se añora su tranquilidad y la familia, siempre y cuando en ella no haya una constante lucha de intransigencias y desafueros familiares.
En todo caso el que unos presos se nieguen a recibir la libertad habla mucho del desastre en que está sumido el país. Nos preguntamos adónde irían a parar tres mil ex convictos en un país sin oportunidades, seguramente volverán a delinquir: matar, robar, extorsionar, en fin a aumentar el humero que se ha regado por toda Colombia y que amenaza con asfixiarnos, delinquirán para regresar a casa, la de los muros altos, el hacinamiento, la droga subrepticia, la del arma escondida, pero la casa, más segura quizás que el país.
Sigifredo López, los presos ranchados en no salir, carros bombas desactivados, atentado al ex ministro, con tantas interrogantes no resueltas, más cincuenta lesionados, dos inocentes del conflicto muertos, casas y edificios deteriorados, imágenes de guerra, todo esto y mucho más, en tres días es de espanto, de tristeza y de una cierta angustia por el futuro que se vislumbra caótico.
Sólo nos queda, como siempre solidarizarnos, no echarle toda la culpa al gobierno, aunque se sienta, se palpe un poco de desidia, pero no es tiempo de criticar, es hora de que hagamos algo para parar esto. ¿Sabe alguno qué podemos hacer, además de orar?
*Mary Daza Orozco|MI COLUMNA|El Pilón
