DESDE LA BARRERA

Por Gustavo Rodríguez Gómez

La memoria es la capacidad de recordación, es la facultad que tiene el intelecto para retener y evocar lo pasado.
Mediante ella, se fijan e integran percepciones que, en algún momento futuro, habrán de influir en el comportamiento del individuo.
Ahora bien, por ser el intelecto una potencia del alma, mediante la cual nos es posible concebir las cosas, compararlas y juzgarlas para, así, poder inducir y deducir otras ya conocidas, entonces solamente la razón humana es susceptible al uso del entendimiento como herramienta del recuerdo.
Por esa refinada facultad, podemos reconstruir sucesos propios o ajenos; gracias a ella se hace más llevadera la existencia, pues las sensaciones anteriores de felicidad ayudan a sobrellevar las adversidades presentes, e impulsan a buscar soluciones a los problemas del diario vivir.
Así también, de igual manera, las vicisitudes del momento pueden ser superadas, merced a los recuerdos gratos del pasado.
Claro está que, para lograr esto último, se requiere de madurez y de mesura o sensatez, para saber aquilatar esos gratos instantes, con el fin de usarlos como lenitivos contra las adversidades presentes, cuando éstas traten de agobiarnos.
De otro lado, quien tiene desenvoltura -innata o adquirida- para poner por escrito sus recuerdos, le es fácil pergeñar el bosquejo de un cuento, la trama de una novela, las fantasías de una leyenda, el más sublime poema, el más espléndido ensayo y, entonces, podrá dejar esa huella que permita a las futuras generaciones conversar con él, cuando lean sus evocaciones pretéritas.
Amén de que le servirá de solaz, para hacer más llevadera la existencia que, de hecho, no está exenta de dificultades.
Esta divagación la garabateé al confirmar en fuentes seguras, el deterioro que viene sufriendo Gabriel García Márquez en sus procesos de recordación.
Él, el memorioso, el que fue capaz de verter en la historia de Macondo, a través de su excelsa obra literaria, sus recuerdos y las evocaciones de sus ancestros, está perdiendo la memoria.
Él, el que se inventó la máquina de catorce mil fichas para que José Arcadio Buendía no olvidara los sucesos de la humanidad, no recuerda su acaecer diario.
Él, el que derrotó a Carlos Fuentes -el insigne literato mexicano, amigo suyo- cuando apostaron a ver cuál de los dos recordaba más poemas de Gracilaso de la Vega -el lírico renacentista español-, en ocasiones, no recuerda los títulos de todas sus novelas.
Él, el que relataba completo “Pedro Páramo” -la obra cumbre de Juan Rulfo-, está perdiendo su memoria a corto plazo. Recuerda bien los sucesos de antaño, empero los de hogaño los olvida con facilidad.
Pareciera ser una ironía de la vida, una paradoja del destino; pero no, no es nada de eso; es el fantasma del olvido, ese que lo atormenta desde antes de recibir el Premio Nobel de Literatura; ese mismo olvido que sufrió Úrsula Iguarán en “Cien años de soledad”.
¿Sería premonitorio su epígrafe en “Vivir para contarla”? Allí dice: “La vida no es lo que uno ha vivido, sino lo que recuerda de ella y el modo en que decide contarla.”
Por eso, cuando nos llega la certidumbre de la vejez, pidamos a Dios que nos conserve la memoria, para poder vivir lúcidos hasta el último de nuestros días, evocando con placer los instantes de felicidad y con algo de nostalgia los insucesos de la vida; para que, hasta el final, la cordura guíe nuestros pasos.

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