‘Vallenatología’ de Consuelo Araujonoguera, la verdadera Biblia del Vallenato

Crónica

-El 1° de agosto de 1940 nació en Valledupar, ‘La Cacica’, quien supo darle el rumbo a la música vallenata, para que hoy sea la mejor carta de presentación de Colombia ante el universo-

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

‘La Cacica’, Consuelo Araujonoguera, no solo abanderó el nacimiento en 1968 del Festival de la Leyenda Vallenata, sino que dejó para la historia su gran tesis laureada sobre los orígenes y fundamentos de la auténtica música vallenata al escribir su libro ‘Vallenatología’, (Ediciones Tercer Mundo 1973).

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Semblanzas de Consuelo Araújo Noguera

“…intrépida, se presenta ante el presidente de Estados Unidos, con un conjunto de música vallenata, compuesta por niñitos de clase humilde”

Se podría decir, que no necesita presentación, ya que todos sabemos que cuando este territorio vallenato era una perla escondida entre las conchas de sus dos sierras, con una cultura multifacética, donde se resumía la humanidad entera, pero desconocida y aislada para el resto de la humanidad, surgió en este Valle de Upar, una cacica que se dispuso, sin consultárselo a nadie, a mostrar al mundo esa cara desconocida de nuestra cultura.

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CONSUELO ARAUJONOGUERA, LA MAMÁ GRANDE DEL VALLENATO

Crónica

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

-Hace 20 años le truncaron la vida a ‘La Cacica’, la misma que parió el Festival de la Leyenda Vallenata y la que se atrevió a decir el 8 de marzo de 1969 en su ‘Carta Vallenata’ de El Espectador: “Con el tiempo el vallenato se tomará el mundo”.-

El 29 de septiembre de 2001 se golpearon con fuerza los diapasones de los acordeones y los cantos se tornaron tristes porque había muerto la máxima protectora de la música vallenata, Consuelo Araujonoguera.

En ese aciago momento Valledupar se quedó sin ‘Consuelo’ y apareció una nefasta creciente de dolor que silenció los versos del ‘Amor-Amor’. Todo porque la dueña de la casa a la que se le cantaba y se le daban las gracias, había partido a la eternidad vestida de pilonera.

Hoy es preciso dar a conocer un recuento de diversos hechos que marcaron la vida de la inmortal mujer que sentó cátedra en el universo vallenato.

Precisamente, en Bogotá el 20 de marzo del año 1997 en el discurso de promoción del 30° Festival de la Leyenda Vallenata, Consuelo Araujonoguera adelantándose a la tecnología, expresó. “Solamente bastará con hundir un botón en sus sofisticados computadores del siglo venidero para enseñarle a un auditorio absorto y fascinado que si fue verdad que existió un hombre mítico llamado Rafael Escalona, quien le construyó a su primogénita una casa sin cimientos sostenida en el aire por millares de ángeles diminutos y para que la segunda de sus hijas no se sintiera menos, hizo brotar para ella un manantial en lo más alto de la serranía. De igual manera, se lo adornó con un conjunto de sirenas que tenían la misión de pechicharla con sus cantos”.

Siguiendo con sus palabras anotó. “Y mientras van sacando de las tripas de las máquinas -que habrán sustituido en mucho a las personas- datos, fotos, voces, gestos, palabras, compases, alegrías y tristezas; les hablarán de un maestro llamado Adolfo Pacheco, quien de un trasteo a Barranquilla de su padre anciano acongojado por las penas y el desconsuelo, hizo un romance de amor sinigual y una alabanza certera a la vida provinciana”.

Continuó diciendo. “Les contarán que fue Emiliano Zuleta Baquero, el más grande de una dinastía que comenzó a principios del siglo XX, de la persistencia de una gota fría que sigue calando y penetrando más allá de nuestras fronteras. Les dirán también que en un viejo palenque enclavado en tierras cesarenses a orillas del río Guatapurí existió un pequeño gran hombre llamado Lorenzo Morales, quien en noches de luna llena, abrazando a su acordeón le mandaba recados groseros a su eterno rival villanuevero”.

Al cerrar sus palabras Consuelo Araujonoguera, manifestó. “Pero sea como fuere de ese aparato saldrán, están saliendo ya, hasta los suspiros de amor que hablara el poeta, los signos y números que vueltos a procesar se convertirán en palabras para decir lo que el hombre quiere oír. Y obviamente la música vallenata que crearon aquellos hombres humildes que se movilizaban en burros por un territorio mágico y maravilloso, no será la excepción”.

Continuando con los recuerdos de Consuelo Araujonoguera el 27 de abril del año 1991 en la inauguración del 24° Festival de la Leyenda Vallenata, ella aseveró. “Porque nadie puede llamarse a engaño en este particular. Ni nadie osará discutir tampoco de que fue desde el primer festival y gracias a los sucesivos festivales, que el nombre de Valledupar comenzó a ser pronunciado resonante y frecuentemente a lo largo y ancho del territorio patrio, donde antes no se le conocía, o se le conocía solamente como una lejana referencia geográfica”.

“Pero desde 1968 y en virtud de la implantación de esta singular dinastía musical de Reyes Vallenatos, cuya soberanía espiritual estriba en el talento innato para la composición y la prodigiosa destreza de las manos de los que tocan los acordeones, el país se volcó intrigado y curioso hacía nosotros tratando de averiguar cuál era esa fórmula mágica que nos permitía resolver nuestros problemas cantando”, concluyó.

Recuerdos unidos en cantos vallenatos

En la reseña de las añoranzas aparece el cantante Poncho Zuleta, en uno de sus célebres comentarios. “La comadre Consuelo, puso las bases para que la música vallenata alcanzara el lugar que hoy ostenta. Ella con su disciplina y constancia fue la Policarpa Salavarrieta de nuestro amado folclor vallenato”.

A su vez Emilianito Zuleta, aseveró. “Como olvidar a esta mujer noble y buena que avizoró lo que vendría para los que hacemos música vallenata. Consuelo permanece en nuestros corazones. Es más, en mi cartera tengo dos fotos, la de mi mamá Carmen Díaz y de la Consuelo Araújo”.

En este recorrido del ayer ‘La Cacica’, sobre los hermanos Zuleta había indicado. “La voz formidable de Poncho y el acordeón de Emilianito, logran que nos pongamos de pie para escucharlos como se escuchan los buenos vallenatos: en silencio, con emoción y respeto”.

Siguen sonando los acordeones

La muerte de Consuelo Araujonoguera fue un golpe mortal a las entrañas de la música vallenata y como si ella presintiera una partida temprana forjó una estructura a su alrededor, cuyas enseñanzas calaron al pie de la letra en el organigrama de una expresión popular que supo armar como la empresa folclórica-cultural más grande de Valledupar y que lleva por nombre Festival de la Leyenda Vallenata.

…Y nunca se olvidará la frase donde ‘La Mamá grande del vallenato’, sintetizó su inmenso trabajo para que el folclor cuya columna vertebral son el acordeón, la caja, la guacharaca, los cantos y los versos permaneciera con el paso del tiempo. “El mejor homenaje que puedo recibir cuando muera es que no callen los acordeones y que el Festival de la Leyenda Vallenata siga siendo la mayor carta de presentación de mi amado Valledupar”. Así ha sido.

Consuelo Araujonoguera, ‘La Cacica’, supo darle la mayor importancia a la música vallenata que hoy representa a Colombia ante el mundo.

Juan Rincón Vanegas

UNA CACICA DE VERDAD

31 /10/2017 – Esta noche se estrena “La Cacica”, la serie de Caracol Televisión inspirada en la vida de la gestora del Festival de la Leyenda Vallenata. Recordamos algunos pasajes de su historia. Félix Carrillo Hinojosa*

Ella tenía 27 años cuando sintió el llamado para concebir a uno de sus mejores hijos: el Festival de la Leyenda Vallenata. Una mañana a finales de 1967, Consuelo Araújo Noguera estaba en compañía de Alfonso López Michelsen, recién nombrado gobernador del Cesar; Andrés Becerra Morón, Rafael Escalona, Alfonso Cotes Queruz, Miriam Pupo de Lacouture, y todos ellos fueron testigos de la adaptación que hacían distintos hombres y mujeres de la fiesta religiosa de la Virgen del Rosario en la plaza Alfonso López.

Al gobernador López Michelsen, quien venía de recorrer muchos caminos, se le prendió la chispa y soltó un requerimiento: “Rafico, ¿dónde están los acordeones del Valle? No tenemos. Hay que buscarlos. A esto se le pone alma con música y si es de acordeón, mucho mejor”, expresó en el momento.

Más adelante, en una reunión en donde el feudo mandaba fueron sorprendidos por la voz de líder natural de Araújo Noguera. Ella, con la pasión que siempre mantuvo por su música, se atrevió a bautizar el evento. Así lo recuerda Andrés Becerra Morón: “Consuelo fue la principal artífice del club de amigos parranderos. Ella sugirió que se tomara el nombre de la Leyenda Vallenata, en honor a la Virgen del Rosario y en conmemoración de la etnia indígena”.

Nació en la calle grande de Valledupar, el 1° de agosto de 1940, en el hogar de Blanca Noguera Cotes y Santander Araújo Maestre. Su madre, originaria de Ciénaga, Magdalena, y su padre, de Patillal, Cesar, un corredor cultural que sirvió para que las corrientes migratorias guajiras se posaran en ese nuevo departamento. Luego hizo de su hogar un punto de encuentro vital para que el vallenato se desfogara en diversas voces de acordeones, cantos y canciones, que a través de cajas y guacharacas se convirtieron en el símbolo musical de una nación.

Su historia, que la hizo crecer en el ámbito del periodismo, base para su fundamento como una de las voceras más creíbles dentro del vallenato, no fue nada fácil. A ella, como mujer, le tocó hacerle frente a ese feudo que limitaba el crecimiento femenino. Consuelo Araújo Noguera fue una de las líderes que sobresalieron por tomarse la fría capital y comandar un grupo artístico que expresó, a punta de paseos, sones, merengues y puyas, cómo era que una provincia, pese al olvido, era feliz.

Desde 1968 hasta 1971 fue directora de turismo del Cesar, y ahí desarrolló la organización del Festival de la Leyenda Vallenata, que marcó un hito determinante para esa música que estaba irrigada en toda la provincia y de la que se empezó a hablar en serio a partir de la llegada de tantas personalidades del periodismo y de la política como Gabriel García Márquez, Manuel Zapata Olivella, Enrique Santos Calderón, Daniel Samper Pizano, Maruja Pachón, Luis Carlos Galán, Álvaro Cepeda Samudio, quienes salieron de Valledupar a contarle al mundo que en esa tierra se podía gestar un evento que exaltaba al vallenato.

En el segundo festival, el periodista Hernando Giraldo cubrió para El Espectador el evento. Allí, con un acuartelamiento de primer grado folclórico, Consuelo Inés Araújo impartía sus órdenes. Ella, imponente, hablaba con solo mirar, y por eso fue descrita por el comunicador con la siguiente expresión: “Aja, ajá, esto es lo que te gusta a vos, tenernos sometidos aquí a tu bendita fiesta y mandarnos a todos como una gran Cacica. Eso es lo que tú eres, una Cacica”.

Durante 22 años desarrolló su propuesta periodística conocida como “La Carta Vallenata”, labor que sirvió para que la región hiciera conocer en un medio nacional toda su problemática. También fue directora en Radio Guatapurí, la que fue su eterna casa radial, en donde se hizo grande con sus columnas “Revuelve el agua” y más adelante “La Cacica comenta”, que durante seis años mantuvo vivo su ataque a la corrupción.

Sobre su actividad periodística fueron muchas las voces que comentaron acerca de su oficio, entre ellas, Camilo Cano Busquets: “Consuelo Araújo Noguera es una crónica inagotable, una columna de opinión intachable, porque Dios le dio ese don de la palabra”.

Después de quince años de investigación, lanzó en 1973 el libro Vallenatología, con prólogo de Alfonso López Michelsen, cuyo contenido abrió varios frentes de discusión en torno a ese género. Juan Gossaín dijo sobre Consuelo Inés: “A ella, como dicen en mi tierra, la parieron y después rompieron el molde”; mientras que Rafael Escalona manifestó: “Mi comadre es la única mujer a la que le tengo miedo, pero ninguna me ha querido más que ella”.

De 2000 a 2001 fue ministra de Cultura, designación que en el sector andino no cayó bien. El nombramiento fue pensado por el entonces presidente Andrés Pastrana mientras subía a la tarima Francisco el Hombre de la Plaza Alfonso López. En ese entonces, cuando la llamó el primer dignatario, ella solo atinó a decir: “Presidente, no le puedo aceptar ese ministerio, porque yo no soy bachiller”.

Entre sus textos se destacan Vallenatología, Escalona el hombre y el mito, Lexicón del Valle de Upar. También dejó varias obras inéditas, entre ellas, En la casa de Alto Pino, sobre la vida y obra de Leandro Díaz Duarte; Leyendas en clave de Sol y Romancero vallenato.

El 24 de septiembre de 2001 fue retenida por el frente 59 de las Farc, cuando venía de pagar una promesa a la Virgen de las Mercedes, en Patillal, y el 30 de septiembre fue asesinada. Hoy el Cementerio Central, donde reposa su cuerpo, es punto de encuentro para recordar y exaltar todo lo que le brindó en vida a la cultura vallenata.

Después de su muerte fue exaltada como La Pilonera Mayor, por haber rescatado esa danza de origen riohachero que se regó por toda la provincia de Padilla. El parque donde se hace el Festival de La Leyenda Vallenata lleva su nombre. Igual un colegio en Valledupar y una biblioteca en El Pajarito, una población de Boyacá.

Consuelo Araújo Noguera fue bautizada como “La Cacica” por el periodista de El Espectador Hernando Giraldo durante la realización del segundo festival en Valledupar. / Archivo El Espectador

Su vida será recreada en una producción de Caracol Televisión, en la que la actriz Viña Machado encarnará su espíritu musical, el de una mujer que como ella tocaba acordeón, cantaba y componía a su manera, tal y como lo reza su epitafio: “Aquí yace Consuelo Araújo, de pie como vivió su vida”.

*Félix Carrillo Hinojosa

*Escritor, periodista, compositor, productor musical y gestor cultural.

HOMENAJE A CONSUELO ARAUJO NOGUERA

PorJosé Atuesta Mindiola

♦♦♦♦
LUNA DE ABRIL DE MIS ROMANCES
A Consuelo Araujonoguera

La vigilia de acordeones
en este Valle que me sueña,
fue luna de abril de mis romances,
numen inagotable de palabras
en el espejo luminoso de las horas.

Anduve sobre los estambres de la lluvia
indagando los orígenes del canto.
Abrí mi corazón a los juglares
hasta la pirámide mestiza de la fiesta
y una nota triste hablaba en el alma
con el hondo gemido de un palenque.

Amé las aguas saltarinas del Guatapurí
que bendicen la conquista del regreso,
el rostro ondulado de la roca gigante
donde duerme en sigilo la leyenda.

Amé el sol festivo en las perennes trinitarias,
el bosque amarillo vigilante de los sueños
y el pájaro invisible en el eco de la ausencia.
Amé la legión interminable de cantores
que buscan darle historia a su nombre.

Amé la aurora en la liturgia de mis oraciones.
Amé la vida con la sagrada fortaleza de vivir.

LA CACICA, HEROÍNA DEL FOLCLOR
Por José Atuesta Mindiola

I
En una noche soñé
que se secaba una fuente,
ahí llegaba la gente
a preguntarse por qué.
Al despertarme lloré
cuando un amigo escritor
me comenta con dolor
la muerte de La Cacica;
el alma se me hizo triza
por la diosa del folclor.

II
En las manos los pañuelos
Cual palomas se veían
y desde la Plaza querían
volar contigo hasta el cielo.
Adiós Cacica Consuelo
vivirás en la memoria,
ya te ganaste la gloria
de Dios el Omnipotente;
eres leyenda viviente
es este Valle de historia.

III
Con su firmeza punzante,
pero sin perder la calma
pregonaba con el alma
que la paz es imperante;
convocaba a comandantes
de los grupos subversivos
a meditar los motivos
por esta guerra maldita,
porque el país necesita
de los hombres reflexivos.

IV
Consuelo madre querida
de esta música inmortal,
Tú la hiciste universal
y le entregaste la vida.
Con una vela prendida
buscaba tu corazón
la música de acordeón
con esencia vallenata,
y el pueblo a ti te relata
la heroína del folclor.

♥♥♥

♦♦♦

BLOG DEL AUTOR: José Atuesta Mindiola

Consuelo Araujonoguera ponía los puntos sobre las íes

Crónica

“Que maldad habernos privado de la presencia tan provechosa de esta mujer vallenata siempre pendiente del bien común, siempre lista a ayudar y colaborar, especialmente con los más pobres y sus amigos del folclor”, Salvatore Basile Ferrara-

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Definir a Consuelo Araujonoguera en pocas palabras no es nada fácil porque tenía claridad en sus conceptos, disciplina, planificación, visión, amor a lo suyo, a lo que se sumaba su aporte a la consolidación de la música vallenata.
Precisamente Diomedes Díaz, en un saludo que le hizo en la canción ‘Mi biografía’ de la autoría de Calixto Ochoa, lo dijo a su manera: “Mi recordada Consuelo Araujonoguera, la reina del Festival”.
En algún momento el periodista Juan Gossaín y el maestro Rafael Escalona, hicieron también una definición desde sus puntos de vista conociéndola en su andar y actuar.

Consuelo Araujonoguera, ‘La Pilonera Mayor’

“Para empezar, Consuelo Araujonoguera era una fuerza desatada de la naturaleza, como los huracanes y el tsunami asiático, o como los cataclismos de hielo y piedra que estremecen la montaña nevada en donde la asesinaron sus secuestradores. Alguna vez escribí – porque a uno se le va la vida diciendo siempre lo mismo – que mi comadre era explosiva y maciza. Jamás conoció el disimulo y la discreción. Como era tierna a su manera, usaba las mismas palabras rotundas para el cariño o para el encono, para sus alegrías y sus tristezas”, expresó Juan Gossaín Abdala.
“Consuelo era la única mujer a la que yo le tengo miedo, pero ninguna me ha querido más que ella. Sin la intervención de Consuelo el folclor vallenato hoy en día hubiese tenido otro rumbo», anotó Rafael Escalona Martínez.

Nota editorial de ‘La Cacica’ hace 33 años

“Son muchas las madrugadas que han despuntado en el horizonte vallenato y muchos son los soles que se han recostado tranquilos al atardecer sobre las faldas del cerro de Murillo, desde cuando se nos dio por el embeleco del festival.
Era una empresa ilusoria que, en ese momento, ni siquiera quien vagamente la había diseñado, pese a sus innegables condiciones de visionario, estaba en capacidad de prever la magnitud y los alcances que más tarde iba a tener; y a ella nos sumamos con la arrolladora irresponsabilidad de la poesía y sin más respaldo que la inquebrantable fortaleza del espíritu de un romántico cronista de los sucesos pueblerinos que su talento prodigioso convertía en música y una novel periodista que sólo confiaba en la fuerza y el poder de lo que se hace con mucho amor y con buena fe.
Hoy estamos cumpliendo veinte años. Pero hay todo un río de lágrimas, de sinsabores, de malquerencias dormidas que se despertaron con el éxito, de despropósitos y de no pocas injusticias, detrás de lo que ha sido la organización y desarrollo de los festivales de la Leyenda Vallenata. Pero, más allá de todo eso y mucho más acá del éxito indiscutible con que ha sido consagrado cada uno de los certámenes, está, sin duda alguna, la fervorosa y masiva acogida que nacional e internacionalmente en todos los lugares del mundo donde se sabe y se conoce sobre nuestro festival, le han dado y le siguen dando a esta manifestación folclórica, que, además, está unánimemente considerada como la más auténtica y fiel expresión musical del país.
Aquí creamos y pusimos en marcha la defensa musical de nuestros propios valores y el sólo hecho de que después de 1968, cuando se llevó a cabo el Primer Festival, hayan surgido en toda Colombia muchos festivales más; similares, parecidos, semejantes y en la mayoría de los casos exactamente iguales en contenido y mensaje al Festival Vallenato, es – pese a quienes vanamente intentan demostrar lo contrario – la refrendación inequívoca de lo que hicimos fue un acierto y lo siguen siendo como factor de unidad étnica y de aglutinamiento espiritual. Y esta, mejor que cualquier otra de las muchas conquistas que ha logrado el festival, es la lección más hermosa y satisfactoria que se desprende de él.
Son cuatro lustros en que hemos demostrado sobradamente que la música cuando está íntimamente ligada al sentimiento y se siente como razón de ser – como ocurre en esta tierra del Valle de Upar – puede llegar a ser algo más importantes que todas las razones para hacer amable la vida, porque pasa a ser la vida misma.
Algún día habrá que escribir detallada y prolijamente la historia del Festival de la Leyenda Vallenata; sus comienzos, sus expectativas, las angustias de sus partidarios y la oposición de los egoístas de siempre, el temor de los asustadizos y el coraje de quienes empeñaron el alma en esta empresa étnica, lírica, sentimental y noble que tanto nos ha ennoblecido a todos.
…Y que sirvan estas cortas frases como testimonio de reconocimiento y gratitud a los juglares, todos del vallenato; los vivos y los muertos (cantadores, acordeoneros, cajeros, guacharaqueros, verseadores, compositores) sin cuyo concurso no habría sido posible haber iniciado ese itinerario, así como también para los amigos de ayer y de hoy, los incansables y los esporádicos, los presentes y los de ausencia definitiva, que contribuyeron a consolidar estos festivales que hoy festejamos con regocijo, con emoción y con orgullo del bueno”.

Del burro al Internet

‘La Cacica’ vivía adelantada y el 20 de marzo de 1997 leyó en el auditorio de Fenalco – Bogotá con motivo de la Semana Vallenata, una nota donde hizo una amplia exposición titulada: Del burro al internet.
“La electrónica, que es la antítesis de la poesía, también es, paradójicamente, su mejor complemento.
Gracias a ella, a esa casi infinita capacidad que la ciencia puesta al servicio de la técnica ha demostrado en este siglo impredecible próximo a concluir, pudimos los de mi generación escuchar y conservar para las generaciones futuras buena parte de ese acervo del espíritu y la materia de los sueños y los desvelos de los amores y los desencantos y de la vida misma con su carga de realidades y fantasías que es el mundo único de los cantos de la música vallenata.
Sin embargo, para bien o para mal, no siempre fue así. No existió desde antes, – tal como existe la palabra hecha melodía desde el principio de los siglos – este cada vez más apabullante universo de la tecnología y la electrónica con su parafernalia de instrumentos e implementos que le permitieron al hombre de la era moderna recoger sonidos, -los buenos y los malos sonidos- y devolvérnoslos debidamente registrados en impecables grabaciones del acetato y ahora últimamente en esa maravilla que son los discos compactos.
Gracias a esos acetatos y compactos con cuyos productores en el género folclórico mantengo un viejo faracateo en defensa del purismo del vallenato, -faracateo que algún día tendremos que dirimir para bien de las partes- no se perderá para la posteridad todo ese arrume de poesía limpia, simple y sencilla que cuatro o cinco décadas atrás los cantores del vallenato fueron haciendo al ritmo de sus propios sentimientos.
Tendrán entonces nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos el privilegio de sólo hundir un botón en sus sofisticados computadores del siglo venidero en cualquier universidad del planeta, para enseñarle a un auditorio absorto y fascinado que habrá relegado al olvido a los juglares del medioevo, a los aedos de la Grecia antigua y a los cantores de la Roma imperial, el mundo sonoroso de asonancias de un lugar remoto llamado Valledupar donde hubo unos hombres elementales, que de la cotidianidad hicieron un canto y con la urdimbre de sus sueños fueron tejiendo la propia vida.
Ellos, mis hijos y los de ustedes, que serán abuelos en las próximas décadas, les contarán a sus descendientes que sí fue cierto, que sí fue verdad que existió un hombre mítico llamado Rafael Escalona, quien le construyó una casa sin cimientos sostenida en el aire por millares de ángeles diminutos a su primogénita; y que para que la segunda de sus hijas no se sintiera menos, hizo brotar para ella un manantial en lo más alto de la serranía y se las adornó con un conjunto de sirenas que tenían como misión pechicharla con sus cantos.
Y mientras van sacando de las tripas de las máquinas – que habrán sustituido en mucho a las personas -datos, fotos, voces, gestos, palabras, compases, alegrías y tristezas… les hablarán de un maestro llamado Adolfo Pacheco, quien de un trasteo a Barranquilla de su padre anciano acogotado por las penas y el desconsuelo, hizo un romance de amor filial y una alabanza certera a la vida provinciana cuando advirtió:

“A mi pueblo no lo llego a cambiar ni por un imperio,
yo vivo mejor llevando siempre vida sencilla…”

Para rematar con este verso que es todo un apotegma:

“Parece que Dios con el dedo oculto de su misterio,
señalando viene todo el camino de la partida…”

Les contarán que fue Emiliano Zuleta Baquero, el más grande de una dinastía que comenzó a principios del siglo XX y se prolonga increíblemente mucho más allá del tiempo posible no sólo por su sempiterna fertilidad genética, sino por la persistencia de una gota fría que sigue calando y penetrando más allá de nuestras fronteras… Les dirán también a sus bisnietos que en un viejo palenque enclavado en tierras cesarenses a orillas del río Guatapurí, existió un pequeño gran hombre llamado Lorenzo Morales que en noches de luna llena, abrazando su acordeón, le mandaba recados groseros a su eterno rival villanuevero cuando no se quejaba, malicioso de amor, pensando en Carmen Bracho, la formidable morena de amplias caderas a la que le reclamaba:

Yo no muero por falta e’ remedio
yo no muero por mi enfermedá,
si me muero es por Carmen Ramona
que ella si lo tiene pero no lo dá…”

Se referirán, con un hilo de nostalgia, a Tobías Enrique Pumarejo, el aristocrático alumno vallenato de las aulas antioqueñas que mandó a la quinta porra sus estudios en Medellín porque ya no tenía pañuelos para aguantar las lágrimas y una tarde apareció en las sabanas del Diluvio sobre la estampa gallarda de un caballo alazán, compañero y alcahuete de sus citas, que murió bajo uno mata de trinitaria llevándose el secreto de sus amores y amoríos…
Extraerán, en riguroso orden cronológico, los nombres, fechas y demás perendengues del nacimiento, vida, obras y milagros de todos y cada uno de nuestros poetas y cantores; y en un catálogo impecable aparecerá el número completo de sus canciones, el ritmo justo, el compás preciso, la melodía exacta y hasta pedazos del alma y las circunstancias de modo, tiempo y lugar en que fueron hechas. Todo eso será así y cada día la perfección tecnológica lo hará más certero.
Estamos, para bien o para mal, en la era de la máquina, la informática, la cibernética. En el tiempo ineludible en que el hombre se inventó y después creyó haber encontrado la respuesta a su eterno interrogante con sólo introducir un dato en un aparato grandotote o pequeñito, todo depende de si es fabricado por los Estados Unidos, precursores del gigantismo, o si lo hacen los japoneses, maestros de la miniaturización.
Pero sea como fuere, de ese aparato saldrán, están saliendo ya, hasta los suspiros de amor de que hablará el poema y los signos y números que vueltos a procesar se convertirán en palabras para decir como respuesta lo que el hombre quiere oír.
Cuando eso ocurra, y ya está ocurriendo en muchos estadios de la vida, no habrá información producida o por producir que no sean capaces de almacenar, guardar, preservar y reproducir dichas máquinas infernales. Y obviamente, el vallenato no será una excepción”.

Como paradojas de la vida y lo escrito por Consuelo Araujonoguera, este año el 53° Festival de la Leyenda Vallenata se podrá ver de manera virtual y se ratificarán sus palabras dichas el 8 de marzo de 1969. “Con el tiempo el vallenato se tomará al mundo”…
¿Quién iba a pensar que el día que se recuerda su muerte hace 19 años, se iba a iniciar el festival que ella tanto amó y defendió hasta sus últimos días?

María Clara Rincón Ferrer, a quien Consuelo Araujonoguera le hizo un regalo cuando niña

María Clara

Finalmente a Consuelo Araujonoguera, la mujer que le tenía miedo al mar, a los aviones, al dinero y que le gustaba el Salmo 103, en el año 1996 supo del nacimiento de una de mis hijas y entonces se la llevé hasta su casa. La cargó y lo primero que preguntó era como se llamaba. Se le respondió: “María Clara”.
Enseguida respondió. “Esos son los nombres sencillos, pero dicientes que se deben poner a los hijos y no esos rebuscados. Así es, María, por la Virgen y Clara, por las aguas del río Guatapurí”.
A los pocos días ‘La Cacica’, le hizo llegar a la niña una toalla bordada con su nombre, unas huellitas y otros detalles.
María Clara, al cabo de los años supo la historia y guarda ese regalo como un gran tesoro porque vino de parte de la señora que valoró el trabajo de los juglares y de su papá el cronista de Chimichagua, a quien le regaló la frase: “Los que triunfan son personas ordinarias con una determinación extraordinaria”.

Consuelo Araujonoguera con Gabriel García Márquez, quien fue vital para la proyección de la música vallenata

BLOG DEL AUTOR: Juan Rincón Vanegas