Por Mary Daza Orozco*

Bram Stoker escribió una novela que lo hizo famoso, pero más al personaje que la inspiró, personaje real, de carne y hueso y mundialmente conocido: el Príncipe Drácula. Su nombre era Vlad Tepes III de Valaquia, región de Transilvana, fue valiente, sanguinario, defensor acérrimo del cristianismo, lo conocían con el apodo de Drácula y el método que utilizaba frecuentemente para acabar con sus víctimas y con todo aquel que le caía mal era el empalamiento, lo que le hizo ganar otro título: Vlad Tepes el empalador, por el empalamiento que hizo de un pelotón de rebelde boyardos en 1459.
La historia del príncipe rumano (muy conocida en el mundo entero) que es cierta, no ficción, sólo es fantasía en la novela de Stoker y de otros escritores que han seguido la saga a su antojo y le agregaron colmillos y lo convirtieron en un chupador de sangre, en fin, el cine da cuenta de un nutrido acervo de historias sobre el tema; ahora ha inspirado a alguien que se le ocurrió imitar al príncipe sicópata y ensañarse con una indefensa mujer para aplicarle una tortura horrenda que no solo causa dolores irresistibles, sino que carcome y degrada la dignidad humana.

El empalamiento, el que utilizaba Vlad Tepes III, se hace de dos maneras: una estaca afilada en el ombligo o en el corazón, que causa la muerte inmediata, y la otra, la más horripilante, era la que introducía en forma aterradora la parte roma por el recto y se iba clavando poco a poco, pudiendo durar la angustia y el dolor hasta dos días.

Rosa, la que no debió ser tocada ni con uno de sus pétalos, fue víctima de la más dolorosa, de la más aberrante, de la más vergonzante tortura. El caso de Rosa Celis, madre enjundiosa, trabajadora y estudiante ha conmovido al mundo entero, hasta la ONU ha tenido que ver con el caso de salvajismo, de barbarie, que quizá en nuestro país sea una de las pocas partes donde se da, o quién sabe en qué otras regiones refundidas en donde existen rituales macabros.

Otra mujer colombiana ha sido zaherida, otra madre colombiana cae víctima del horror y del desafuero, otra mujer, que por el sólo hecho de serlo, es víctima del sino tremebundo del sinsentido que vive este país.

Se habla de un sicópata y eso está claro, porque ningún criminal por terrible que sea llega a tanto sólo que tenga la mente rallada, pero eso, si bien es importante para impartir justicia, no lo es para el dolor que aguantaría la mujer que tuvo el valor de pedir ayuda y de hablar de sus agresores, dolor físico, dolor del alma, qué abandono el que sentiría, qué horror el que aguantaría, cómo desearía la muerte rápida, Rosa a la que le marchitaron sus pétalos llenos de fragancia, que era amor por la vida. Qué dolor el de su pequeña hija, el de las mujeres de Colombia el del mundo y también el de los hombres, ¿por qué no?

Cuando esto ocurre salen a relucir otros casos parecidos, las autoridades tienen las estadísticas de las mujeres atacadas y víctimas de una muerte indigna, pero no se trata de contar, no se trata de llevar un minucioso estudio de quién o quiénes fueron agredidas, no, sólo vale lo que han tomado como eslogan los estudiantes del colegio donde Rosa terminaba su bachillerato: ¡Ni una más!

*MI COLUMNA|Por Mary Daza Orozco|El Pilón