El último tren

Jerónimo Alayón Gómez Escritor Caracas, Venezuela.

Jerónimo Alayón Gómez. Escritor
Caracas, Venezuela.

Por Kornelius Dekker

Non diffiteor, quandoque in animo, tanquam in tabula, maioris et melioris mundi imaginem contemplari: ne mens assuefacta hodiernae vitae minutiis se contrahat nimis, et tota subsidat in pusillas cogitationes.

No niego que sirva contemplar alguna vez en el alma, como en una tabla, la imagen de un mundo mayor y mejor: no sea que la mente, acostumbrada a las minucias de la vida presente, se contraiga excesivamente, y se dedique entera a mezquinas cavilaciones.

Thomas Burnet
Archaeologiae philosophicae
1692

El último tren

Cuento finalista en el XXV Premio Internacional Juan Rulfo (Francia, 2008)

«La vida es un tren que marcha de regreso al cobertizo». Así solía decir mi amigo Franz Herzberg, hace poco más de sesenta años. Desde que me desperté a las 5.30 de esta mañana, lo he recordado con insistencia, quizás porque me he levantado con un dolor opresivo en la boca del estómago y una debilidad que me recuerda los días en Auschwitz. A mis 86 años no me cabe esperar mucho.

Como no tenía ganas de desayunar, me he ido a mi biblioteca para pasar el rato leyendo. Tomé al azar un libro y me sorprendió el hecho de que no sabía que ese libro estaba allí. Al menos no lo recordaba. Es la Balada del anciano marinero, de Samuel Taylor Coleridge, un libro delgado y largo, que nunca he leído. Más bien parece un folleto de lo breve que es. En la primera página, tiene escrito de mi puño y letra lo siguiente: Philippe Picard. Caracas, 12.09.1986. Así suelo identificar mis libros. Es una costumbre de familia.

Creo que me afectó leer la palabra anciano, así que me quedé sentado en la butaca, con el libro entre las manos. Recordé que había soñado con cumplir los veintiuno, pues era la tradición familiar celebrarlo con una tarta de manzanas.

Mi madre se esmeró aquel día: muy a pesar de lo pobre que éramos, hizo la tarta. Desde el día antes había buscado tres manzanas rojas y grandes. La mesa sobre la que comíamos era un reguero de harina. Ella, las pocas veces que hacía tartas, se divertía espolvoreándonos algo de harina encima. Cuando estuvo lista para el horno, me dijo: Di si quieres cambiarle algo. Después de que esté horneada, no habrá forma de hacerlo. Yo sabía que era solo una formalidad de mi madre que no debía atender. Finalmente la introdujo en el horno de una cocina a leña que ostentaba la marca Beutin con grandes letras.

Al rato, un aroma poco usual inundaba aquel departamento en un París que había olvidado el placer de vivir. Era el preludio de un festejo familiar que, si bien era muy sencillo, estaba impregnado de una profunda calidez familiar. Mientras la tarta se horneaba, mi madre volvía todo a su orden prístino, con tal prolijidad que podía verse en su rostro el placer que le producía. Cuando sacaba la tarta del horno, mi tío Arthur entró a la cocina gritando:¡Estamos en guerra! La verdad no recuerdo si comimos la tarta cantando las canciones típicas, pero sí recuerdo los años siguientes a la primavera de 1940.

Este es un libro extraño: muy alto y delgado. Se parece a un Quijote. Me pregunto de qué tratará. Tal vez no sea buena idea leerlo hoy. Supongo que pudo ser ideal de leer a los veinte, cuando podíamos asumir realidades últimas de la vida con desaire, pero a los veinte no tuvimos tiempo de leer, a los veinte estábamos en guerra, a los veinte se nos terminó la juventud en un deleznable paréntesis. La verdad es que siempre leemos: unas veces son libros y otras los no tan claros renglones con que la realidad escribe su guion.

Cuando mi tío Arthur entró a la cocina profiriendo aquel grito, mi madre se arrojó a sus brazos, llorando y musitando palabras ininteligibles. Yo no comprendía mucho lo que estaba pasando, pero algo me decía que tenía que ver con mi padre. Una sola vez mi madre me habló de él: Se alistó en el frente francés durante la Gran Guerra –me dijo– al tiempo que los alemanes nos iban a invadir. Cuando marchó, ni yo sabía que estaba esperando un hijo suyo. Tú naciste al año siguiente, y nunca más supe de él. Fue un héroe.

Mi tío Arthur, asomando el rostro por sobre el hombro de mi madre, me dijo con seriedad:Los nazis no son buenas personas. Hay que huir de Francia. Me quedé mirando a mi tío sin saber qué decir. Tendí mi mano para pasarla por la espalda de mi madre, pero a dos dedos de ella me paralicé, pues, de haberlo hecho, inmediatamente se habría volteado, habría secado sus lágrimas y habría dicho su típico ¡Con llorar no arreglamos nada! Era la primera vez que veía flaquear a mi madre.

Este libro es realmente un poema. Parece la historia de un viejo marinero que se echa a la mar, mata un albatros, y sufre como consecuencia una serie de castigos.

Cargado estaba el barco, salíamos del puerto,
pasábamos alegres
bajo la iglesia, bajo la colina,
bajo la luz del faro.

Todo comenzó una tarde del otoño de 1940. Mi madre me había pedido que fuera a la zapatería de Franz a recoger un par de zapatos que le había dado para remendar, y que se habían ido quedando allí por los acontecimientos. Yo detestaba ir a la zapatería de Franz. No sé aún por qué, pero yo, lo mismo que muchos jóvenes franceses de mi tiempo, odiaba a los judíos y a los curas. Había oído de algunas pocas detenciones de judíos, y, me avergüenza recordarlo, me alegraba de ello.

Todo comenzó una tarde del otoño de 1940. Mi madre me había pedido que fuera a la zapatería de Franz a recoger un par de zapatos que le había dado para remendar, y que se habían ido quedando allí por los acontecimientos mismos. Yo detestaba ir a la zapatería de Franz. No sé aún por qué, pero yo, lo mismo que muchos jóvenes franceses de mi tiempo, odiaba a los judíos y a los curas. Había oído de algunas pocas detenciones de judíos, y, me avergüenza recordarlo, me alegraba de ello.

Franz Herzberg y su esposa Frieda, con tres hijos, habían venido de Alemania unos años antes, pero no se establecieron en el barrio judío, sino en el barrio de La Butte aux Cailles, donde vivíamos nosotros. Recuerdo que cuando le pedí los zapatos a Franz, él, con mucha gentileza, me hizo pasar para que los identificara. Era un local pequeño y atestado de zapatos, pero bastante ordenado. Aun cuando había logrado identificar los de mi madre con rapidez, fingí no encontrarlos para detallar el lugar. Sentía ese tipo de curiosidad que hace que uno valore un momento como irrepetible.

Había varios estantes de caoba algo peculiares porque los entrepaños no estaban en posición horizontal, sino inclinados por delante hacia abajo, con un listón hacia el centro para retener los zapatos por el tacón. Había un estante para zapatos de caballeros, otro para los de damas y uno más para los de niños. Detrás de uno de los estantes, hacia una esquina muy reservada, había un letrero con letra calígrafa que decía: «Oye, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno». Mientras lo leía un par de veces, me percaté de que la mezcla de los olores del cuero y de la madera le daba al sitio una calidez particular.

Franz estaba puliendo unos zapatos sobre el mostrador desde el cual despachaba a sus clientes. Lo observaba afanado por obtener más brillo de los mismos, cuando reparé en un violín que estaba justo debajo del mostrador. ¿Tocas violín? –pregunté–.  respondió Franz–,era de mi bisabuelo y lo dejaré a mi primogénito varón. Es la tradición asentó con orgullo. No podía creer que un simple zapatero tocara el violín, así que para disipar mi escepticismo le pedí que tocara algo. En mi ignorancia no supe qué fue lo que tocó, pero hoy sé que había interpretado el famoso «Adagio» de Albinoni.

Estábamos en eso cuando entraron a la zapatería cinco soldados alemanes. Nos apuntaron a Franz y a mí, y dijeron algo en alemán que no comprendí. Franz respondió y se marchó con tres de ellos, mientras los otros dos quedaron en la tienda. Uno de ellos no dejaba de apuntarme con el rifle. Fue la primera vez que sentí miedo de morir. Al rato, Franz bajaba de su departamento con Frieda y sus tres hijos. Uno de los soldados que venía con Franz me hizo señas con el rifle y la cabeza de que me moviera. Franz murmuró: Creen que eres judío. Nos metieron a empujones en un camión militar mientras los niños lloraban desconsoladamente. No sé cómo Frieda conseguía abrazar a sus tres hijos a la vez. Nunca olvidaré el rostro de desolación de Franz. Al menos en ese momento, sentí sincera compasión por ellos.

A medida que avanzaba el camión, vi cómo quedaban atrás la rue de la Butte aux Cailles, luego la iglesia Sainte-Anne y por último la Place d’Italia. Se iban empequeñeciendo y alejando. Pensaba en lo que se angustiarían mi madre y el tío Arthur, pero confiaba en que todo aquel mal entendido se aclararía en unas horas. Al cabo de un rato, comencé a sentir rabia hacia Franz y su familia. Creía que todo aquello me ocurría por culpa de ellos, y tuve la osadía de pensar que los nazis tenían razón al perseguirlos.

Cuando el camión se detuvo y nos hicieron bajar, supe por otro detenido que estábamos en el Cuartel de Drancy, al noreste de París. Había varios camiones iguales descargando gente. De pronto, un niño de unos cuatro años echó a correr, y pude ver cuando un soldado alemán sacaba su pistola y le disparaba por la espalda. Acto seguido, giró a la izquierda y disparó sobre el pecho de la madre que se abalanzaba llorosa sobre su hijo. Un silencio, que años después se me haría familiar, invadió el lugar. Nos alineamos en columnas y empezamos a entrar al cuartel, que ya no era un cuartel, sino un campo de concentración.

Tal vez debería dejar de leer este libro y desayunar, pues mi hijo no vendrá hasta el mediodía. Pero, con esta molestia en la boca del estómago y la debilidad, no me animo a comer. En fin, seguro que me llevará a almorzar a ese restaurante donde sirven mucha comida en un solo plato. ¡Pobre! Con esta obstinación mía de vivir solo y a mi aire, termina sintiéndose culpable, pero la soledad permite sobrevivir al hombre que ya ha visto las entrañas del mal.

Y llegó la tormenta con su soplo
y fue fuerte y tiránica:
golpeó con sus olas dominantes
y al sur nos persiguió.

Y entonces hubo a un tiempo niebla y nieve,
e hizo un frío extraño;
y el hielo, hasta los mástiles, pasó flotando al lado.

¡Muévanse, bastardos! ¡Suban a prisa!, vociferaba un soldado alemán al que no le quedaba bien el francés gritado. Íbamos subiendo como podíamos a un tren, que no teníamos certeza de hacia dónde marcharía. Supe que mi madre había hecho algunas diligencias para conseguir mi libertad, pero todo acabó mal cuando el Jefe del Campo de Drancy le puso como condición que satisficiera sus apetencias sexuales.

Luego de la visita de ella, el Jefe del Campo me llamó a su oficina. Por aquí estuvo su madre –me dijo con aire de burla–. Usted fue arrestado en compañía de ese judío que pertenece a La Résistance, así que no se venga a hacer el tonto: ¡usted es otro de esos judíos revoltosos y pagará muy caro por conspirar contra el Führer! Fue la primera vez que oí hablar del Führer. Yo era un simple barbero y todo aquello me parecía incomprensible. Mañana mismo se me larga de aquí –gritó con furia sacándome a empujones de su oficina. En aquel instante creí que el Jefe me liberaría al día siguiente.

Ya estaba bien entrado el invierno y no teníamos ropas adecuadas, por lo cual sospeché que el viaje sería una calamidad. Era un tren de transporte de animales. El vagón que me tocó era pequeño. No tenía asientos, y en el piso había pasto seco y restos de bosta mal limpiada, lo que hacía que tuviera un olor y una apariencia repugnantes. Era de madera mal acabada y no tenía ventanas, sino dos pequeños respiraderos en la parte alta, uno de ellos con persianas de romanilla, y el otro, un hueco cruzado por alambres de púas. Cuando cerraron la compuerta, quedamos casi a oscuras y muy apretados. No sé por qué, pero en ese instante recordé a Franz, a quien no veía desde la llegada a Drancy.

No podría precisar cuánto duró el viaje, pero fue muy largo. A poco de partir, miré por la ventanilla y pude ver que atravesábamos las campiñas de Thieux. Me llamó la atención ver a dos niñas que huían en bicicleta. Saqué mi mano derecha para saludarlas. Ellas detuvieron su marcha por unos segundos, agitaron sus manos en respuesta a mi saludo, y prosiguieron su rumbo. Cuarenta años después, una de ellas fue mi vecina en estas montañas.

En algún momento del viaje, alguien se asomó por una de las ventanillas y gritó: ¡Estamos en Polonia!, a lo que nadie pareció dar demasiada importancia. Yo me preocupé, pues nunca había salido de París, y la incertidumbre era muy grande. En ese momento, y en muchos más, sentí nostalgia de mi casa, del olor a tarta de manzana y del olor a frijoles, de las tardes de domingo en el bar de la rue Buot y de las mañanas de lunes en la barbería de la rue de L’Espérance. Comencé a echar de menos a mi madre y al tío Arthur.

Recuerdo que, a pesar de la penumbra, pude reparar en una muchacha que estaba en diagonal frente a mí. Parecía de unos 15 años. Sobre sus hombros caía un chal que la hacía aparentar más edad. Su cabello, ondulado y con una raya al centro, era de color castaño, y su tez, muy blanca, resultaba casi transparente. Su nariz perfilada y sus labios finos lucían bien compuestos en un rostro ovalado de anchos pómulos. Coronando su rostro, dos cejas bien pobladas y una frente estrecha, sin flequillo, le daban un aire de rara delicadeza. Se la veía tan frágil que por momentos estuve tentado de acercarme a ella y sostenerla.

De pronto, el chico de la ventanilla gritó: ¡Estamos llegando a Auschwitz!, y nadie reaccionó, excepto la joven que murmuró: Exaltado y santificado sea su gran nombre, amén. Cuando abrieron la compuerta del vagón, logré quedar muy cerca de la muchacha y le pregunté:¿Qué fue lo que dijiste hace un rato? Y con voz muy baja me dijo: Es el comienzo de la plegaria judía por los muertos. Moriremos aquí. ¿O es que acaso no sabes dónde estamos? Quise seguir conversando con ella, pero la confusión para descender del tren me lo impidió. Apenas pude saber que se llamaba Annie.

Y, a la deriva, vimos nevadas escolleras
que enviaban un lúgubre fulgor:
ni hombres ni bestias vimos;
el hielo estaba en medio.

Calculo que era ya el final de la tarde. Nos formaron en un andén. Pude ver la extensión blanca del campo. El frío calaba en los huesos y temblábamos más por el miedo que por la helada. Avanzábamos en dirección a un par de soldados alemanes. Uno de ellos, bajo de estatura, tenía doblado el brazo derecho sobre el pecho, descansando el codo izquierdo en su mano derecha, de modo que hacía un número cuatro con sus brazos. Con el índice de su mano izquierda, iba señalando a la derecha o a la izquierda, hacia donde debíamos ir a formarnos en fila. Cuando llegué hasta él, no movió el índice, sino que se me quedó mirando fijamente con sus ojos azules. Se volteó hacia el otro soldado y cruzó unas palabras en alemán. Luego, sin mirarme, apuntó hacia la derecha dos veces y caminé hacia la fila correspondiente.

Sentí un escalofrío, pues la fila de la derecha, hacia la que avanzaba, era apenas la cuarta parte del tamaño que alcanzaba la de la izquierda, así que tuve un mal presentimiento:«Nos van a matar –pensé–, esta debe ser la fila de los que van a matar». Con mucha zozobra me puse a mirar a los que integraban la fila de la izquierda. Hacia la mitad estaba ella, Annie. Se la veía erguida, con entereza, si bien recuerdo que en su boca se dibujaba un rictus de tristeza. La desolación que de sus ojos brotaba me hizo sentir por ella una compasión hasta entonces desconocida por mí, un deseo de ayudarla y protegerla.

Ya de noche pregunté a un preso más antiguo por el destino de los que estaban en la fila izquierda: Los van a fusilar –afirmó con naturalidad. Al rato pude escuchar los disparos, y pensé en Annie. Recordé su rostro en la fila del andén, y experimenté un sentimiento de culpa por estar vivo. Si en ese momento me hubiesen planteado ocupar el lugar de Annie en el Muro Negro a cambio de que ella viviera, lo habría hecho. Nunca más la vi, pero siempre se quedó en mí su tristeza y el deseo de conjurar su infortunio.

Al ocaso nos dijeron que nos íbamos a duchar para desinfectarnos. Nos llevaron a una sala muy grande, pero antes de entrar nos cortaron el cabello al ras: no fue un buen corte. Luego nos obligaron a desvestirnos por completo, y pasar por una fila de unos diez soldados de la SS que nos golpeaban, gritaban y escupían. Cuando por fin entramos a la sala, nos dispararon agua fría a presión. No sé qué tenía el agua, pero recuerdo que me ardía en mi sexo y en las axilas. Al salir de allí, nos hacían señas para que nos vistiéramos a prisa, con lo cual cada quien se colocó la ropa y zapatos que primero tomó, sin importar que no fuera la suya. En ese momento, tuve conciencia de que tenía algo precariamente mío: la vida.

Aquella primera noche en Auschwitz no dormí. A pesar del cansancio, no pude dormir. Trataba de pensar, pero las ideas se agolpaban. Estaba embutido junto a otros seis hombres en un catre de apenas dos metros, sin cobija, sin almohada y durmiendo de lado, directamente sobre la madera. Nunca en mi vida había dormido abrazado a otro hombre, pero el frío calaba en los huesos de tal manera que aquella aberración se hacía soportable. Tan solo algunos días después, ya no sería problema dormir a cuenta del agotamiento, pero, al menos aquella noche, me di el lujo de no dormir. No podía sacar de mi mente el apesadumbrado rostro de Annie.

Lejos cruzó un Albatros;
a través de la niebla apareció.
Como si hubiera sido algún cristiano,
en el nombre de Dios le saludamos.

Hacia el final de la primavera de 1941, habían muerto dos hombres en el barracón catorce, que era donde estaba yo. Uno de ellos dormía en mi litera, así que estaba contento de poder estirarme un poco en las noches. Dos días después trajeron a dos prisioneros para completar la falta: uno era un sacerdote polaco. No podía creer que tuviera que soportar respirando en mi oreja a un cura. La primera noche le advertí: No creo en los curas, a lo que respondió con una sonrisa: Pues al menos espero que sí creas en Dios. Aquí es la clave para sobrevivir. Me sorprendió que hablara francés, si bien me resultaron chocantes sus modales comedidos y su aire de imperturbable serenidad.

Transcurridas unas semanas, el barracón estaba convulsionado con el curita. Se rezaban rosarios nocturnos en voz baja en cualquier rincón, y de pronto algunos presos, incluyendo unos pocos judíos, parecían encontrar fuerzas especiales para paliar la debilidad. A mí todo aquello me repugnaba: cualquier cosa que no atañera directamente a la sobrevivencia material me resultaba simplemente despreciable. Recuerdo que una mañana uno de los presos se quejaba por tener que meter sus pies llagados en unos zapatos encogidos por la humedad de la faena en el campo, y lo miré con superioridad: «Pobre diablo –pensé–, será el próximo en ir al Muro Negro». Mientras pensaba esto, el padre Kolbe se aproximó al infeliz, besó sus pies y rezó. No pude soportar aquello, de modo que salí apresurado a formar de primero frente al barracón, antes del alba.

Un día, por fin, le dije al cura polaco: No creo en los curasSí –me respondió serena y firmemente–, eso ya me lo has dicho antes. ¿Y por qué? La oportunidad estaba servida: No creo en los curas porque el sinvergüenza del párroco de mi barrio iba a hurtadillas en las noches a meterse en la cama de una mujer casada, todo en ausencia del marido que se desnarigaba trabajando para darle lo mejor a su mujer. Luego, en misa, el curita condenaba el adulterio.

Él se me quedó viendo entristecido, pero con su habitual firmeza, y me contestó: Espero que si te ha bastado un mal cura para dejar de creer en la Santa Iglesia, te baste otro cura santo para volver a creer en ella. Uno por otro me parece un buen trato. Se dio la vuelta y siguió cavando la zanja. En ese instante, el guardia descargó con la culata del fusil un golpe sobre sus riñones que lo derribó. Él solo se paró, musitó algo en latín, y siguió su trabajo. En ese momento, no me pareció alguien especial, sino un simple y despreciable cura.

Mi opinión sobre él cambió hacia el verano. Un preso de nuestro barracón se había fugado. Aquella noche no dormimos. Ya sabíamos lo que pasaría al día siguiente. El padre Kolbe convirtió otra vez el barracón en una capilla. Allí estaba parado, frente a mi litera, dirigiendo un rosario. Era un hombre no muy alto, aunque sí de una contextura fuerte, de rostro redondo y un entrecejo que mantenía fruncido todo el tiempo, lo que le daba un aire de autoridad. Era de modales suaves, aunque decidido. Mantenía una parsimonia a prueba de insultos, y siempre estaba rezando. Aquella noche dijo una frase que nunca olvidaré: El odio destruye, solo el amor crea.

Antes del amanecer, nos sacaron a formar delante del barracón. Aquel día no fuimos al campo a trabajar, sino que estuvimos toda la jornada de pie, como una teja expuesta al sol del verano. No nos dieron de comer ni de beber. Tampoco se nos permitió hablar entre nosotros: solo se oía el murmullo del padre Kolbe rezando y el de algunos prisioneros que lo seguían. Por fin apareció el tan temido Comandante Fritzsch, y lo incomprensible se haría realidad: diez hombres, escogidos al azar por el Comandante, serían llevados al sótano de la muerte a morir de inanición, para pagar así por la osadía del preso fugado.

Fritzsch comenzó a caminar por entre las filas. Cuando llegó a mí se me quedó mirando con desprecio de abajo a arriba. Luego miró por encima de mi hombro y gritó al de atrás: ¡Raus!Ya habíamos aprendido que en alemán significaba ¡fuera! Pude escuchar cuando el infortunado dijo: ¡Ay de mi esposa y de mis hijos! Era un sargento polaco de nombre Francisco. Así fue el Comandante escogiendo uno a uno los diez que irían al suplicio. Delante de mí había un muchacho joven, extenuado por la tuberculosis y la tos, a quien Fritzsch sacó de último. Al terminar, el Comandante se dirigió a nosotros y gritó algo en alemán. El de mi derecha tradujo: ¡La próxima vez serán veinte, o quizás treinta!

Cuando ya estaban los condenados formados en fila y listos para marchar, me tropezó el padre Kolbe que había salido de la formación y caminaba apresurado hacia el Comandante Fritzsch. Por un momento pensé que lo iba a increpar y me dije: «Este idiota va a hacer que saquen a otros diez. ¿Qué hace?». El padre Kolbe se paró firme frente a Fritzsch e intercambió unas palabras con él. El Comandante se rascó la nuca, parecía dudoso, y volteándose hacia el sargento polaco gritó ¡raus! Pude ver cómo el sargento regresaba a colocarse justo detrás de mí, en tanto que el padre Kolbe ingresaba al final de la fila de los diez condenados. El Comandante volvió a gritar mientras empujaba al padre Kolbe, quien sostenía por las axilas al pobre tuberculoso. Al cabo de unos segundos, tras del barracón catorce, desaparecía para siempre la fila de condenados.

Supe después que el padre Kolbe había implorado al Comandante Fritzsch ocupar el lugar del sargento. Nunca me explicaré cómo aquel asesino no se llevó ese día a once presos en lugar de diez: era lo que su lógica criminal le tenía que haber dictado. El padre Kolbe sobrevivió junto con otros tres reos por tres semanas, al cabo de las cuales les inyectaron veneno para liquidarlos. Día a día hacíamos lo que se podía por obtener noticias del cura. Bruno, el sepulturero, pasaba clandestinamente la información, y sabíamos que aquel sótano, ocupado por hombres a punto de morir, era un oratorio. Un día le pregunté: ¿Crees que puedas arreglar que baje allá para ver al padre Kolbe? Sí, pero no podré arreglar que subas de allá –añadió con ironía. Sentía que había desperdiciado un tiempo valioso para conocer a aquel cura poco común, y ya era tarde para ello.

Cuando el padre Kolbe murió, fue la única vez que recuerde haber visto a otros presos llorar por la muerte de uno de nuestros compañeros. La apatía y la indiferencia enmascarada frente al dolor eran tales que no nos deteníamos ya a sentir conmiseración por el dolor ajeno. Con el padre Kolbe fue distinto. Tenían razón sus palabras proféticas: un cura santo me bastó para borrar de mi memoria todo mi resentimiento. Aquel verano de 1941, cambió mi opinión sobre los curas. Nunca podré entender cómo en aquel lugar de miseria moral y desolación, que llamábamos anus mundi (el ano del mundo), pude encontrar algo sublime de mí cuando conocí a Annie y al padre Kolbe, entre otros.

Definitivamente sí voy a desayunar. La verdad es que no resisto pasar hambre. Mientras preparo un café con leche y una tostada, miro por la ventana de mi cocina el paisaje que se divisa desde aquí: lomas de montañas, unas tras de las otras, y al final el mar Caribe. Llegué a estas tierras hace cincuenta y nueve años, en 1946, y me adapté sin mayores sobresaltos a la vida del trópico, a su gente bullanguera y feliz. Luego del desayuno me vi tentado de no seguir leyendo el libro, pero debo reconocer que soy muy testarudo y que me cuesta mucho trabajo dejar algo a medias, así que continué leyendo.

Pasó así un tiempo fatigoso. Toda
garganta estaba seca,
y los ojos vidriosos. ¡Qué tiempo de fatiga!

Sobreviví en Auschwitz cuatro años gracias a que era barbero. Al principio solo cortaba el cabello de los que pasaban la selección del andén, para clasificarlo luego por forma y color, y guardarlo en bolsas de sayal que disponían para ello los soldados de la SS. Pero desde 1944, ejercí de barbero en una forma indigna. Nos habían cambiado el guardia de nuestro destacamento por otro que resultó ser de padres franceses, razón por la cual pasé a ocupar un lugar de privilegio a su lado en las marchas a la faena de trabajo, en las cuales conversaba parcamente conmigo en un francés muy bien pronunciado.

Un día me preguntó: ¿Si no eres judío, por qué llevas el distintivo? No soy judío –asenté–, pero me tomaron por tal cuando fui arrestado en la zapatería de un judío. Algunas semanas después, otro guardia me sacó brutalmente de la formación y me condujo hasta una ambulancia con una cruz roja. Al verla se me heló la vejiga, pues en ella trasladaban a algunos judíos a las cámaras de gas en Birkenau, que era la segunda etapa de Auschwitz. Cuando la ambulancia se detuvo en Birkenau, me bajaron. Frente a mí estaba el guardia de la SS que tenía padres franceses. Se acercó y murmuró: Te he conseguido mejores condiciones, pero debes hacerte pasar por judío y tener estómago para desempeñar las tareas que se te encomendarán.

Unos minutos después yo era un sonderkommando de Birkenau, formaba parte de un comando especial de judíos cuya misión era desnudar y conducir a las víctimas hasta las cámaras de gas, sacarlos muertos de allí, cortarles el cabello, despojarlos de sus piezas de oro en la boca, llevarlos a los crematorios y finalmente eliminar las cenizas. A mí me tocó la tarea de cortar el cabello, si bien era frecuente que participara de las demás tareas en virtud del volumen de muertos. Por supuesto, estábamos aislados del resto de los reclusos para que no contáramos lo que sucedía, y recibíamos una ración extra de sopa o de pan, además de un trato preferencial. También era frecuente, por nuestro aislamiento, que algunos soldados de la SS nos contaran sus infidelidades o sus conflictos matrimoniales, y hasta terminaran haciendo alguna confesión imprudente sobre el curso adverso de la guerra.

¿Es una Muerte? ¿Hay dos?
¿Es la Muerte quien va con la Mujer?
Era la pesadilla de la Vida-en-la-Muerte
que con su frío cuaja la sangre de los hombres.

No pude adaptarme a mi nuevo desempeño y solo había un modo de renunciar a él: entrar a la cámara de gas. En una ocasión, otro sonderkommando que me ayudaba metiendo las víctimas desnudas en la cámara IV me dijo: Voy a entrar, no soporto más verlos morir así. Cuando esté adentro, haré lo posible por consolarlos. Se quitó rápidamente la ropa y entró. En aquel instante estuve a punto de hacer lo mismo, pero un pensamiento llegó a mi mente:«Debo vivir para contar al mundo este horror».

Antes de entrar a las cámaras de gas, había un amplio local que simulaba ser la antesala de un baño. Allí los condenados a muerte, en su mayoría mujeres, se desnudaban y dejaban sus pertenencias apiladas en una gigantesca montaña. Al principio, hacían por cubrir su indefensa desnudez ante nosotros, pero pronto la vergüenza desaparecería junto con la vida. No había morbo alguno en mi mente frente a tantos cuerpos de mujeres desnudas. Más bien sentía pudor de mirarlas y pena por lo que en breve les sucedería. Aún por las noches despierto con sus rostros en mis pesadillas y los gritos de sus gemidos agonizantes.

Recuerdo a una anciana que tenía en sus brazos una niña de dos años. Ella sabía que morirían, pero hacía cosquillas en el cuerpecito desnudo de su nieta, la cual reía con sonoras carcajadas, mientras que la abuela completaba el juego con largos y tiernos besos. De pronto hice algo que pudo costarme la vida: fui hacia la montaña de pertenencias, extraje una muñeca y se la entregué a la niña. La anciana me sonrió. No podía entender aquella serena sonrisa en vísperas de la devastación.

Se abren las puertas del infierno y el silencio lo domina todo. Ha llegado el momento. Tomo del brazo a la anciana y hago señas al grupo para que avance. Caminan hacia el interior de la cámara, bajo la mirada de algunos soldados de la SS. Dos de ellos cierran la pesada puerta y la aseguran. Es de noche. Dos figuras fantasmagóricas, con sendas máscaras, surgen en medio de la niebla. Caminan hacia un respiradero de la cámara por el que arrojan el contenido de una lata. Casi inmediatamente comienzan los alaridos que se prolongan por varios minutos. En mi mente resuena la risa de la niña, y aprieto con fuerza los dientes hasta sangrar. Finalmente el espanto de la muerte acalla todo gemido y también nuestras conciencias y toda voluntad de protestar. Es la vida en muerte.

Cuando se volvían a abrir las puertas, cada sonderkommando hacía lo suyo. Yo era un barbero de la muerte. No sé cómo, pero tropecé con la anciana y a la niña de dos años. Cuando terminé de cortar el cabello de la niña, guardé un mechón en mi bolsillo, y lo enterré más tarde, junto con la muñeca, al pie de un tejo. Fueron muchas las veces que fui delante del tejo, cada vez que me tocaba la infeliz tarea de afeitar a un niño. Después de la liberación quise desenterrar la muñeca y el mechón de cabello, pero no tuve coraje: aquel era un camposanto.

En torno, en torno, en giro y en orgía,
los fuegos de la muerte danzaban por la noche.

Una vez que habíamos limpiado los cadáveres, eran subidos a una carreta y trasladados a la sala de crematorios. Treinta bocas no paraban de arder noche y día. Los cadáveres eran colocados por medio de largas tenazas en filas de a dos frente a cada boca de horno. De cuando en cuando, entre dos cadáveres, yacía el tercero de un niño.

Todas las bocas eran iguales: un arco de medio punto con una pesada puerta de metal que nunca cerrábamos. Abajo de la boca, otro orificio de forma rectangular recibía el combustible, aunque el verdadero combustible era la grasa humana. La escena era infernal. La pequeña boca no cesaba de engullir cadáveres. El fuego pronto lo consumía todo. En solo veinte minutos devoraba el cuerpo sin vida, y con él lo que fue un mundo de sueños y esperanzas. Un sonderkommando que algunas veces me acompañaba en el crematorio, viendo las llamas adueñarse de los cuerpos, musitaba: Vasto mundo libre, ¿verás algún día esta llama?

Este sonderkommando, de nombre Zalmen, se había percatado de que yo no era judío: Si fueras judío –me increpó– tendrías otro comportamiento ante los hermanos muertos. Los judíos no aceptamos la cremación y lo menos que podemos hacer es recordar la oración por los muertos: Exaltado y santificado sea su gran nombre… En aquel instante lo interrumpí: Annie –grité–,Annie –susurré con tristeza. Zalmen intuyó algo y me dijo: Te enseñaré el Kadish, la oración judía por los muertos, para que la recites antes de introducirlos a los hornos. Yo no era judío, pero el tiempo que fui sonderkommando la recé como si lo hubiese sido, y recordando a Annie.

Unas semanas más tarde, mientras estaba yo en la enfermería atendiéndome una reincidente lesión en el pie izquierdo, escuché algunas explosiones: una sublevación de los sonderkommandos había volado el crematorio IV. Yo me había salvado, pues conocía de cerca a los implicados. Al día siguiente me incorporé al crematorio II, y tuve que ayudar a acarrear cuerpos hasta los hornos. Los primeros fueron los de quienes habían dinamitado el crematorio IV. El cadáver de Zalmen estaba frente a mí. Tomé las pinzas con pulso tembloroso y lo arrastré hasta el vestíbulo de una de las bocas de horno.

Su rostro lucía sereno y bien compuesto: el horror no había logrado ajar el alma de aquel hombre. Una vez allí, recé el Kadish con respeto, invocando la memoria de Annie y de Franz. Cuando lo introdujimos al horno, las llamaradas parecían estar reacias a hacer su trabajo. Tardó más de lo habitual en consumirse, como si aún siguiera resistiendo al embate del mal. Fue entonces cuando comprendí que la maldad es el imperio de unos pocos hombres a los que los hombres buenos no ponen límites, que a pocos kilómetros de Auschwitz retozaba la vida, de espaldas al humo de las chimeneas de los crematorios.

¡Solo, solo del todo,
solo en un ancho mar!
¡No sintió ningún santo compasión
de la angustia de mi alma!
Todos quedaron muertos:
y mil y mil viscosos animales
siguieron vivos, y lo mismo yo.

Fue antes de ser un sonderkommando. Una mañana, en la litera de enfrente, ocupando el lugar de un recluso gaseado, estaba Franz. No lo podía creer. El destino nos había reunido nuevamente. Hice arreglos con un interno para ocupar su lugar en la litera, junto a Franz, a cambio de mis zapatos relativamente buenos. Pasamos noches interminables contándonos nuestros infortunios y sueños. Nos hicimos amigos entrañables, al punto de que soñábamos juntos con increíbles recetas de cocina francesa para cuando saliésemos de Auschwitz.

Estaba acabado, arrugado y con el poco pelo que tenía blanco. Me dio tristeza que me contara cómo habían asesinado a su esposa e hijos en Treblinka. Cuando nos separaron en el andén de Treblinka –dijo– ella abrazaba a mis hijos en la fila izquierda, mientras me sonreía. Sabía que morirían. Dos meses después me deportaron a Dachau. Franz estuvo en la barraca catorce apenas tres semanas. Una noche me dijo: Estoy en la lista del Comandante. A la mañana siguiente, lo vi sentado al borde del catre, limpiando como podía sus zapatos. Se los calzó con orgullo, me miró, y sonrió. Horas más tarde pregunté por Franz a un recluso que hacía de correveidile, y me señaló las chimeneas del crematorio: Ya está ascendiendo –dijo. Un nudo de amargura ató mi garganta, y de nuevo sentí culpa por estar vivo.

Déjame estar despierto, oh Dios mío, o si no,
déjame que me duerma para siempre.

Cuando se esparció el rumor de que los rusos se acercaban a Auschwitz, nos mandaron a la cámara de gas a todos los sonderkommandos. Yo me escapé: aprovechando la confusión, recorrí a pie los tres kilómetros que nos separaban de  Auschwitz I, y me mezclé entre los reclusos. Cuando la SS evacuó el campo, yo fui de los pocos que quedaron para la llegada de los rusos. Al verlos temblé, como aquel día ante los soldados alemanes en la zapatería de Franz, pero nada podía ser peor.

Seis semanas más tarde, llegaba por carretera (nunca más he tomado un tren) a mi barrio en París, pero ya no estaban ni mi madre ni el tío Arthur: Dios sabe a qué campo fueron deportados por pertenecer a la Resistencia francesa. Nada tenía sentido: quizás hubiera sido mejor quedarse para la cámara de gas. Europa era el Continente de la Desolación. Decidí entonces venir a América, y armar el rompecabezas con los despojos de mi existencia.

Desde entonces, en horas imprevistas,
esa angustia me vuelve:
y hasta que no se cuente mi relato espectral,
me quema el corazón.

Esta opresión en la boca del estómago ahora se me expande a todo el pecho. Creo que cumplí mi misión: vivir para contar el horror de aquellas horas en un infierno nazi. Finalmente he comprendido la sonrisa de Frieda, de Franz y de la anciana en la cámara IV: es la misma sonrisa de «La Gioconda». Acaso el mejor modo de asumir lo incomprensible.

Solo Annie se resistió a sonreír. Su rostro fue una increpación sin texto posible. Mil veces he tendido en sueños mis manos para secar sus lágrimas, el llanto con que la humanidad llora en todos los Auschwitz que aún quedan por liberar, el llanto con que se podrán apagar todos los crematorios de la iniquidad humana, el llanto que hará cálido el regreso al cobertizo del último tren de la existencia.

Creo que no alcanzaré a almorzar con mi hijo. Pronto se abrirá la puerta y la hora habrá llegado. Ya no temo. Exaltado y santificado sea su gran nombre, amén. Ya he pulido mis zapatos, y estoy sentado al borde de mi cama, listo para sonreír, Annie.

 

Un comentario

  • El último tren
    Cuento finalista en el XXV Premio Internacional Juan Rulfo (Francia, 2008)
    Es un relato muy bien narrado, llleno de figuras literarias sin abusar de ellas. Me hace recordar a Marcel Proust en “en busca del tiempo perdido,” A pesa de ser tiempos de guerra las narraciones sobre costumbres familiares, ayuda a los perseguidos son bellos literariamente. Algunos nos conducen al estado de guerra fratricida en Colombia, otros a nuestra niñez;:”Era el preludio de un festejo familiar que, si bien era muy sencillo, estaba impregnado de una profunda calidez familiar. Mientras la tarta se horneaba, mi madre volvía todo a su orden prístino, con tal prolijidad que podía verse en su rostro el placer que le producía. Cuando sacaba la tarta del horno, mi tío Arthur entró a la cocina gritando:¡Estamos en guerra! “

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