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En el maremágnum de manifestaciones de aprecio a Consuelo Araujonoguera, en los últimos años, yo quiero hacer sentir mi voz para decir que yo también tuve la oportunidad de conocer de cerca a la inolvidable Cacica de Valledupar. Allá en los lejanos días de mi niñez, entre 1977 y 1980, escuché alguna vez la siguiente anécdota referida por mi hermano Álvaro, uno de los mayores.

“Imagínate Nabo que una vez en Valledupar, en el Coliseo de Ferias, papá1 llegó y barrió con los trofeos equinos de ese año. Se ganó la bandeja de plata del mejor expositor equino.

Y los caballos: Relicario y El Ají se ganaron los trofeos de Gran Campeón en las modalidades de trocha y galope y paso fino colombiano. Pues bien, a papá le dijeron que le tocaba tomar parte en el acto de agradecimiento a los patrocinadores del evento.

Entre los locutores estaba la Cacica – quien ese año se había separado de Hernando Molina y había decidido volver a usar su nombre de soltera-. Papá la embarró porque cuando la llamó por el micrófono, dijo así:

– Y ahora viene la señora Consuelo de Molina…

Consuelo subió a la tarima, presa de un momentáneo estupor pero sin perder la compostura y dueña de una sonrisa de comprensión a flor de labios, hizo la aclaración ante el público.

-No, disculpe Don Nabo, mi nombre es Consuelo Araujo Noguera.

Y sin agregar más, procedió a leer la lista de los patrocinadores y a dar las gracias a cada uno, a nombre de la Junta Organizadora de las Ferias y Fiestas”.

Poco después tuve la oportunidad de leer su obra Vallenatología, que en mi casa se leyera en familia con una fruición casi mística. Si bien la obra fue publicada en 1973 bajo el sello Tercer Mundo Editores, a nuestra casa llegaría solo hasta 1980, en su segunda edición.

Era la primera vez que el vallenato se consagraba como objeto de estudio por parte de las ciencias sociales.

En 1981 mi padre determinó enviarme al internado del profesor Adalberto Díaz Caballero en Cartagena de Indias, contaba yo entonces 13 años. En ese internado –dicho sea de paso- había vivido unos años atrás Rubén Carvajal (Ava), el actual alcalde de Valledupar.

Allá departí durante buena parte de mi bachillerato con varios cesarenses, como: Álvaro Raúl Daza Daza, los hermanos Villazón Sánchez (Armando y Jaime), Eduardo Alonso Rois Becerra (Lalo, q.e.p.d.), los hermanos Oñate (Jorge y Edgardo), Harold Murgas, entre muchos otros. Jaime Villazón hacía una vez referencia al carácter fuerte y determinativo de Consuelo.

Decía entre algazara y risas: “La Cacica es templada. Lo que ella dice se hace porque se hace. ¡Mujer de temple en la vida, vea!”

En 1997 obtuvimos el Maestro Manuel Avendaño Castañeda y yo, el primer puesto en la convocatoria nacional para la elección del Himno del Cesar. Durante el bufete que gentilmente nos ofreciera la Gobernación del Cesar en el Club Valledupar, tuve la oportunidad de conocer en vivo y en directo al personaje que desde niño captara mi atención y activara mi imaginario macondiano: La Cacica.

Una vez en el club, hicimos mesa con el maestro Manuel Palencia Caratt de la Academia de Historia del Cesar, un representante a la Cámara por el departamento y su señora, y otros personajes de la vida pública y académica vallenata.

Ya habíamos comido y nos deleitábamos escuchando el piano del hermano de la maestra Rita Fernández Padilla, quien llenaba el ambiente con cálidas notas de ritmos caribeños. Fue entonces cuando vi a Consuelo. Volteé a mirar instintivamente hacia el fondo del salón y vi venir hacia nuestra mesa a una señora alta y espigada, vestida con un traje de falda amplia y fresca que se movía graciosamente al ritmo elegante de su paso matriarcal.

A pesar de los años era indudablemente una mujer de gran hermosura, piel blanca y cabellos negros ligeramente ensortijados. Posteriormente supe que ella entonces contaba 57 años de edad.

No sé si le molestaría pero yo la miré de arriba a abajo, embelesado por lo que me parecía una aparición.

Calzaba unas sandalias tropicales de tacón alto que le daban una graciosa forma a sus pies y el rojo carmín de sus labios resaltaba en el blanco marfilino de su rostro de luna llena.

Me pareció una mujer de gran donaire, con un elevado sentido de la estética y la presentación personal, cuyo porte imponente no dejaba lugar a dudas… ¡Ella era la Cacica! Una vez llegó al término del salón, a escasos pasos de nuestra mesa, hizo una breve pausa en su andar, se detuvo unos instantes, me miró y regaló una cordial sonrisa levemente esbozada, giró sobre sí misma un cuarto de circunferencia y reencaminó sus pasos hacia la salida del club, donde un automóvil la esperaba.

Intrigado le pregunté al Maestro Manuel Palencia, para confirmar lo que en mí había nacido ya como una certeza…

-¡Maestro, maestro!… ¿Ella es Consuelo?

-Sí, claro… ¡Esa es Consuelo!

¡Jesucristo! Vaya una señora, ¡Qué porte, qué elegancia y distinción! Immanuel Kant, el filósofo prusiano de fines del siglo XVIII hubiera tenido en Consuelo –si el tiempo y la distancia le hubieran permitido conocerla-, un excelente referente femenino para escribir su afamada obra La Crítica del Juicio, que trata sobre la belleza.

Posteriormente Consuelo Araujonoguera sería promovida al Ministerio de Cultura, por el gobierno de Andrés Pastrana Arango. Y después en 2001, bueno… ya todos los sabemos; sobrevino esa absurda muerte que nos sobrecogió el alma de espanto y terror, en una densa vorágine de sentimientos, en los que se iba de la ira incontrolada, a la indignación y la más profunda pesadumbre. Consuelo remontaba ahora las regiones de la eternidad y dejaba de ser una mujer de carne y hueso para empezar a convertirse en un ser etéreo de magia y de leyenda.

Su obra literaria –abundante por cierto- aún está desperdigada por ahí y por allá y le corresponde a los hijos del Cesar la indeclinable tarea de compilarla, codificarla y estudiarla a fondo, como una forma de penetrar el pensamiento intrincado, polémico y profundo de quien influyera decisivamente por espacio de más de medio siglo, en el quehacer político y cultural del Departamento del Cesar, la tierra por la que luchó hasta el último instante de su existencia, como baluarte de la raza.

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i El proverbial gallero, ganadero y criador equino sabanero, Nabo Cogollo Guzmán; conocido en el medio vallenato por el paseo El Cordobés, que le tributara el compositor de San Jacinto (Bolívar) Adolfo Pacheco Anillo, en la década de los sesentas:

Tiene bella estampa /
Brioso pico estirador/
Como son los gallos/
Y pollos de Cereté/
Y yo lo puse El Cordobés/
Nabo Cogollo bien lo sabe/
Que cuando pica un pata suave/
Sangre en la valla ven correr.
El compositor guajiro Carlos Huertas (q.e.p.d.) también lo menciona en la canción Tierras del Sinú, junto a otras creaciones de compositores diversos.
Por: Nabonazar Cogollo Ayala/El Pilón
nacoayala@gmail.com