Los variados y coloridos dulces llaman la atención de turistas en esta época de vacaciones.
La Semana Santa está impregnada de un dulce sabor que contagia a todos por igual. Desde los más grandes a los más chicos, el paladar no se puede contener de degustar un buen dulce de guandul, de coco, de leche, o la llamada novedad de este año, pepino con limón.
El colorido de los dulces invita para que, en un posible descuido de la vendedora, se le meta el dedo a la palangana y se le dé la aprobación, sin dudar un solo instante de que se trata de un manjar que se pasea por los paladares y que niega a irse, mientras no llegue la próxima cucharada.
Es el sueño de niños hecho realidad. Es el mágico mundo del dulce, pero no de cualquier dulce, pues estos manjares han sido preparados por manos expertas que, año tras año, han marcado la tradición para esta Semana Mayor.
Como lo demuestra María Esther Cañate, una de las veteranas y maestras de este oficio que disfruta preparando estas delicias y que las vende a muy buen precio a los turistas que suelen llegar a la ciudad.
“Como todos los años vendemos nuestros dulces para el disfrute de todos. El vasito sigue costando los mismos mil pesos y aún así hay más de uno que estrila y dice que es muy caro”, asegura la mujer mientras le brinda a un pequeño la prueba de un dulce.
Los visitantes que llegan por estos días a la ciudad caminan por los sitios invadidos por los dulces como El Portal y uno que otro centro comercial que abre sus puertas a estas delicias. Más de uno no soporta la tentación y los colores parecen hipnotizarlo y atraerlo para que no se vaya con las manos vacías.
“Lo que nos ha llamado poderosamente la atención es ver el dulce entre las poncheras. Eso es una dulce tentación que uno no puede soportar y tiene que llegar a probarlos”, comentó Darío Gustavo Ramírez, un turista que llegó a la ciudad desde la capital del país.
Cartagena se engalana por estos días con los festivales de dulces. Las recetas y los secretos los mantienen vigentes estas mujeres, que no dudan en sacarlas de los baúles de la memoria y colocarlas al servicio de quienes no dudan en pasar una Semana Santa sin ningún problema y más bien disfrutar de estos manjares, así se suban unos cuantos kilos.
Por Rubén Rodríguez/El Heraldo
