Toño Fernández, el gaitero mayor

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Por Ricardo Gutiérrez Gutiérrez*| El eco que generan los vientos Alisios sobre la costa Caribe y su zona marítima al encontrarse con los Montes de María en Bolívar, producen sonidos agradables que recuerdan costumbres de sus habitantes y se convierten en manifestaciones folclóricas y culturales través de la gaitas fusionando así tres culturas musicales: Los aborígenes que aportaron los pitos y las maracas, los Negros los tambores y los Españoles el canto y la poesía.
Con el nombre de gaita se conoce un aire musical y un instrumento cuya estructura está compuesta por la gaita hembra que lleva la melodía y se acompaña del tambor alegre, la gaita macho que es la marcante, va acompañada de maracas, de igual manera el tambor llamador se comunica también con las maracas, y tiene como instrumento esencial la tambora que hace la función del bajo. En ese entorno, en San Jacinto, Bolívar, nació Miguel Antonio Hernández Vásquez Cruzate, en 1902, conocido popularmente como Toño Fernández reconocido nacional e internacionalmente como “El gaitero mayor” por interpretar las gaitas con una gracia única y por haber creado la reconocida agrupación Los Gaiteros de San Jacinto, compuesta inicialmente por Toño Fernández, Juan Lara, Nolasco Mejía y José Lara quienes ejecutaban los cuatro instrumentos básicos. Toño, aunque no tenía ancestros musicales, aprendió rápidamente al escuchar con detenimiento el sonido de los “palos con cera” que generan algunas veces melodías alegres y otras melancólicas. Su primo Ramón Barreto le enseñó los secretos de la gaita y su inteligencia inigualable le facilitó en poco tiempo sobrepasar el conocimiento que tenía de ese instrumento el gaitero-compositor de la ” Mica Prieta” y de mayor renombre en San Jacinto, Teófilo Mendoza. Logró además la asombrosa proeza de ponerle letras a las gaitas.
Filósofo del verso
Me contó Adolfo Pacheco Anillo que Ton?o era un hombre dicharachero, de memoria envidiable, vanidoso, dueño de sí mismo, un ser excepcional, de quien aprendió a construir los primeros versos y quien fue su soporte y orientador musical, pues su padre aunque parrandeaba con él permanentemente en el salón de baile ” El Gurrufero” se oponía a que se dedicara a la música, pues consideraba que solo traía ron y perdición. Toño que confiaba siempre en el talento de su discípulo por las enormes cualidades musicales que mostraba, años después se sintió gratificado cuando Adolfo compuso La Hamaca Grande y a su padre Miguel Pacheco Blanco, el reconocido merengue ” El viejo Miguel”, al verlo agobiado por la soledad que le produjo la partida de su madre Mercedes Anillo y por las dificultades económicas ocasionadas por la quiebra de sus negocios. Estas adversas situaciones llevaron a Miguel a tomar la determinación de irse a vivir a Barranquilla buscando consuelo, paz y tranquilidad

Toño hablaba en versos. “Cuando nos encontrábamos en la calle me decía: Oye, Adolfo, escucha lo que yo te digo, lo que yo te vengo a decir. Ya hablaba como cantaba. Era un repentista impresionante, era un filósofo para los versos” Me comentó además, que en una ocasión le preguntaron si podría resumir en versos la virginidad de la virgen María; el, un hombre altivo, de inteligencia superior y fácil expresión contesto de inmediato:
“Tiré una piedra en el agua/ se abrió y se volvió a cerrar /, de esa manera María / doncella pudo quedar”.
Este incomparable gaitero comenzó a producir sus gaitas que lo dieron a conocer inicialmente en la Costa donde la facilidad que tenía para hacerlas impresionaban, igual el dominio que tenía del público al interpretarlas, a quién le entregaba sus emociones, a través de versos hipnotizantes. Era imposible que no vibrara el alma, al escuchar sus canciones que desbordaban en ingenio y calidad.
Pronto se le presentó una ocasión maravillosa originada por el periodista y escritor Sanjacintero Clemente Manuel Zabala, quien lo presentó a Delia y a Manuel Zapata Olivella para que realizara una gira de promoción cultural folclórica por Europa y Asia. Esta gira que duró cuatro años le permitió darse a conocer y a proyectarse en muchos lugares del mundo, como en México donde participaron en la Olimpiada Cultural y se ganaron la medalla de oro olímpica.
Para Toño la mujer era su fuente permanente de inspiración, la luz de su vida por eso le hacía versos constantemente:
“Cuando Toño Fernández canta / despierta al que está dormido, / despierta a la mujer sola / y la que tenga marido”
“Candelaria me dejó a mí / pa’ ve si yo me moría / ahora que volvió a vení / yo estoy vivo todavía”
En alguna ocasión se presentó a San Jacinto, Abel Antonio Villa con una mujer Barranquillera y fue atendido en el patio de Miguel Pacheco por músicos y hermosas mujeres de la región. Este elegante acordeonero siempre vestido de blanco y perfumado, dejó a su compañera a un lado y comenzó a enamorar a una morena que allí encontró. Toño, ni corto ni perezoso, hizo lo mismo con la de su amigo Abel, pronto se dio cuenta que no estaba actuando bien, reflexionó, y acompañado de la melodía de una gaita se dijo a si mismo en verso:
“Toño que te pasó/que te está pasando Antonio/Mejor que me mate Dios/
Si yo ofendo a Abel Antonio”
En San Jacinto le celebraban anualmente una misa y una gran fiesta pagana en el Barrio San Andrés a su patrono San Andrés. En una ocasión el Santo fue cambiado por otro, igual a lo que ocurrió con la custodia en Badillo-César, descrito magistralmente por Rafael Escalona en su composición “La custodia de Badillo” Toño que siempre decía: “Te conozco pava cuando vienes de poné” en un verso inmortalizó lo que ocurrió ese día:
“El tiempo de los pendejos no se acaba todavía/creía San Andres el viejo/
que repuesto no tenía”
Toño, además de ser un buen ejecutante de la gaita macho y de las maracas, interpretaba paseos, merengues, sones y puya, pero su fuerte indudablemente eran las gaitas: Candelaria, Maria de los Reyes, Tres Golpes, Francia Elena, Déjala que Llore, La Escoba, La Maestranza, La Marucha.
Este magistral músico recogió gaitas de varios compositores, cuyos orígenes se perdían entre la bruma del tiempo, y las adaptó a su estilo. Estas genialidades hicieron sentir a su pueblo orgulloso de un hombre sencillo que fue capaz de enarbolar los valores ancestrales de su raza Zenú y la vocación musical de la región Sanjacintera.

*Por Ricardo Gutiérrez Gutiérrez/EL PILÓN

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