MatildelinaMatilde Lina recuerda que aún con cuatro hijos y 29 años, Leandro Díaz quiso enamorarla. Se conocieron cuando ella era soltera, pero él no le dijo nada entonces. (Foto: Yajaira Otálora/VANGUARDIA )

Por la vida amorosa de Leandro Díaz transitaron mujeres que, aunque no fueron sus novias, se con-virtieron en las musas de letras exitosas para el folclor vallenato.

Las facultades para enamorar no las tenía Leandro Díaz Duarte en sus canciones, como todos imaginarían: el secreto estaba en las manos. Cuando las suyas hacían contacto con la piel de las mujeres paseaba por su mente la condición física de ellas.

Sabía si era gordita o delgada; blanca o morena; rubia o de tono castaño. “Tenía un secreto para eso y eso estaba en sus manos”, confiesa uno de sus tantos cómplices de aventura, su más apegado hijo Ivo Luis Díaz.

Al contrario del conquistador que ‘embruja’ con palabras, Leandro entregaba ‘embobadoras’ caricias a las damas. Rozaba sus dedos de manera delicada por cada centímetro de la mano de sus ‘víctimas’.

Le funcionaba tanto la artimaña que ya todos sus cercanos regaban sin piedad la noticia de que “no hay cosa más peligroso que las manos de Leandro Díaz”. Incluso, en las parrandas era necesario acercarse hasta su oído y decirle: “la que tiene al lado es mujer mía”.

Sin embargo, la clave no le funcionaba en todo momento y como a todo buen cazador ‘se le escapaba la liebre’. El que naciera sin ojos en su rostro contribuía a que algunas damas le dijeran que no.

El que fuera mujeriego connotado también impedía que su suerte fuera positiva. El caso de las mujeres que le inspiraron ‘La diosa coronada’, ‘La Gordita’, ‘Horas Felices’ y ‘Matilde Lina’, obras que marcaron páginas de oro para el vallenato.

“En el caso de ‘Horas Felices’ se la hace a una dama que conoce, la saluda con su mano, se ‘le prende el bombillito’ y le hace la canción”, cuenta en confidencia Ivo Díaz.

Matilde lo supo

Sobre el mediodía de ayer, Matilde Lina Negrete Soto lucía un blanco radiante con el que lamentaba la muerte de Leandro Díaz, el mismo que recibió fuerzas para cantar del Río Tocaimo, “un mediodía que estuve pensando en la mujer que me hace soñar”… en ella.

Su mente viajó con total lucidez hasta aquel 16 de julio de 1958, cuando lo conoció en unas fiestas de la Virgen del Carmen, en Manaure, Cesar.

Coincidieron ambos en alojarse en la casa de Juan Manuel Muegues, primo de ella. La mañana de ese día ocurrió el primer encuentro entre ellos. Hablaron de cosas varias, “pero él no me dijo que yo le gustaba”. Ella siempre estuvo a metros de Leandro.

Al transcurrir del día, Antonio ‘Toño’ Salas se la encontró y le comunicó que Leandro gustaba de ella. La historia quedó en puntos suspensivos.

El tiempo transcurrió con sus caprichos, hasta que Matilde Lina y Leandro volvieron a toparse. Ella no recuerda si fue en 19970 o 71, pero sí precisa que fue en Villanueva, La Guajira.

“Yo fui a un bautizo y por una de las calles escuché el acordeón de ‘Toño’ Salas, que era mi cuñado. Llegué al lugar y me paré en la puerta, entonces ‘Toño’ me dijo que siguiera”, narra Matilde Lina, mientras con gestos en su rostro anticipa que contará algo sorprendente.

A petición del acordeonero, ahí estaba ella. Leandro la detectó y de inmediato se puso en pie. “Señoras y señores, le voy a presentar a la mujer por la cual hice esta canción y sé que va a sonreír”, dijo, antes de cantar ‘Matilde Lina’.

En efecto ella sonrió, pero para sus adentros juzgó por anticipado la canción. No le gustó. “Pero luego tuvo todo el éxito”, recuerda ella, para luego mencionar que la mejor versión es la de Alfredo Gutiérrez. De segunda en favorita tiene la de Carlos Vives.

No titubea al decir que la parte que más le gusta es “cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana… porque me sorprende la ocurrencia: qué va a sonreír la sabana cuando yo caminaba”.

Ella sabía que las manos de Leandro eran un peligro, “por eso yo no me le sentaba cerca, porque sabía que enseguida me ponía las manos… yo tampoco quería ilusionarlo y a pesar de eso él vivía muy ilusionado, creyendo que algún día le diría que sí”.

Que lo conquistaran

A Leandro Díaz le encantaba que lo conquistaran, que lo enamoraran. Era un hombre de charla amena, de un lenguaje propio de poetas, sin que pasara por planteles educativos.

Su verbo provenía de los libros que familiares y amigos le leían para que no se sintiera solo, aburrido y abatido por su ceguera, que nunca consideró una condena.

Sus ojos eran sus manos y sus oídos. Él todo lo escuchaba, se lo grababa y todo lo tocaba. Todo lo exploraba.

Leandro fue uno de los hombres que en sus letras dijo cosas que en esa época compositor alguno había dicho, por ejemplo “como en adelanto van estos lugares ya tienen su diosa coronada”, o “cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”.

Ni que decir de “cuando las hojas débiles caen con dolor”, para decir que una hoja seca cae al suelo… sin haberla visto.

“Son expresiones que hizo mucho antes del vallenato lírico que hoy se escucha”, sostiene Ivo Luis Díaz.

En las manos de Leandro había tal sensibilidad que detectaba con antelación cuándo iba a llover. De golpe nadie le creía, pero dos horas después de su anuncio del cielo se desgajaban sendos chaparrones, que a todos hacía preguntar de dónde carajos Díaz supo eso.

En esa exploración logró percibir de la naturaleza muchas cosas. Dijo hechos que sí ocurrieron, como lo resalta en una canción que se llama ‘La historia de un niño’.

“En una ocasión predijo cosas negativas, que se dieron, desde entonces él optó por no abrir más la boca, porque de pronto alguno le metía un garrotazo por decir cosas que iban a ocurrir”, aseguró Ivo, su hijo.

Amores ‘a dos manos’

Acongojada por la muerte del padre de sus tres hijos, Nelis María Soto Liñán evoca aquellos años en que viviendo en San Diego compartió los amores de Leandro Díaz.

Era en el barrio Divino Niño donde ella tenía su casa en frente de Clementina Ramos, la otra madre de hijos del juglar.

“Era un viejo inteligente”, recuerda ella, a quien las sutiles caricias de Leandro llegó a enamorar, de tal modo que lo declaró el amor de su vida.

Ella recuerda que los días no eran tan difíciles. El acuerdo de dividirse las pasiones era tal que Leandro pasaba el día en una vivienda y la noche en la otra, al final de cuentas solo las separaba el cruzar de una calle.

“Era un buen hombre y siempre estuvo pendiente de mí, aunque ahora viviera en Valledupar y yo en San Diego”, afirma la mujer, con quien Leandro sostuvo contacto por última vez hace un mes.

En medio de lágrimas y miradas al techo, Nelis María se acercaba cada momento posible al féretro del juglar, con la firme intención de volver a tocar sus manos, con las cuales él logró ‘embrujarla’, hasta que la muerte los separó.

Publicada por Jorge Laporte Restrepo/VANGUARDIA