El fue un enamorador empedernido y esa era su esencia. Su perenne ternura y amor los cultivó de tal manera que siempre había para él un nuevo amor. Las mujeres fueron su sendero, su camino, su destino, el centro de su larga y permanente inspiración, Ese velo misterioso se descorre al escuchar el gran
repertorio conocido por todos. Ese fascinante desfile de mujeres que su corazón tradujo en versos inmortales en el largo camino de su vida inspirada por ellas. Nostálgicas a veces, otras cantando su desesperanza por ser inalcanzables, escenario de amores que transitó el juglar desde su adolescencia hasta avanzada edad. Una pléyade de estrellas brilla en este universo femenino.
Desde Gloria, Crisanta, Juliana, Gladys, Catalina, María, Reyes, Nur, Norma. Algunas las amó solo con su canto, les dio sus afecto o fueron amores frustados y las tradujo en encantadores versos. Es el caso de Fidelina, Sielva María, Irene la del 039, Joselina Daza, Bren, Chava, Sabina, la del papelito de Ayapel. Compuso canciones que él creía alegres, pero eran nostálgicas. Por ellas no pudo zafarse de ese nudo sentimental y corporal que lo persiguió y lo apretó durante toda la vida.
Mantuvo en su alma siempre dos amores: su pedazo de acordeón, que lo inmortalizó y las mujeres que lo amaron e inspiraron. Con su acordeón romántico, melodioso, a veces irónico y punzante, era especial para enamorar sutilmente. Fue su cómplice, su alcahuete, Ya fuera en una serenata, en la parranda, o en un jolgorio, Nació a tal grado en ellos una relación erótica al cantar y hacer una declaración de amor con la melodía con versos inspirados, una mirada a veces ignorada o no percibida por la mujer a quien iba dirigida., acompañada de un bajo destacado. Llora en el lamento en ritmo de paseo y son, es divertido en el merengue y satírico y punzante en la puya. Él afirma: “ … yo en mi vida lo único que tengo es mi acordeón. Es mi amiga, mi confidente, todo se lo cuento. Después de mi madre él. De ahí sigue el resto.”
Este pedazo de acordeón donde tengo el alma mía /ahí tengo mi corazón y parte del alma mía
Muchachos si yo me muero les vengo a pedir el favor/ me llevan al cementerio este pedazo de acordeón
Esto dicen mis amigos que eso es una vanidad /¡Ay si nadie me da cariño como mi acordeón me da!
“…Y bonitas que son las maldecías”, asevera El Negro Alejo, riéndose. Aprendió a tocar el acordeón para enamorar, para prolongar así sus sentimientos. Fueron muchos los versos que salieron de sus labios como fracciones de su corazón, adornados con notas musicales: “ ¿ Cómo me vas a dejar morir mujer teniendo el remedio? …Yo tengo un dolor, no sé donde me duele; yo creo que es en el corazón, por las benditas mujeres.”
Conoció a Fidelina, mujer de la cual quedó prendado por su esplendorosa cabellera. La conoció cuando arreaba reses por los lados de Chimichagua. Ella en su casa, para coger fresco, acostumbraba sacar por las tardes un taburete que lo recostaba en la pared. Uno de esos anocheceres Alejo con su acordeón visita a un vecino de Fidelina, llamado Medardo Angulo y mientras cantaba, la veía por la cerca con el rabito del ojo.
No necesitó de más. Era mujer enamorada. Fueron amores de esquina y de corral. Se veían en los patios, en las tiendas, en el camino real, en los callejones oscuros del pueblo. Un viernes de luna llena, cuando Alejo “se la iba a sacá”, la abuela lo echó a perder todo. Ya habían quitado las tres astillas de leña de la cerca y estaba listo el portillo, cuando oyeron la voz de la abuela que les dijo: ” … Y tu pa’ onde vai Fidelina, vení pá cá, si no querei que te de con la mano del pilón. ” Entonces la abuela comenzó a gritar “ ¡ Un ladrón, un ladrón, un ladrón…!” La gente acudió al escuchar los gritos, llegó la policía y preguntó: ¿ Dónde está el ladrón…? La abuela respondió: ¡ Ese negro maluco que está ahí, ese negro, ese…!
¿ Usted es el ladrón? Preguntó la policía. “ Yo soy el ladrón, respondió Alejo.” ¿Que le iba a robar a la señora? “La nieta y si la deja mal puesta me la llevo…”
Vivía en Chimichagua cuando recibió una carta de Fidelina, inspirado por los recuerdos hizo una de sus más bellas canciones:
“Voy a coger mi acordeón / pa que escuches mi rutina / yo voy a hacer este son / pa que tu te diviertas Fidelina.
Fidelina, Fidelina / ella me mandó a decir / y me dice que le escriba / porque no sabe de mi.
Fidelina, Fidelina / me consuela mi acordeón / que tu negro no te olvida / es de todo corazón…”
A Irene la del 039 la conoció viajando, En esa época no había puente sobre el Río San Jorge. “Me embarqué en Montelíbano en la lancha de nombre “ La Víbora.”En eso entra una muchacha y se me sentó al lado. Yo en esa época no era mudo y enseguida le encaminé quedé fascinado y comencé a hacerle requerimientos amorosos.. Cuando llegamos a donde debía bajarse para seguir su ruta, tomé la maleta y la acompañé, Abordó en el puente del Río San Jorge un bus para Buenavista (Córdoba) cuya placa era 039. Me despedí. En eso me dice el chofer, la muchacha va llorando. Cuando quise llegar a San Marcos (Sucre) ya estaba lista la canción.
“Sabroso venía viajando / bajaba con mi morena / y al llegar a la carretera / allí me dejó llorando..”
Después sería Joselina Salas. Contrajo matrimonio con ella, enamorado y muy bien correspondido, pero fue una relación muy corta. La dejó instalada en Magangué, porque salía con mucha frecuencia a corredurías. El Negro le mandaba razones y cumplía a cabalidad con sus obligaciones, pero ella no estaba contenta por tan frecuentes ausencias. No oía su voz diciéndole palabras de amor, ni las melodías del acordeón que la cautivaron, no sentía a su lado ese cuerpo que tanto le gustaba acariciar y ser correspondida. Ella no soportó más los chismes y rumores y como hembra en celo al sentirse abandonada, sufrió la tristeza y melancolía del desengaño.
Tarde cayó en cuenta que su matrimonio había sido con un acordeonero y que ellos caminan más que las malas noticias. Pensaba, músico es para oírle la música y hasta luego. Lo abandonó, empacó los chécheres y corotos que le había dado y viajó en dos burros barcinos para un pueblo, cerca a Calamar. Cuando Alejo regresó encontró la casa desocupada, los vecinos envidiosos lo observaban a escondidas por los visillos y se alegraban de su calamidad.
No demora en llegar a su vida Catalina, la que conoció en Oreganal, una vereda de la Guajira. Cuando Alejo la amaba, ella escuchaba quejidos de acordeón en su alma.
La canción de Joselina Daza, según Alejo nace por la amistad de él con su compadre Víctor Julio Hinojosa. Estaba en Patillal de parranda en la casa de él y llegó Joselina quien le pidió que le dedicara una canción. La complació. Sin embargo, ella afirma: “ El Negro Alejo se fajó con una bella canción que me hizo demasiado famosa. La falla fue que yo no le paré bola, porque ya tenía novio y le era muy fiel” (Juan Rincón V. Soy la mujer que le toqué el corazón a Alejo. Revista XXII Festival Tierra de compositores), Dice:
“En el pueblo e Patillal tengo el corazón sembrado / y no lo he podido arrancar, ay! tanto como he batallado /Oye Joselina Daza lo que dice mi acordeón (bis) / yo no sé lo que me pasa con mi pobre corazón / Ay! Oye Joselina Daza por que no me das tu amor…
Eso si me ha dado duro / yo tengo una honda herida/ ya le dije a Víctor Julio/ que me cuide a Joselina
Pobre Alejandro Durán /No le cause maravilla /yo me voy a Patillal / en busca de Joselina
Coro
Oye Joselina Daza/ lo que dice este acordeón / yo no sé lo que me pasa/ con mi pobre corazón
Un gesto característico de Alejo, mientras tocaba era la cabeza un poco ladeada. La mirada inquisidora escrutaba de arriba abajo a las mujeres que le atraían. A veces sonreía con los ojos. El sombrero veintiuno de Tuchín (Córdoba), fue su compañero inseparable, parte de su personalidad. Su vestimenta era impecable: pantalón kaki, camisa blanca, zapatos modestos, pero lustrosos. Entre los dientes blanquísimos resplandecía el colmillo de oro que le había puesto un dentista en Sincelejo.
En el otoño de su vida su último amor, conocido fue Goya, Gloria María Dussán. Se enamoró de ella, de su personalidad cautivadora cuando El Negro llegó a Planeta Rica, en 1962, acompañado de una maleta pequeña de fuelle, su inseparable acordeón y un gallo fino. Le gustó el pueblo y su gente que le dio buena acogida, cariño y aprecio y un taburete para sentarse a conversar por las tardes, al calor de una taza de café.
Ella tenía 16 años y él 56. La miraba con disimulo. Experimentado en las lides amorosas, se ingenió la forma para decirle que la amaba y pedirle que formaran un hogar. Los padres de Goya no estaban de acuerdo por la diferencia de edades y por la fama de mujeriegos de los músicos. Pero, ella dijo que “si”. Vivió embriagado por este amor durante catorce años, hasta su muerte. Fruto de esta unión son cinco hijos que procrearon.
Para Goya como para muchas mujeres, Alejo no se ha ido de su lado. Sienten y escuchan a menudo los versos y su música. Goya conversa con él, quien la invita a que lo acompañe a los toques en las corralejas. A su tumba van en romerías amantes, a encenderle velas, a llevarle flores, amigos y admiradores a darle gracias por habernos dejado ese legado musical. Los varones le piden que les enseñe el arte de enamorar y a querer como él lo hacía. Los sinuanos aún le celebran su cumpleaños, en Planeta Rica: Miguel Emiro Naranjo, con las trompetas resonantes de su banda musical “Dicienueve de marzo”, el escritor José Manuel Vergara, con sus versos inspirados en su personalidad, la escritora Soad Louis Laka y el “Compa’e Goyo”, ahora departe con él sus cuentos y poesías en el más allá.
Es un universo pletórico de ensoñaciones que tienen como epicentro a la mujer, los recuerdos conservan nombre propio y surgen a granel en el inapreciable legado que nos dejó este original y prolífico maestro, convirtiéndose en una galería de rostros femeninos, donde cada uno es una historia, cuyo secreto solo él y su acordeón lo conocieron.
Alejo el caminante, el trotamundo está hoy más presente que nunca. Es el primer Rey Vallenato, el de 1968. Compositor, vocalista e intérprete, de los más auténticos que llevó la voz de la región con su canto de juglar, más llá de las fronteras. ¡…OA! ¡…APA! ¡…este pedazo de acordeón! ¡…este pedazo de acordeón!
*Cumbión. Fiesta que hacían en los pueblos donde generalmente se baila al son de la música de viento, cañas de millo y/o gaitas. El lugar era una especie de redondel. En el centro había una vara de la que pendían festones y cadenetas de papeles de variados colores
**Giomar Lucía Guerra y Jesús Peralta Mejía. Entrevista grabada en C.D,Planeta Rica, 1987..


DE PRIMERA ESTE RECORRIDO POR LA VIDA SENTIMENTAL Y AMOROSA DEL MAESTRO ALEJO, HOMBRE QUE HACIA LLORAR EL ACORDEON CUANDO LE PELLIZCABA LAS NOTAS Y MUJER QUE TUVIERA AL LADO CAIA EN SUS REDES PORQUE LAS GENTES DEL PASO, CESAR ,TENIAN EMBRUJO AFRICANO EN SU MIRADA Y DONDE PONIAN EL PLOMO LA CACERIA ERA SEGURA.
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